Crítica de Después de Lucía

después de lucía
Que nadie deje engañarse por lo dicho y escrito hasta ahora: Después de Lucía es una película que parte de la problemática social derivada de los abusos entre menores en el ámbito escolar, pero esencialmente es un (nuevo) retrato del dolor y la pérdida, los hechos traumáticos y la desolación desencadenada. La irrupción del concepto de ausencia y el impacto que tiene este en cualquier sociedad, pero especialmente -ya puestos- en una que no ha conseguido sublimar su propia violencia y que, de paso, tampoco ha conseguido siquiera condenarla. El segundo largometraje del mexicano Michel Franco parte de un suceso trágico que se nos escamotea al principio de la película (el accidente letal de la Lucía del título) pero cuyas consecuencias marcarán el devenir de los personajes principales (Alejandra -tremenda Tessa Ia- y su padre Roberto, la familia de Lucía). Y centrarán sus acciones y reacciones hasta que irrumpa esa violencia: Alejandra empieza a sufrir bullying en su instituto, se convierte en objeto de vejaciones y abusos por parte de sus compañeros de aula.

Nada especialmente alejado en concepto de gran parte de los dramas escolares juveniles despachados por Hollywood y Europa en los últimos treinta años, excepto por sus planteamientos formales y narrativos, especialmente pausados en su exposición y templados en su desarrollo. Y también dolorosamente dentados en sus ramificaciones morales. A riesgo de resultar reduccionistas, cabe reconocer en la metodología de Franco una concepción del drama sobre la violencia parecida a la de un cierto cine de Michael Haneke. Y es que como el austríaco, Franco juega con los contrastes humanizando la escena y cargándola de un realismo que, paradójicamente, termina casi desnaturalizado (que no impostado). Al mismo tiempo que juega con lo que no se ve, con lo que se pierde entre elipsis o se aparta del plano, trabajando aquella idea en virtud de la cual lo que se nos esconde es lo que realmente logra asustar.


después de lucía

Así no caben histrionismos, sobredramatizados ni convenciones melodramáticas en la película, donde todo es serenidad, sosiego, sobriedad y una falsa sensación de morosidad explicativa. Una calma tensa que poco a poco va filtrando esa violencia hacia un espectador que de pronto se descubre testigo impotente (de hechos que, muy concienzudamente, sí se le muestran), y se ve en la obligación de juzgar, bajo el pacto previo de hipocresía según el que, en el fondo, el propio espectador se responsabiliza de lo que ocurre porque decide que no puede hacer nada por evitar que ocurra. Es, una vez más, el retrato de la violencia irracional de una presunta clase media-alta y un nuevo azote al permisivismo y la impasividad de una burguesía quizá demasiado ocupada en mirarse su propio ombligo.

Y a medida que el relato va precipitándose hacia un final tan demoledor como moralmente desafiante va quedando patente lo que comentábamos en un principio: es muy notable la fuerza de la historia como drama social entorno al bullying, pero resulta especialmente lúcida la profunda y dolorosísima reflexión sobre la enajenación que origina el dolor. Nucleo de interés de un cuento tristísimo y muy negro alrededor de los lugares oscuros de la desesperación, que destila una madurez y un pulso firmes tan inusuales en un director joven como estimulantes de cara a futuros títulos. Michel Franco. Nombre a retener.

8/10

Por Xavi Roldan

1 comentario:

  1. Bueno, en realidad toda la película se reduce a un concepto universal que es, a mi juicio, el verdadero tema de la película: la culpa es de los padres, que las visten como putas.

    Dicho lo cual, de acuerdísimo contigo en las sensaciones hanekianas (por ejemplo) de impotencia y desafío. Y aunque a veces se me iba un poco la olla pensando "venga, va, ahora qué más?" lo cierto es que todo lo que ocurre en la película, lo que se muestra y lo que no, los excesos y demás, están hiperestudiados de manera que su final hijoputísimo te deje con una duda muy clara en la cabeza... no la diré para no spoilear, pero vamos, que sí, que demoledor final y demoledora película.

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