Crítica de Prince Avalanche

Es signo de libertad creativa el camino que emprenden esos cineastas que, tentados por las mieles de lo comercial, en cierto momento retornan a la independencia creativa, al entorno indie en el que dieron sus primeros pasos. Se desligan de los designios del mainstream y vuelven a hacer lo que -aparentemente- les da un poco la gana. A veces la estrategia funciona y otras, porque el peso de los años no pasa en balde, resulta en un naufragio artístico, en un intento fracasado de salvar los muebles de cara a la galería crítica o, peor, en un ejercicio de onanismo mental desgastado y desprovisto ya de cualquier posible chispa pretérita. Afortunadamente, ninguno de estos es el caso de David Gordon Green, probablemente porque, a pesar de haber venido de despachar un producto de calidad cuestionable como fue Caballeros, princesas y otras bestias y otro solamente mediano, El canguro, el hombre gozaba de un estatus de autor de culto en el panorama de la comedia comercial. Principalmente por un único título: el clasicazo Superfumados.

Pero ya digo que antes de todo aquello, el director se había labrado, a puro surco de azada, un nombre sólido asociado con la independencia fílmica desde que en el año 2000 debutara en el largo con la bien ponderada George Washington. Después vinieron cosas como All the Real Girls o Undertow, a lo que siguió el mentado paso sonadísimo por la NCA (or Nueva Comedia Americana) y ahora parece haber vuelto a sus orígenes con esta preciosa Prince Avalanche que anticipa babeos por lo que la seguirá: una Joe de la que ya sólo se hablan cosas buenas. Y que significa una mirada fresca, profunda y sincera hacia la amistad masculina (el eterno tema Apatow) y hacia la maduración (ídem) a partir de un remake como excusa, el de la islandesa Á annan veg, Either Way para el mercado internacional. Y debo reconocer que desconozco el original, pero en cualquier caso David Gordon Green hace suya la historia -y el Oso de Plata que le reportó la película en Berlín- para inscribirla en esa corriente de cine indie americano de películas que parecen procesadas en un aserradero de Nebraska para ser convertidas en algo bonito, como un reloj de cuco. O mejor, en un simple leño que se convertirá en inseparable compañero de una mujer estrambótica con enormes gafas vintage.


Es esa la textura y el color de una película, literal road movie, que parece tallada con paciencia y cuidado en madera de roble y perfumada de aliento hispter (del de los hipsters con gorro de lana que beben mate). Una historia más o menos convencional en sus recursos argumentales pero empapada de una tremenda melancolía, contada desde la serenidad. Una aventura minimalista y profunda, contemplativa o muy dialogada según el momento y las necesidades de un guión que no se mueve solamente en detrimento de un sistema de acciones y reacciones sino también, y muy especialmente, de manera emotiva y sensorial. Porque da un poco igual qué les ocurra exactamente a estos dos tipos, Paul Rudd y Emile Hirsch -estupendos en su basculación entre lo cómico y lo trágico-, pareja de cuñados pintando la linea de una carretera del Bastrop State Park de Texas, desolado por incendios. No, importa mucho más la mirada que entorno a ellos dirige un director que parece más cerca que nunca del Gus Van Sant de Gerry y Last Days en lo narrativo y de Wes Anderson en lo estético. Pero que tampoco parece rechazar a Bresson o al Wim Wenders de En el curso del tiempo.

Así, la historia da un vistazo a aquella América de las zonas rurales, pintoresca y a su manera folklórika pero, quizá por eso, más real. Y planea sobre temas y motivos reconocibles entorno a la amistad y la camaradería, la fraternidad y los lazos familiares, la soledad y la relación del hombre con la naturaleza a través de la observación cuidadosa de los elementos. Todo ello mediante una realización mesurada, elegante, detallista y oxigenada para dejar que los personajes se desarrollen con suavidad y humanidad entre diálogos precisos y ricos. Navegando en un humor absurdo, en la línea de anteriores trabajos del realizador, pero deliberadamente amortiguado por una pátina de patetismo, esto es, de realismo, hasta desembocar en una catarsis silenciosa, apagada y nostálgica embellecida por la estupenda música de Explosions in the Sky.


Probablemente no soporte análisis cínicos, miradas agriadas, juicios desencantados o valoraciones hastiadas de tanto producto postmoderno. Pero Prince Avalanche, infinitamente sensible, inopinablemente entrañable, encierra la suficiente magia forestal como para embrujar a quien quiera perderse entre sus infinitos bosques de color tostado y empaparse de su lírica silvestre cien por cien norteamericana.

7'5/10

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