Crítica de The Act of Killing

The Act of Killing
The Act of Killing pasa por ser uno de esos documentales bien ponderados que han logrado superar cualquier barrera para posicionarse en un plano de favor generalizado. Los premios recibidos dan fe de ello y el reconocimiento popular basado en el boca-oreja está empezando a ser considerable. Pero en el fondo, lo que ocurre con esto es que, nos pongamos como nos pongamos, está triunfando por ser una propuesta algo localista en sus aparentes intenciones primeras pero radicalmente universal en sus reflexiones de fondo. Porque con la película de Joshua Oppenheimer uno puede ponerse tremendamente maximalista y apelar a su fondo último: The Act of Killing habla de El Mal. Ese que anida en el fondo de los corazones de los hombres, ese que no admite relativismos ni coartadas morales. Ese que conecta directamente con la responsabilidad humana y que trasciende cualquier explicación racionalista en la cuerda del "sólo estábamos siguiendo órdenes". Con perdón, pero órdenes los cojones.

Los hechos acaecidos en Indonesia en 1965 no merecen más que una total y frontal repulsa. El estamento militar tomaba en ese año el poder e inmediatamente empezaba una campaña de eliminación de cualquier opositor, bajo acusación de comunista. Las torturas y asesinatos (más de dos millones en total) empezaron a estar a la orden del día, gracias a hordas de gangsters contratados por el gobierno militar para hacer el trabajo en cuestión. Empezaba un reinado de terror bajo el signo del caciquismo totalitarista.

The Act of Killing

Lo radical, lo peliagudo, lo directamente salvaje de la propuesta de Oppenheimer es que, al contrario que en los procedimientos habituales (como ejemplo reciente me viene a la mente la tremenda S-21, la máquina de la muerte del Khmer Rouge), aquí se da la voz a los autores de los sucesos. A los responsables de las torturas, a los asesinos que, en ese momento, creyeron pertenecer a escuadrones de la muerte con el glamour de los gángsters del Hollywood dorado y las reformulaciones scorsesianas. Y lo terrible es que a día de hoy no se han dado cuenta del error, y mucho menos han sido capaces de articular un mínimo sentimiento de arrepentimiento. Es más, orgullosos de sus gestas, explican a cámara con todo lujo de detalles sus procedimientos y sus metodologías animales.

Otra vuelta de tuerca. En un gesto de articulación de la Historia con una representación de la misma, en una especie de juego de puesta en crisis de la realidad condenable frente a un mucho más idealizado recuerdo de ella. Los protagonistas se creen estrellas de cine y escenifican en espectáculos folklóricos esos actos. La memoria histórica deviene en un teatrillo absurdo, en una farsa escrita por los ganadores, esforzados en convertir el pasado en un mero constructo. La película se pone metacinematográfica y se presta a esa escenificación enfermiza, malvada y sesgadísima.

The Act of Killing

Esencialmente Oppenheimer se posiciona en un plano de surrealismo para relatar una historia tan real que sólo puede ser asimilada desde la representación. De lo contrario, la incredulidad se apoderaría de los hechos. Es un juego paradójico, una asunción forzosa de unas reglas convencionales que en el fondo encierran una verdad demasiado terrible relacionada con la imposibilidad de perdonar. Y la incapacidad para ello de una sociedad demasiado herida aún por los hechos. Una sociedad que, no obstante, sigue regida por los culpables que se pasean impunemente. Y en los que parece anidar, como decíamos, El Mal. Suena reduccionista, pero no se me ocurre mejor manera de describirlo.

Al final, The Act of Killing se ve como un documental exótico y folklórico, pero se percibe con la perplejidad de la incomprensión hacia unos hechos abismales, inexplicables y aún más injustificables. Encuentra nuevas vías de expresión manipulando las reglas clásicas del documental y sus escarceos con la pura ficción. Pero de tan radical termina alcanzando una verdad insoportable que enfrenta a los hombres con sus propios actos. Y ahí es donde triunfa.
Muy duro.

8/10

Por Xavi Roldan

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