Crítica de The Battery

the battery
Año 2013. Con los zombis en pleno estado de (enésima) ebullición arrastrando sus pies por series, cómics, películas de todo pelaje, convertidos en gimmick sociocultural, despojados ya de una posible vena underground o contracorriente que pudiera achacárseles antaño. Tenemos zombis flotando en el carajillo de la mañana y estamos saturados de ello. Se ha hecho sobreexposición y se ha perdido el norte: los no-muertos han perdido su carga metafórica, se han desnudado de sus capacidades simbólicas; además de en esos ítems culturales habituales, los críos llevan zombis serigrafiados en la ropa y duermen con peluches que simulan fascitis necrotizante. Y bajo esta perspectiva llega The Battery dispuesta a demostrar que aún no se ha contado todo al respecto. ¿Lo consigue? Bueno, no. Pero eso no implica que esta película pequeñita, producto casi de un solo hombre, modesta en recursos y medularmente indie, se quede corta en resultados y en puntos de interés. Los tiene, y muchos, especialmente relacionados con lo colindante al zombiferio que, al fin y al cabo, es lo que siempre se ha llevado en el género: los andantes son una excusa para poner en crisis las conductas depredadoras de los humanos.

El hombre es el auténtico enemigo. Solo que aquí se ha enfocado justo a la inversa: la amistad lo puede todo y al final es el auténtico último reducto. Pero de nuevo, son los personajes que hablan y razonan los que nos interesan sobre los que muerden y babean. Concretamente esta pareja protagonista, habitantes del fin del mundo en plena road movie existencial que les debe llevar al autoconocimiento y a la interrogación de las relaciones afectivas. Un auténtico examen de la amistad entre tíos no exento de un cierto garrulismo final que le confiere un hálito último de visceralidad. Y, claro, los necesitados de casquería se verán defraudados, pero es que esto viaja por otros lares. Por unos terrenos decididamente más naturalistas. Porque The Battery se esfuerza en recordarnos que los zombis nos asustan porque es un terror que nace de lo mundano, de lo habitual, que ha convertido nuestra vida diaria en una decadencia que se expande incontrolada. Y ahí está parte del encanto de la película, en su relativo intimismo. En ese foco colocado sobre los cambios en lo cotidiano que han conformado un mundo donde las personas deben relacionarse entre ellas y consigo mismas de un modo distinto.

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Ya lo comentábamos. Estamos ante una película doméstica, de producción barata, orquestada por un Jeremy Gardner que protagoniza, escribe, produce y dirige tomando como punto de anclaje la idiosincrasia formal y narrativa del indie. No es una opción aplastantemente personal, pero sí una declaración de intenciones a la hora de tratar un material a priori más dado al mainstream. No deja de resultar curioso -aunque no totalmente novedoso- ese uso de la iluminación o la música, más ligadas a la emoción del texto que a una posible salvajismo de las imágenes. Y tampoco resulta azaroso que la ruptura también provenga del tono dramático, obviando la zombedy a lo Zombies Party o Bienvenidos a Zombieland para colocarse en algo así como un drama costumbrista generacional con arranques de oscurantismo y, sí, humor negro. Algo así como, puestos a hacer matemática, una mezcla entre Old Joy y la reciente Sightseers.

Así, The Battery se mueve entre la seguridad  de la adscripción a los códigos de dos corrientes cinematográficas distintas y el constante desafío: como película indie cultiva diálogos frescos y chisporroteantes, y los articula con un poderoso trabajo de los silencios. Y cuando incurre en los códigos genéricos del terror y el splatter lo hace desde una perspectiva distinta, desde una distancia más corta y una agradable modestia escénica y termina mostrando un arrojo francamente inusitado para un debutante: Gardner dispensa un corte de mangas a los fans del género y arriesga en secuencias tan complicadas de sostener como esa dilatada pernoctación en el interior del coche que hacen pensar en que no estamos exactamente ante una película pequeña con un corazón grande. Más bien esto es una gran película agazapada en la modestia y que puede llevar a engaño a espectadores despistados. Mejor, porque así la sorpresa es mayor.

7/10

Por Xavi Roldan

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