Crítica de Tango libre

De entre todos los géneros que no lo son, el carcelario es probablemente uno de las más atractivos. En el cine la prisión es escenario de grandes dramas y grandes miserias, terribles injusticias y actos de redención. Perdición programada o libertad por la que hay que trabajar, y sudar, y casi morir. La institución penitenciaria en el cine es el entorno en que la violencia genera más violencia (Fuerza bruta), en que la humanidad nace en los contextos y de los modos más insospechados (El hombre de Alcatraz), el lugar que testimonia la perseverancia del hombre en busca de su propia vida (Un condenado a muerte se ha escapado) y que sirve como escenario de grandes fugas físicas (La evasión) o simbólicas (La soledad del corredor de fondo). La lista es inabarcable, pero la mayoría de estas cintas tienen un rasgo en común: la cárcel es reflejo de una sociedad que se traslada en formato universo de bolsillo, a un ambiente extremos en que cada hombre tiene que vivir con su vecino o morir solo. O simplemente, rebajemos la épica para ponernos más mundanos, vivir y hacer lo que se pueda para reformular los propios principios de cotidianía.

Por ahí va Tango libre, que plantea, desde una óptica muy europea, un cierto choque de conceptos, en cierto modo cercano al que presentaban los hermanos Taviani de César debe morir: simplemente se trata de trasladar a ese ambiente represivo un gimmick potente como lo era en ese caso una representación de Julio César y en este el género musical argentino por excelencia, en un intento por, en palabras del director, hacer una transgresión de este lugar, una metáfora sobre cómo la locura del amor puede abrir una salida en un lugar tan cerrado. Más prosaicamente se trata de, a partir de ese signo de distinción, montar un drama más o menos convencional, más o menos cómico, más o menos romántico entorno a cuatro seres y sus interrelaciones afectivas: un guardia de prisiones hierático (François Damiens) que rompe su monotonía dando clases de tango; la mujer que ahí conoce (Anne Paulicevich) y que resulta ser esposa de un convicto (Sergi López) custodiado en la prisión del primero. Un recluso que, además, ha terminado por establecer una relación íntima con su propio compañero de celda (Jan Hammenecker).


A partir de esta premisa organiza Frédéric Fonteyne su tercera película, nueva colaboración con López tras Una relación privada, bajo la presumible pretensión de transmitir una historia basada y centrada en sus personajes y cuyo mayor objetivo es resultar sólida en esas construcciones. Al mismo tiempo que ofrece una visión refrescante de los géneros citados, el drama carcelario, pero también el costumbrismo romántico y la comedia ligera. Quizá demasiado. A pesar de que Tango libre tiene varias y agradables virtudes, su liviandad medular condiciona el peso del relato hasta casi fulminar sus posibles logros dramáticos. Parece que, nunca olvidando un innegable rigor visual, Fonteyne sólo pretenda ser complaciente y amable, excepto cuando, quizá, sí decide lanzarse para marcar ciertas aristas al relato.

Si es así, el éxito es palpable. Formalmente elegante, sobrada de conocimiento narrativo y poseedora de un par de buenas ideas escénicas, Tango libre fluye suavemente sin plantear quebraderos de cabeza al espectador. Confía en el temple del relato y en las posibilidades de su idea base. Y construye a partir de ahí momentos francamente simpáticos, otros extrañamente emotivos y los de más allá ligeramente afilados, todos ellos moderadamente bien conducidos a través de una planificación precisa y bonita y un montaje nutritivo. En otras palabras, Fonteyne tira de elegancia expositiva, casi de economía narrativa, para relatar hechos que con facilidad podrían terminar escorando hacia lo explosivo y lo histriónico y, con ello, perder la efectividad de su propio compromiso. Si hay momentos un tanto más ligados a la fantasía que al costumbrismo -que los hay-, al final terminan bien cohesionados con el tono general.


Con todo, aunque nada chirría, tampoco hay nada que sobresalga especialmente. Su defensa del tango, su carta de amor hacia una música interiormente atormentada que hace de la joie de vivre su vehículo de conexión entre los bailarines y su fe en las posibilidades evasivas (básicamente espirituales) del baile es bonita, pero casi inofensiva. Lo mismo que su happy end algo forzado, que aunque demuestra que de vez en cuando el optimismo también es posible, hay que apretar alguna tuerca más para que aun saliéndose del cauce una historia sea realmente todo lo original y sorprendente que parece querer creerse.

6'5/10

Por Xavi Roldan

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