Crítica de Díaz - No limpiéis esta sangre (Diaz: Non pulire questo sangue)

Díaz - No limpiéis esta sangre
Ya ha pasado más de una década desde entonces y, sin embargo, se sigue recordando como uno de los episodios más tristes de la historia de Europa desde la Segunda Guerra Mundial. En 2001, en Génova, se realizaba una conferencia del G8, y muchos se opusieron. La multitudinaria manifestación desembocó en una auténtica escabechina, con casos espeluznantes como el del instituto Díaz. En verdad, oficialmente sólo se sabe de ello que un grupo de activistas se encerró en el lugar como acto de protesta; que las fuerzas del orden entraron al poco rato; y que los activistas salieron. Lo que se ignora es el porqué de la sangre, los destrozos materiales y los personales. Para ello sólo puede uno basarse en los (poquísimos) testimonios que han salido a la luz, que lógicamente salen de partidarios del mismo bando, y a ellos se aferra Daniele Vicari para enarbolar una dramatización sobre el infierno que pudo haber ocurrido en el interior del edificio. Imposible, por tanto, no valorar la película desde un doble prisma.

Por un lado, claro, está el punto de vista cinematográfico: entendiéndose Diaz – No limpiéis esta sangre como una ficción dramática, Vicari resuelve la faena con una corrección académica tan falta de personalidad como efectiva en su voluntad por hacer de la suya una película resultona y de evolución emocional creciente. Sirviéndose de todos los recursos esperables, propone (él y los otros ¡tres! guionistas) un grupo protagónico de lo más variopinto: gentes de diversas edades y proveniencias tanto sociales como geográficas (entre las que destaca Jennifer Ulrich, vista en La ola y Somos la noche) se reúnen para planificar el encierro en el instituto, yendo todos a una en la bondad de sus ideales y personalidades, mientras que en el otro bando, carabinieri y otras fuerzas del orden planean el contragolpe desde una caracterización poco menos que infernal. Buenos muy buenos y malos muy malos (si bien no falte en uno y otro bando la figura del díscolo, ya sea el jefe de policía con remordimientos o el joven más revoltoso que el resto de manifestantes) enfrentados en puzle que va componiéndose a ritmo ágil, en medio de una calma chicha que desembocará en el esperado encuentro final en el interior del edificio. Lo dicho, evolución creciente que llega a su máximum en un clímax francamente intenso, sobrecogedor.

Díaz - No limpiéis esta sangre

El problema está en llegar a él de la manera en que lo pretende la película, que es desde ese otro prisma con que debe valorarse la misma. Y es que Díaz – No limpiéis esta sangre es descaradamente manipuladora, grotescamente maniquea, excesivamente subjetiva, hasta el punto de peligrar muy seriamente su seriedad y flirtear con el rechazo del público. No se me malinterprete, los hechos que se dieron en la ciudad italiana fueron gravísimos y hay que hablar de ellos para que no caigan en el olvido; y seguramente haya que hacerlo con la dureza con que lo hace Vicari. Pero aun así, debería apostarse por un acercamiento más distante y que dé pie sino a interpretaciones distintas, cuanto menos a matices que puedan generar el debate, cuestionar ciertos aspectos (indudablemente cuestionables en situaciones de tensión como las que se recogen en la cinta, por otra parte) que hagan perdurar a la película más allá de su proyección porque durante la misma haya despertado al espectador activando sus neuronas y su capacidad para la reflexión.

Nada de ello ocurre en Díaz – No limpiéis esta sangre, película tan correcta formalmente como oportunista moralmente. Vicari quiere denunciar hechos más que denunciables, pero no duda en tirar por el camino fácil, haciendo de su crítica poco menos que un panfleto, en ocasiones vergonzoso. Y peor aún, lo que podría ser un acercamiento de lo más realista de lo ocurrido en el interior de ese instituto, acaba viéndose tan exagerado que al final resulta francamente difícil tomarse en serio. Lástima.
5,5/10
Por Carlos Giacomelli

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