Crítica de Tierra prometida (Promised Land)

 Tierra prometida (Promised Land) - Poster español
No debería sorprender a nadie, a estas alturas, que tras Restless le toque el turno a Tierra prometida. Hablamos de Gus Van Sant, y de su continua alternancia entre cine de autor, personalísimo e identificabilísimo, y cine más mainstream, necesario para pagarse su siguiente proyecto condenado al fracaso comercial pero también abocado a su realización personal. En fin, que aquella historia de amor entre una chica enferma terminal y un joven aficionado a los entierros no tuvo ningún tipo de repercusión, por lo que ahora toca cambiar de nuevo de tercio, recuperar al Van Sant de las grúas, los helicópteros y los grandes exteriores. De hecho, es el Van Sant de El indomable Will Hunting, referente absoluto de su faceta más comercial: se alía de nuevo con Matt Damon, quien le escribe y protagoniza esta Tierra prometida al tiempo que sustituye a Ben Affleck por John Krasinski como compañero de fatigas. Sólo que esta vez, el foco de atención se desvía a una empresa de gas dispuesta a comprar las tierras de un pobre pueblo de la América profunda para poder perforarlas.

Un repaso a la situación económica actual, un tirón de orejas a las grandes compañías que no miran por los seres humanos, y una historia de personajes y su capacidad de pensamiento. Esos son los intereses de la cinta, que sigue muy de cerca a sus personajes principales (de la gran multinacional apenas sabemos nada) para buscar a la vez un enfoque realista y sumamente humano, con independencia de estar a favor o en contra de sus ideologías. Así, en lo que supone el factor más interesante de la cinta, Van Sant convierte en protagonista el lado teóricamente malo, al seguir de cerca a Damon y Frances McDormand mientras, cumpliendo órdenes de su trabajo, intentan vender la moto a los habitantes del pueblo. Juegan todas las cartas que pueden (son comerciales, a fin de cuentas): se hacen amigos de los niños, flirtean con la posibilidad de convertir en millonarios a quienes no tienen casi nada, y hasta se visten de lugareños. Es su obligación, y si bien escueza, se hace comprensible. Es más, hasta la relación materno-filial que se establece entre ambos hace que el espectador no tenga dudas y se posicione del lado de ambos.

Hasta que aparece la figura de corte medioambiental. La llegada de Krasinski al pueblo, todo sonrisas e imágenes de ganado muerto, siembra la duda e invita a cambiar la perspectiva de la misma manera que lo hacen los pueblerinos. Y de drama casi documentalista se va pasando a enfrentamiento personal, a thriller casi conspiranoico (¿Quién es el bueno? ¿Quién miente?) que se salpica incluso de triángulo amoroso. Y con esos dos frentes abiertos, el de aproximarse desde otra perspectiva y el de dilucidar la verdad subyacente, Tierra prometida va conformándose como el nuevo ejercicio revisionista de los temas de siempre (cada cierto tiempo cae uno): el malvado espíritu de las grandes empresas, el condicionamiento del pensamiento, la frase que lo puede cambiar todo...

 Tierra prometida (Promised Land)

Hay por el camino numerosos picos de interés: es el Van Sant de las grúas y los grandes exteriores pero también el artesano de escenas como la de la entrevista en el restaurante plagado de espejos acusadores. Y también es el Van Sant sutil e interesado por los pequeños detalles que se convierten casi en crossroads emocionales: sutileza y realismo para ir mostrando paulatinamente el doble rostro de la empresa (los rumores que circulan, las mentiras que afloran, la presentación en la pista de baloncesto), y poderosos momentos igualmente trascendentales pese a su sobriedad inicial (la lluvia en el stand, la charla en casa de uno de los vecinos, la aparición del coche de lujo). Todo para maquillar lo que a fin de cuentas es evidente, y repetimos: que estamos ante el mismo producto de siempre. Como ya ocurriera con Erin Brokovich, Acción legal, y así sucesivamente.

De hecho, como si de una confesión se tratara, su giro final plagado de clichés tanto argumentales como formales (pequeño momento de actor caminando hacia la cámara al ralentí incluido...) echa toda la luz al respecto que faltaba, y por la que hasta el momento tan sólo se había preocupado el compositor de la BSO, Danny Elfman. Es lo que tiene la versión comercial del cineasta: si bien su excelencia formal quede fuera de toda duda, sus propuestas siguen sonando a refritos (¿alguien mencionó a Harvey Milk?), a productos interesantes, correctos, pero lejos de la estimulación que suscita su faceta más personal y arriesgada. Vamos, que bien, pero no mata.
6,5/10
Por Carlos Giacomelli

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