Crítica de Byzantium

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Después de algún paso titubeante y de algún patinazo descalabrado ya tocaba que Neil Jordan regresara de entre los muertos y lo ha hecho, quién puede culparlo, intentando asegurar el tiro. Rescatando en cierto modo el espíritu de una de sus películas más populares, como retomando un puñado de valores seguros que deberían, si no volverlo a colocar en lo más alto, sí evocar felices tiempos pretéritos. Y es que a pesar de que Byzantium es una película más abiertamente postmoderna, uno puede reconocer en muchas de sus imágenes al Jordan de Entrevista con el vampiro; más incluso que el de otras de sus producciones fantásticas, como En compañía de lobos u, obviamente, El hotel de los fantasmas. Y no es así solamente por la coincidencia temática y el uso de algunas ideas visuales, como esa uña perforadora de carne, es que algunas de las partes más góticas de aquella vuelven a estar presentes en esta. Pero esto, como sea, y seguramente a rebufo de las tendencias actuales, también va por otros lares. A pesar de sus saltos en el tiempo y de sus peripuestas reconstrucciones históricas esto es, o pretende conectar, con las concepciones vampíricas adolescentes modernas. Y a todos se nos viene a la cabeza una saga inevitable al mezclar semejantes elementos. Obviaré nombrarla.

Afortunadamente, Jordan pretende dar un golpe en la mesa, lo da, e intenta devolver la seriedad al tema. Vuelve a recordarnos que más allá de corsés estilísticos y de coartadas comerciales, la historia de una comunidad de seres que viven allende los siglos puede estar trufada de connotaciones poéticas y metafóricas muy interesantes, especialmente unidas a las temáticas románticas. Y así es esta película, una mezcolanza de tonos que conjuga terror, drama, costumbrismo y cuento gótico pero los une eminentemente bajo el signo de la tragedia amorosa. Un relato que se mueve en el espacio (de la campiña inglesa a los neones de un parque de atracciones) y resulta extensivo en el tiempo (la acción retrocede hasta 200 años antes de nuestro presente) para dar a la historia de esta madre e hija vampiras la trascendencia que necesitan, y para marcar las constantes más interesantes del imaginario del género, que no tienen por qué ser todas: si bien los conceptos de eternidad y juventud permanente -adolescencia centenaria- se mantienen en virtud del mensaje, otras reglas son transgredidas: estas chupasangres no son exclusivamente criaturas de la noche. Y no tienen afilados colmillos.

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Al fin y al cabo, estamos ante una película sólida y elegante, una visión de la adolescencia vampírica más sobria que la que ofrecen esos productos comerciales -quizá estamos ante una propuesta más cercana a la línea que planteaba Déjame entrar- y también un relato francamente intemporal y sofisticado, sin rebasar el manierismo que rezumaba el Drácula de Coppola. Aquí, un Jordan que gustosamente podría compartir mesa con Jane Campion, opta por una puesta en escena cuidadísima en planificación, encuadre, iluminación y color, al que da un uso expresivo, altamente sugerente, especialmente centrado en un rojo que tiende puentes temáticos con parte de la imaginería simbólica y que, de nuevo, remitiría a lo gótico. De hecho, la película está recorrida por varias metáforas visuales -no necesariamente sutiles-, a menudo relacionadas con el atavismo de los cuentos populares (esa caperucita roja y la relación por la sangre entre vida y muerte), y con el erotismo implícito en la figura vampírica, especialmente la que interpreta una intensísima Gemma Arterton, contrapuesta a la etérea y misteriosa Saoirse Ronan. Todo ello favorece la construcción de un mood narcótico, planeador, de un ambiente atmosférico, fantasmagórico, sosegado, roto por los saltos temporales y por las ocasionales entradas en escena de lo brutal.

Un envoltorio perfecto que combina tradición con modernidad y que acoge un material literario (el guión de Moira Buffini) que no siempre se muestra necesariamente atinado. Si bien la historia se presenta la mayor parte del tiempo sensual y sugestiva, y acierta en dar puntadas de drama maternofilial relacionadas con los lazos de sangre y pinceladas de sadomasoquismo, no es menos cierto que en algunos momentos el guión va con el piloto automático puesto. De modo que su aire romántico (de Romanticismo) y su esqueleto romántico (de romance) funcionan, pero no pueden evitar varios clichés, algunas trivialidades y algún que otro almibarado extra. Al final, afortunadamente, todo termina cuadrando gracias al buen trabajo con los diálogos y especialmente con el dibujo de los personajes y sus relaciones, especialmente en ese choque entre las dos protagonistas femeninas.

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Muchos detalles agradables alternados con algunas notas discordantes, en fin, para una película que es, ante todo, la constatación del buen gusto y la pericia escénica de un Neil Jordan que se ha propuesto recordarnos lo grande que llegó a ser en algunos momentos de su carrera. Y que también es la prueba de que para revalidar una credibilidad y un prestigio aún hay gente que cree en el poder de lo poético, de lo meramente lírico y que no teme trabajar planos simbólicos.
Así que buena película. Más aún, una buena película impecablemente manufacturada, con innegable clase.

7/10

Por Xavi Roldan


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