BD-Críticas - Van Damme x2: Blanco humano y Muerte súbita

Concluidas, o en estado de pausa por lo menos, las puestas al día de westerns más o menos clásicos (hemos hablado de alguno de ellos: Dos mulas y una mujer, Joe Kidd…), parece ser que a la Universal le apetece ahora recuperar a otro vaquero, si bien este provenga del cine de acción de los 80/90, y su acento sea marcadamente belga. Jean-Claude Van Damme, llanero solitario de las junglas de asfalto, tipo duro de entrepierna hiperflexible, suma más puntos en el mundo de la alta definición con la edición de dos de sus títulos más emblemáticos, con permiso de Timecop (Ya editada) o de esa obligatoria pseudo-biografía titulada JCVD. Sendas cintas de acción noventera pura, tan englobables en el mismo y acotado universo, como distintas entre sí. Una con nombre y apellidos, otra con voluntades de honesta y sanísima exploitación. Para gustos…

Blanco humano
Blanco humano
Empezaremos por la de mayor pedigrí, y de paso, nos sacamos de encima la mayor decepción. Y es que o por expectativas o por mero gusto cinematográfico, esta adaptación libre de El malvado Zaroff puede dejar más bien frío a quien pretenda reivindicar las películas de Van Damme, aunque curiosamente el actor sea el menos culpable del desaguisado. La culpa la tiene John Woo. El chino debutaba en Hollywood en el año 1993 con esta alterada, hipertrofiada y rematadamente sobrevalorada cinta de acción, dispuesto a dejar bien delineada su estampa en el cine occidental. Y por eso, Blanco humano está plagada de sus histrionismos y manías. Si la cantidad de planos detalle de puntas de flechas en movimiento, nada más empezar la cinta, no han servido ya para ahuyentar al respetable, en adelante quedan unos 100 minutos (se dice que pulula por ahí una versión extendida) de más ralentizaciones que metraje a ritmo normal, alternancia de primeros planos y zooms, barridos laterales inesperados, y por supuesto, escenas con palomas revoloteando a cámara lenta. Tanto visual como metafóricamente, Woo le imprime a su trabajo la sutileza de un paquidermo, a lo que no duda en sumarse el guión (de Chuck Pfarrer), tan burdo y carente de tacto que resulta imposible tomarse en serio. Y ahí está la gracia, menos mal: en la sensación (¡esperemos que voluntaria!) de que, Woo aparte, no parece que nadie se tome demasiado en serio la propuesta, logrando así bienvenidas dosis de honestidad casposa. ¿Y Van Damme? Como siempre: camiseta tejana, pantalones arrapados y ocasional gabardina de cuero al viento, como su pelazo de putero cañí. Reparte las tortas más inverosímiles a ritmo de una BSO con marcado aroma de western, si bien tarde un poco en ponerse a tono mientras deja que la cinta intente definir sin demasiada suerte a sus antagonistas, pasadísimos Lance Henriksen y Arnold Vosloo. Los tres parece que saben dónde se meten. Lástima que ni tomándosela a guasa, como ellos, el espectador pueda sacar nada más allá de puntuales momentos de jolgorio para el cine de acción (recordemos la escena de la moto). Porque al principio las manías visuales de Woo puede que resulten graciosas, pero a la postre, eternizan una ya de por sí desigual cinta descompensada y sin oremus, con eternos pasajes que no vienen al caso (esa larguísima secuencia en el cementerio) y que impiden un mínimo desarrollo emocional, por chungo que sea. Y ese final entre piñatas explosivas rebasa toda barrera de lo kitsch para ahondar en su condición de horterada desfasada ya desde el momento en que se estrenó.

Muerte súbita
Muerte súbita
Harina de otro costal es, en cambio, Muerte súbita. Se estrenaba dos años después y esta vez con Peter Hyams, especialista en materia, a los mandos (y por materia quiero decir serie B de la que lo que menos importa es la presencia de un cineasta tras la cámara). Sin ínfulas de ningún tipo por dárselas de lo que no toca, la película que ahora nos ocupa deja poco lugar a dudas: es un exploit abierto y hasta desvergonzado de los grandes éxitos del género, batiburrillo de escenas poco menos que plagiadas de Máximo riesgo, Mentiras arriesgadas y La jungla de cristal, cambiando la montaña de la primera por un incendio, las peleas en los baños de la segunda por tollazos en una cocina, y el Nakatomi Plaza en fin de año de McLaine por un estadio de hockey en que se disputa una gran final. Escenario que aprovecha un grupo de malhechores a las órdenes de un cachondo y ambiguo Powers Boothe, para llenarlo de explosivos, secuestrar al vicepresidente de los USA y atrincherarse en la sala más segura del lugar. Quieren pasta gansa y no dudarán en llegar hasta donde haga falta pero claro, no cuentan con que le han tocado las narices a un exbombero que iba a ver el partido acompañado de sus dos hijos. Es más vulgar, más olvidable e incluso más contenida que la anterior, si se quiere, pero también cumple a rajatabla con lo que se le exige: que sea, sin más, una película de acción; que como tal entretenga, y que lo haga como se hacía por aquél entonces: a base de tipos duros sudando la camiseta. Claro que valoraciones más rigurosas quedan fuera de lugar. Al final, quien acabaría saliendo peor parado sería el que las buscara. Salvo por un uso (¿abuso?) de montaje en paralelo, bien podría haber sido realizada mediante un sistema informático, no hay rastro de personalidad por ningún sitio; y por supuesto, hablar de personajes, de emociones y demás es jugar con fuego. Pero si se la valora como Peli de Van Damme, que para eso hemos venido, tenemos entretenimiento cien por cien satisfactorio, si bien el héroe que se nos presenta sea más bien un McGyver en vez de un karateka. Pasajes de acción atractivos, situaciones hilarantes (su protagonismo inesperado en el partido), y final que hasta peca de exceso permiten reivindicar tranquilamente Muerte súbita como una de las grandes del género. Del género Van Damme, se entiende.

Por cierto, ambas películas presentan una calidad audiovisual envidiable, con la imagen depurada y el grano reducido todo lo posible. Tan sólo se puede recriminar en el caso de la segunda un realce de bordes demasiado evidente. En versión original, las dos cuentan con un Master digital DTS-HD impoluto, mientras que la primera se presenta con un DTS Digital Sorround 2.0 en castellano y la segunda con un 5.1. Ninguna de ellas cuenta con extras de ningún tipo.

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