Crítica de Pietà

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Dice el tópico que madre no hay más que una. Y si algo tienen los tópicos es un alto porcentaje en concentración de verdad. Así que si por aquellos designios de la biología o giros del destino te toca una madre un poco psicópata, no vas a tener más remedio que joderte, aunque tus actividades tampoco sean precisamente las que caracterizan a un hijo modélico. El que protagoniza la cinta que nos ocupa es nada menos que un cobrador a sueldo con métodos poco ortodoxos y poco amigos del seguro de vida de sus víctimas. Un tipo salvaje, malnacido y eficaz a quien un día se le presenta una señora que asegura ser su madre, que le abandonó décadas atrás.
De modo que como una nueva cara del poliédrico sistema de intereses universales que protagonizan la filmografía de Kim Ki-duk (no hay más que pensar en ello: en este señor todo son temas sencillos, que no simples), la maternidad es el tema central en esta su nueva Pietà. En esta su nueva piedra en un historial caracterizado por la disparidad de masas y colores, en un currículum eminentemente irregular y, probablemente por eso, poderosamente interesante: puede que balanceando la cantidad de películas cuestionables (Bad Guy, Dream, Amén) supere a la de hitos intachables (La isla, Hierro 3, Samaritan Girl), pero pasiones, el coreano, levanta. Arriesga y no siempre convence. Pero se moja. ¿O quizá no tanto?

Quizá con Pietà, un poco a medio camino de todo, el realizador se haya mostrado casi demasiado conservador, algo plegado a unas formas preestablecidas, a un cierto proceder formulaico y reiterativo, a un lugar de pulcritud en resultados demasiado profiláctica. Y claro, hay que reconocerle méritos a su nueva película -así lo creyó el jurado de Venecia al aflojarle el León de Oro el pasado año-, pero tampoco se le pueden dejar de poner pegas. Pegas, como decimos, basadas en lo  aparentemente inútil en eficacia revulsiva de unos planteamientos ya poco sorprendentes, del tratamiento ya conocido de ciertas perversiones ya vistas.

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Y atención, la película no va totalmente falta de cargas emocionales, ni renquea en plantear situaciones de intensidad y espectro emotivo variables a través de convenciones genéricas del thriller. En realidad logra cotas de emoción estimables gracias a sus argumentos que, no por crispados, casi histriónicos, fluyen menos. Pero probablemente su alcance sería mayor de haber buscado más una mayor ruptura tonal y formal, no necesariamente aumentando los niveles de turbación.

Porque de eso, Pietà va más o menos sobrada. Su capacidad de incomodación es notable gracias, principalmente, a una cuidada puesta en escena que radicaliza lo íntimo para contraponerlo al inesperado estallido de violencia o mal rollo, articulando un juego de ambivalencias (Ki-duk es uno de los más destacados cultivadores de esa tan oriental tendencia de balanceo entre la crueldad extrema y la delicadeza quebradiza), un pivotaje que juega tanto a su favor como en su contra: el salto del thriller al drama maternofilial, el choque entre costumbrismo tradicional y la llegada inminente de nuevas estructuras sociales, los ramalazos de humor negro entre secuencias decididamente oscuras, funcionan. Las reflexiones sobre los impulsos de crueldad y la necesidad de compasión tienen distintos grados de sutileza y pueden aportar nuevos matices al discurso global del director. Y la mirada al recuerdo, el peso de la memoria y la volatilidad del pasado quedan bien plasmados no sólo en la historia central, sino también en su puesta en imágenes, a través de ese barrio deprimido, suburbio de Seul, a las puertas de su destrucción.

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Sin embargo, la parte formal incurre a ratos en ese exceso de comodidad molesta de la que hablábamos. Y si Pietà tiene momentos de gran plasticidad natural, no es menos cierto que muchos otros se recrean en un esteticismo forzado, e incluso la propuesta resulta a ratos visualmente inane y perezosa. Lo cual no logra disimular la familiaridad y simplicidad de su discurso sobre la redención, de su ocasional simbología relgiosa y de las disquisiciones sobre la violencia y la venganza, otro de los temas centrales en la obra del director; y no logra hacernos olvidar que en el fondo esta es una película despojada de la poderosa capacidad de sugerencia de sus obras mayores. Que si quiere marcar un nuevo hito en la representación cinematográfica de las contradicciones morales derivadas de la violencia, inevitablemente fracasa.

A pesar de todo al final, y salvando todos los inconvenientes, la cosa queda arreglada y presentable. Como siempre, todo en el cine de Kim Ki-duk puede reducirse a un ítem: tiempo narrativo. Y ahí el realizador se muestra intachable, dotando a su película de un peso específico y una apariencia (general, visual pero también tonal y textual) compacta y sólida. Erigiéndose como un motivo más de división para el público de cine más o menos autoral. Vuelve la eterna pugna entre lo genuino, lo original y lo visceral, entre estilo y contenido, entre narcisismo y discurso que se concreta, una vez más, y no será la última, en una película de Kim Ki-duk.

Pero agarrémonos a la calma y el temple: ni tanto ni tan poco.

6'5/10

Por Xavi Roldan

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