Crítica de Sólo el viento (Csak a szél)

sólo el viento
Será una cuestión cultural o de mera atracción por el exotismo, pero el caso es que parece no ser lo mismo, en intenciones e impacto, cuando el drama social se enfoca desde una cinematografía como la nuestra que desde una como la húngara. También puede tener parte de la culpa nuestro propio equipo de radiología, normalmente esforzado pero incapaz a la hora de pasar nuestra sociedad por la sala de rayos y sacar una placa fidedigna; y definitivamente que Sólo el viento resulte en una película tan, a su manera, atractiva se lo debemos al talento del director Benedek Fliegauf, responsable de otros (llamémoslos así) éxitos críticos de la reciente Hungría, de Bosque a Vía láctea, pasando por Womb. Así que casi mejor olvidarse de Fernando León, y para el caso de Ken Loach que esto, en calidad de retrato social hiperdramatizado, podría tener un parangón, si mucho apuramos, en los debuts de Paddy Considine o Justin Kurzel. Por supuesto, le falta la sutileza -y hondura emotiva- de cualquier relato Dardenne, pero ¿quién la necesita cuando lo que se pretende es abogar por la acción directa?

Básicamente por ahí va la propuesta de Fliegauf, coherente y consecuente, responsable para consigo misma en tanto que reflejo despiadado (imposibilitado de salidas y respiraderos) de una realidad dura y sangrante. Realidad, remarco. El director parte de unos sucesos ocurridos en 2008 y 2009 en la órbita de las familias gitanas: los ataques racistas por parte de grupúsculos radicales ultraviolentos, escuadrones de ataque supremacistas que acabaron con la vida de varias personas. Y se centra en una familia que es alertada de semejantes agresiones para empezar a vivir en el miedo: una madre dedicada a la limpieza y dos hijos que sueñan con poder largarse de ahí para acompañar a su padre emigrado a Canadá o morir en el intento. Y de todo eso quiere hablarnos el realizador. Del miedo hacia la amenaza que entra hasta tu cocina, de la incomprensión que ello sugiere y de la respuesta que genera, de fuerza e intensidad irremediablemente parejas.

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Por eso, Sólo el viento es un drama social, una mirada fría hacia unos hechos concretos y hacia una realidad existente, pero también es una historia de terror sobre el miedo cotidiano. Un relato asfixiante sobre la amenaza social en un país, o en un ámbito, víctima de frecuentes tensiones y proclive a la violencia interna. O mejor dicho, externa, la generada por los remanentes del fascismo de la vieja Europa, incapaces de desprenderse de los métodos y prejuicios arcaicos. Y de ahí lo chungo de la película, que la violencia de la que habla se genera a causa de conductas racistas, pero termina contaminando todos los estamentos, extendiéndose a lo largo de la institución familiar hasta llegar a los niños. En cierto modo, Sólo el viento puede hacer pensar en La carnaza y su desolador mensaje nihilista.

Por lo menos, resulta igual de desesperanzada que la de Tavernier. O más. Estas "24 horas en la vida de" están rodadas con tensión, sequedad y nervio, con crispación y una absoluta ausencia de concesiones: la métrica de Fliegauf no se permite distensiones, su estilo realista y directo no deja espacio a florituras formales ni convenciones, a pesar de ostentar un look muy cuidado, conscientemente desgarbado y abrupto. Estamos ante una película sucia, oscura, parca en palabras, implacable en su mirada, durísima en su mensaje y su metodología. Quizá en ocasiones demasiado. Indisimuladamente atmosférica, irrespirable en el ambiente casi rural y férrea en su observación psicológica y su posicionamiento ético, con esas ocasionales cámaras a espalda del protagonista, tan cercanas a las disquisiciones entorno a la adolescencia del Gus Van Sant de Elephant. Una película que, en fin, se toma su tiempo (el ritmo es moroso) para ir sembrando sus tesis sobre la violencia basadas -más que en lo teórico- en la pura sugerencia sensorial y que cristalizan en un final de carácter emotivamente sísmico.

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Un comprensible Gran Premio del Jurado en la Berlinale, edición 2012, probablemente más basado en el impacto visceral y directo que pueda provocar la propuesta que en cualquier posible intención de expandir los horizontes y objetivos de la cinematografía húngara, si es que la hubiera. Da igual, hora y media de cine tenso, absorbente y retador lo justifica.

7/10

Por Xavi Roldan

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