DVD-Crítica de He nacido, pero... (Otona no miru ehon - Umarete wa Mita Keredo)

He nacido, pero...
El alma de todo gran cinéfilo acarrea un enorme peso vital, un gigantesco estrés existencial del que no se podrá librar nunca: el sospechar la cantidad de obras maestras de sus directores preferidos que se perdieron en el fuego, todas aquellas películas que por algún u otro motivo no tuvieron la suerte de trascender el paso del tiempo en formato físico y desaparecieron para siempre. La labor de restauradores y espeleólogos del arte ha logrado milagros, pero esos tipos no son dioses. Afortunadamente, algunas obras primigenias sí han trascendido, y esta es una de ellas. Doble fortuna si, además, es tan magistral y a la vez tan capital para comprender la filmografía y la idiosincrasia creativa de su director, Yasujiro Ozu, como esta He nacido, pero… (1932). Para comprender su filmografía, porque la película lanza cabos que recogerán posteriores títulos, tanto por sus afinidades temáticas dentro de la cosmogonía de Ozu por su conexión, directa, con Buenos días, suerte de autoremake realizado treinta años después. Y para comprender la idiosincrasia, la filosofía creativa, porque He nacido, pero… es el ejemplo empírico de los compromisos del realizador con una manera muy concreta de hacer y entender el cine: cuando el mudo estaba en franca remisión, con el sonoro ya en pleno rendimiento comercial, él -así como Chaplin, siempre influencia indirecta en su cine- osaba a dirigir una película muda. Y no sólo eso, puesto que además con este film lograba sobreponerse a las limitaciones para rubricar una historia plena de recursos narrativos modernos, imbuida de un infinito naturalismo, de un fluido costumbrismo suave, liberado de las obligadas estridencias técnicas del mudo.

Es más, la película surgía de una metodología de trabajo casi improvisada, a partir de un guión fijo (obra de Akira Fushimi, exitoso escritor del momento) que sin embargo se iba explicando a su propio ritmo, sin indicaciones previas de planificación ni de interpretación. Algo que sin embargo no privaba al espectador de la habitual maestría en la planificación y el gusto por la composición y el cuidado de los elementos en el encuadre, en una opción visual que incluía movimientos de cámara -algo más raro en las posteriores películas de Ozu- y trabajaba con acierto la profundidad de campo. Y, más importante, dicha metodología se traduce en esa claridad expositiva y en esa sinceridad medular que pronto se convertirían en la principal y más evidente marca autoral del director: He nacido, pero… posee una narración muy Ozu, ajena a aspavientos y melodramas explícitos, a fogueo trágico y grandes gestos dramáticos.

He nacido, pero...

Al contrario, a pesar de que una tristeza y melancolía finales recorren el tema central, la película representa el primer ejemplo de las capacidades cómicas del realizador. Esta es la historia de una familia que se muda a las afueras de Tokio y de los dos hijos que se ven obligados a integrarse en el entorno hostil de una escuela regida por los matones de turno. Los dos niños se verán obligados a hacerse valer por si mismos, y lo lograrán. Por lo menos hasta el momento en que asistan atónitos a la proyección de una película casera en la que su propio padre se humilla ante su jefe, a la postre padre del líder de los matones. A partir de ese momento, los chavales iniciarán una huelga de escuela y de hambre, indignados con el comportamiento adulto. Conclusión, nos encontramos ante un ejemplo seminal de una de las constantes del cine de Ozu: la familia como gran y principal núcleo social y los conflictos entre padres e hijos como motor de una trama dramática humanista.

Al respecto, el director juega a la contraposición de ambos mundos, al paralelismo de los sistemas de reglas propios, a una semejanza de ambas jerarquías en algo así como el comentario crítico del mundo adulto a través de la observación infantil. Y es que como Kiarostami, Doillon, Erice, Panahi o Lamorisse, Ozu sabe captar la mirada del niño desde un punto de vista genuino, apostando por la imprevisibilidad y sin renunciar a ese pellizco de ternura, de encanto proporcionado, en gran parte, por sus protagonistas infantiles, que destilan una enorme frescura. Son ellos el eje principal de la historia y el centro alrededor del que orbitan los grandes temas tratados en ella: la adaptación al nuevo entorno, las primeras decepciones de los hijos hacia los padres (justo lo opuesto que comentábamos respecto a Cuentos de Tokio), la fraternidad y, al final, la maduración a la que se llega mediante la autoafirmación.

He nacido, pero...

A pesar de todo, insisto en la innegable vocación cómica de la historia. Se trata de un humor sin aristas, simpático, amable y desenfadado, acorde con la metodología y ética habituales de Ozu. Surcado por una suavidad nipona que apela a lo entrañable de las situaciones y la pureza de esos personajes infantiles, sus razonamientos y reacciones. Pero una comedia que, como comentaba, está tintanda de un ligero toque de drama, subyacente durante toda la película, pero más explícitamente presente en su segunda mitad, aunque ni siquiera en esa parte se impone, ni mucho menos rompe con la tónica de sencillez. Una sencillez que se traslada a la puesta en escena con claridad y agilidad y considerable austeridad gramatical, tendencia que se iría acrecentando con el paso de los años.
En resumen, una película honesta, humilde, sensible, auténtica y, como todo el cine de Ozu, plenamente intemporal. Su primera obra maestra. Y un nuevo (enésimo) acierto de A Contracorriente, ya imprescindible sello para cinéfilos, que nos la ofrece en una edición similar en presentación a Cuentos de Tokio y que, como en aquella, nos incluye como material extra (casi el único, salvando un trailer) un enriquecedor video ensayo del periodista y escritor, experto en la vida y obra de Yasujiro Ozu, Antonio Santos.

Y que nadie se termine el champán, que A Contracorriente prepara más Ozu.

Por Xavi Roldan


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