Crítica de Upstream Color

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Está al alcance de pocos lograr ese cine que se explica a sí mismo y se valida automáticamente sin necesidad de justificaciones ulteriores. Ese cine que puede aparentar, en sus objetivos narrativos, voluntariamente embotado y sin embargo no parece deber nada a nadie porque, con un poco de suerte, nadie tampoco le pedirá explicaciones. Esto es, resulta condenadamente difícil hacer una película que cuente mucho diciendo poco, o mejor, que se entienda sólo a sí misma y sin embargo pueda ser disfrutada igual por quien quiera entregarse a ella. Ese cine hermético, enigmático, críptico y, sin embargo, magnético. Nadie pretendió nunca descifrar Inland Empire y a pesar de ello, le pese a quien le pese, es una cumbre del cine contemporáneo. Y en un nivel menos simbólico, el noventa por ciento del público abandonó la esperanza de entender todos los vericuetos argumentales de Primer y ahí está la película: intachable e impecable nuevo clásico de la ciencia ficción de bolsillo.

Nueve años después de aquel magistral y abrasivo debut, vuelve su ideólogo, Shane Carruth, y las cosas en cierto modo parecen estar como antes. Por el motivo que sea, con un único título a sus espaldas, todo el mundo tiene que tener asumido ya que esta nueva película se presentará tan impenetrable e indescifrable como aquella, si no más. Que obedecerá a las inquietudes genéricas del creador (seguimos algo así como en los terrenos de la ciencia ficción). Y que deberá ganarse a su público con un nuevo tratado de narrativa esquiva, aunque aquí se presente mucho más etérea, más abierta a sugerencias y más volátil en conclusiones literales. Porque intentar decodificarla es, como decimos, una tarea fútil: de ella sólo podemos decir con certeza que va de una joven a quien un extraño sociópata somete a un proceso para eliminar temporalmente su voluntad. Y que una vez destruida su vida se topará con otro joven aparentemente víctima del mismo tipo, con quien establecerá una relación.

Lo demás son elementos que van apareciendo milimétricamente -de caos nada, amigos- y que van estrechando círculos alegóricos entorno a la trama vertebral mediante elementos aparentemente desligados entre si: un misterioso técnico de sonido, una granja de cerdos, el Walden de Henry David Thoreau, flores determinadas de colores muy concretos. Capas de (aparente) significación que van sumándose a un discurso complejo, cada vez más enigmático y misterioso que no se explica a sí mismo sino que se muestra sutilmente mediante la sugerencia más que la narración, mediante la sensación más que la claridad expositiva. Mediante diálogos que se repiten o cuelgan incompletos, o mediante frases parcas que deben fijar estados de ánimo. Upstream Color, en palabras rimbombantes, no es prosa, es poesía. Es ciencia ficción metafísica y drama existencialista como debería ser ambas cosas en el siglo XXI y en la cinematografía indie que ha superado con creces el síndrome Sundance.

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Porque esto tiene la cantidad de locura suficiente para trascender todo el resto de compañeras de promoción -pongamos como ejemplo aquella muy mediana Sound of My Voice con la que comparte algunos temas troncales- en tanto que Carruth es un tipo totalmente despreocupado por parecerse a nadie. Un cineasta cuya opción gustará más o menos, pero a quien no se le puede negar una personalidad que, si bien aún está a medio determinar, se intuye única, sólida y, para los que compramos su propuesta, adulta y genial. Sus planteamientos formales conectan con los nuevos artistas digitales -a ratos la película parece más una videoinstalación que una ficción convencional- y en su aturdidora precisión logra planos y encuadres que son impolutas maravillas compositivas y cromáticas. En cierto modo, en Upstream Color Carruth sublima al Gus Van Sant más arty y al Terrence Malick más planeador, pero al final es su poderosa capacidad por la ebullición emotiva lo que termina haciendo de la propuesta del realizador algo intransferible -al fin y al cabo esta es la manera más nerdie de presentar un romance por parte de un tipo que parecería vengarse de su propia sequía sexual adolescente a golpe de inteligencia artística-.

Y es que si hay algún proyecto actual que resulte de un trabajo profundo de exposición personal, ese es el que nos ocupa. Shane Carruth dirige, pero también actúa, se encarga de la fotografía y compone la banda sonora logrando una compenetración única de todos los elementos, que operan hacia una misma dirección: la fotografía retrata de manera viva y orgánica ambientes asépticos, procedimientos quirúrgicos en planos extrañamente simétricos o chocantemente descompensados. La música planea en una extraña sinfonía electrónica que hiela los huesos pero activa los órganos. Las interpretaciones dejan todo el espacio necesario a la magia y a la sugerencia, especialmente la de una Amy Seimetz soberbia que se dispara desde aquí como nuevo talento.

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Sí, Upstream Color sigue siendo hermética, pero de un modo distinto a como lo era Primer. Si aquella era insondable en los recodos de una historia basada en la paradoja y en los peligros del viaje temporal, esta expulsa a quien pretenda, simplemente, extraer conclusiones claras a partir de mensajes diáfanos. No, esto se mueve a partir de sus propias reglas, no de las nuestras, y se dirige a aquellos que sean capaces de aprehender el caos confiando en un plan superior que no necesitan conocer. A los que no necesiten entender para sentir y a los que prefieran sentir antes que radiografiar. A aquellos que puedan asumir que la vida a veces es embriagadora, subyugante sin que uno se dé cuenta hasta demasiado tarde, radicalmente insondable. En fin, a los que acepten que precisamente todo eso puede ser una película. Y sí, así es Upstream Color.

8'5/10

Por Xavi Roldan

2 comentarios:

  1. Me ha parecido un preciosista y genial rompecabezas donde cada detalle cuenta y donde el enigma es el principal objetivo del director. Por cierto, gran critica la suya!

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  2. Y gran comentario! Breve pero sintético y cargado de contenido

    Gracias por él!

    ;)

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