Crítica de Justin y la espada del valor

Justin y la espada del valor
Luego supongo que nuestro impresentable Gobierno y su penoso Ministerio de Cultura se apuntarán el tanto, se harán suyo el éxito y utilizarán los beneficios en taquilla para justificar injustificables políticas culturicidas, irresponsables, éticamente inmorales, moralmente esperpénticas. Así que no nos llevemos a engaño, con o sin Justin, con o sin Tadeo, el panorama cinematográfico español está a medio paso de la sepultura. Esto se muere un poquito cada día y éxitos aislados no nos van a salvar el culo (ya no) frente a una desolación creativa absolutamente impuesta. Dicho esto, claro, hay que celebrar la existencia de una película como Justin y la espada del valor, al margen de su calidad, y congratularnos por la existencia de un producto comercialmente poderoso, artísticamente solvente, técnicamente competente. Animación 3D dirigida y coescrita por el andaluz Manuel Sicilia, enfocada al mercado internacional, pensada para ser hablada en inglés (su reparto incluye a Freddie Highmore, Mark Strong, Saoirse Ronan o Rupert Everett) bajo el auspicio de Antonio Banderas -también él en el reparto- y ceñida a los cánones de la producción americana un escalón y medio por debajo del gigante Pixar: esto no desentonaría del todo como producto DreamWorks.

De hecho, su referente más cercano podría ser la gran obra maestra de aquellos, Cómo entrenar a tu dragón. Como en ella, aquí nos volvemos a encontrar en un entorno medieval (ahí eran poblados vikingos, aquí, los grandes caballeros ingleses) donde un adolescente busca convertirse en un héroe y satisfacer así su sed de aventuras. Solo que donde ahí había elegancia y solidez visual y narrativa aquí hay aventura familiar y comedia cuasiinfantil. Parecido catálogo referencial, distinto enfoque. De nuevo partimos de un sistema clásico de "viaje del héroe" -se ciñe fielmente al esquema-, esta vez en forma de remake no reconocido de Star Wars, pero en esta ocasión prima mucho más la comedia. Una comedia alejada de la intemporalidad de Pixar, más apegada al gag inmediato (y caduco) de la gracieta anacrónica, referencial y facilona (en su versión española aquí caben hasta chistecillos cañí) y también más tendente al tópico, al lugar común y al dibujo altamente estereotipado de los personajes, en algunos casos idiotamente ofensivo: la pija, el cachas memo, el sarasa con pluma.

Justin y la espada del valor

Ello resta muchísimo brillo a un producto que, por lo demás, no está nada mal. Entorno a los ítems más o menos universales (tipificados) de nobleza, heroísmo, valor, romanticismo y maduración, Justin y la espada del valor se convierte en una epopeya para todos los públicos entretenida y simpática que, obviamente, funciona mejor en sus pasajes de acción, aventuras y ligerísimo drama que en los de comedia, estrepitosa, atropellada y recalentada. En esos momentos felices la película despacha un buen ritmo, una notable fluidez narrativa e incluso es capaz de construir estupendas secuencias altamente cinéticas, caso de la del cocodrilo volador, o el vertiginoso clímax final. Secuencias que además están ejecutadas con gracia en paisajes luminosos y estéticamente cuidados, poblados por personajes de un diseño bastante estandarizado pero definitivamente eficaz. Lejos (o desinteresados en) el cuasi-fotorrealismo que ha alcanzado Pixar (¿no? ved The Blue Umbrella) o la lírica visual de Brave, y apostando más bien por esa especie de colección de muñecos de goma que suelen protagonizar este tipo de producciones.

Justin y la espada del valor

Y sí, queda para la duda el resultado que se habría obtenido de poder desarrollar un guión más fresco, más original, más riguroso y menos enfocado a atraer a las plateas el máximo número de críos. Y también queda en un terreno incierto esa especie de mensaje reaccionario, intencionado o no, entorno a la necesidad de héroes ligada a la militarización del estado frente a la, aparentemente ineficaz, hiperlegislación. No obstante, esas son cuestiones que pueden venir más a cuento o menos y que no tienen por qué empañar las virtudes de una película destinada a colocar a un puñado de gente talentosa (los componentes de Kandor Graphics) en un mapa mayor que el que ahora ocupan. Y destinada también -esa es al final casi su única voluntad- a distraer durante un rato a los chavales de manera más digna de lo que lograba Tadeo Jones. Aprovechen ellos mientras puedan, que esto se cae.

6/10

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