Crítica de Tomboy

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Parece relativamente fácil enfocar el cine hacia terrenos infantiles a la hora de filmar historias destinadas al público menor de edad. Basta con articular una serie de juegos de adscripción y ruptura hacia unas bases ya preestablecidas y amoldarse a ciertas convenciones más o menos genéricas, más o menos temáticas. Pero no parece tan fácil plantear un cine realmente infantil en tanto que está protagonizado por niños pero que además se organiza sólo a través de conductas y puntos de vista puramente ligados a esa etapa de la vida. En otras palabras: una cosa es plantear un cine infantil desde una óptica adulta y otra cosa es lograr transmitir las lógicas internas del mundo de los niños y construir a partir de ahí. Lo cual, ojo, no tiene por qué significar una renuncia hacia posibles lecturas adultas, que es un poco lo que se pretende, y logra, esta Tomboy, segunda película de la francesa Céline Sciamma.

Porque la historia se centra en niños, concretamente en una protagonista, Laure, y habla de las claves de su comportamiento a través de sus propias reglas sociales. Es decir, que cuando Laure se hace pasar ante sus nuevos amigos de verano por un niño -prodigiosa interpretación de Zoé Héran-, la realizadora no se plantea los porqués, ni intenta trazar razonamientos psicológicos complejos, ni tampoco suscitar grandes explicaciones simbólicas (eso vendrá después). Prefiere dejarlo en la ambigüedad, en la casi inocencia de la experimentación, en la motivación que significa la pura curiosidad. En la vivencia de un verano que se vive a razón de un día cada día, embrujando el hoy, empapándolo de calor y agua para hacer olvidar lo que puede ocurrir mañana.

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El equívoco generado por Laure, ahora Mickäel, tendrá consecuencias, por supuesto, pero son consecuencias que deben pasar ya el filtro adulto. Implicaciones inevitables pero ligadas a una sociedad mayor de edad: la mentira y la responsabilización de la misma. La conducta "socialmente aceptable", circunscrita a una convención. En la esfera infantil, sin embargo, la experimentación inicial va dejando paso al conocimiento de la propia persona. Y de eso, en parte, habla Tomboy. De la cuestión identitaria, del crecimiento personal, del descubrimiento de la personalidad de uno y de las primeras delimitaciones relacionadas con la sexualidad. De cómo los arquetipos sociales vienen impuestos en el fondo por un mundo adulto más que por la propia naturaleza de los niños.

Por eso es necesaria, en la esfera del propio relato, una ética de la sinceridad. Un planteamiento por parte de la directora y guionista alejado de simplificaciones morales y muchísimo más de soluciones melodramáticas. A resultas, la película se mantiene en todo momento serena, sosegada, sensible, sutil y trabaja desde el tacto, desde la comprensión. Su mensaje va tomando complejidad, sus implicaciones pueden ser delicadas, pero a pesar de ello siempre se mantiene en un tono humanista, optimista incluso. Y puede permitirse orquestar momentos eminentemente dramáticos, secuencias innegablemente ficcionadas sin perder veracidad, sinceridad ni sensación de cercanía.

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Gran trabajo de una Sciamma, pues, comprometida en su traslación austera y precisa, y al mismo tiempo hermosa y evocadora del relato. Articulando una puesta en escena luminosa y diáfana, deja respirar verano y destilar frescura a través de una planificación poco llamativa, pero suavemente insinuante. Vienen a la cabeza inevitablemente los hermanos Dardenne -en planteamientos formales y, casi, en algunos puntos temáticos-, pero Sciamma se mantiene más etérea, aun sin despegar los pies del suelo ni una sola vez. Buscando pequeños gestos cotidianos cargados de poder simbólico, usando un naturalismo al servicio de una suave poesía.

Como si, pese a la mentira vertebral que centra el relato, esta fuera esencialmente una película sobre la verdad. Y así es en el fondo. Tomboy es una contradicción que no lo es: en el fondo, bajo palabras mesuradas, se esconde una encendida reivindicación de los valores más básicos, aquellos que colocan la belleza del espíritu por encima de las apariencias físicas. Podría ser un mensaje algo naïf si no fuera tan absolutamente universal, y si no fuera porque la directora parece haber encontrado el lugar donde la más sencilla honestidad margina cualquier tipo de cinismo, recelo o dramatismo exacerbado: defectos puramente adultos.

8/10

Por Xavi Roldan

2 comentarios:

  1. Buena crítica, aunque "positivista" está mal empleado.

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  2. Toda la razón del mundo.
    Pero con ello no me refería a la escuela filosófica, obviamente.
    Como sea, ya está cambiado...

    Muchísimas gracias por tu apreciación, un saludo!

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