Crítica de Vulgaria

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Hiperactivos, despendolados, a veces me da la sensación de que algunos de esos directores orientales con capacidad de trabajo histriónica que de uvas a peras importamos a nuestros festivales, como este Pang Ho-Cheung que nos ocupa (hongkonés, imprevisible autor de Dream Home y AV, pero también de Isabella), necesitan vomitar horas y horas de pura creación salvaje para sentirse humanamente realizados. Que no pueden evitar celebrar su propio movimiento perpetuo so amenaza de terminar dejando que su cerebro quede convertido en un fruto seco correoso. De esa tendencia salen cosas como esto, una comedia burbujeante con ingentes dosis de todo lo que hace gracia a nuestros yóes más cerriles: gorrinadas, tontunas, gracietas varias... en una ración volátil de cine surrealista, idiótico, escatológico y apuntillado de chistes de titolas y chirlas.

La historia, planteada casi como un relato episódico, parte de una ponencia dada por un productor de cine (el habitual Chapman To) a un grupo de universitarios para desplegar el diario de rodaje de una película ficticia de categoría III, algo así como el equivalente en Hong Kong a nuestra X. A partir de ahí, se nos cuentan los avatares de producción, desde el pacto mefistofélico (y mefistofálico) con un gangster chino hasta los problemas para devolver a la luz pública (púbica) (ya paro) a una actriz de los años 70 que deberá protagonizar esta nueva versión de un éxito del cine patrio de los setenta. Puede imaginarse el público en general y empezar a apuntarse ipso facto los fans de En la sopa o Torremolinos 73.

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Vamos, que Vulgaria empieza con un chiste -el de su título-, prosigue con una advertencia coñera -en resumen, "aún están a punto de salir de la sala, asquerosos burgueses moralmente acomodaticios"- y luego se pone a lanzar a diestro y siniestro reflexiones más o menos cargadas de verdad, más o menos movidas por un sentimiento de descoloque y transgresión durante hora y media juguetona, metatodo, anti-loquesetercie, rabiosamente postmoderna (que no necesariamente moderna). Donde caben momentos de genuino descojone y otros de media sonrisa condescendiente, sexo, bestialismo y chistes políticamente incorrectos sobre mamadas y demás. Pero que también da pie a una bonita historia sobre la determinación del cineasta vocacional. Porque a parte de todo, esto es un alegato del cine de guerrilla, alternativo, combativo. Ese que no tiene salida hoy día en los grandes circuitos comerciales y que, en el fondo, ya está muy bien siendo como es y viéndose a si mismo como un contenedor para metáforas sobre el cojín de pelo púbico.

Así que hay bastante parte de bizarrismo en forma de comedia excéntrica que conecta con el penúltimo Kitano; y también de filosofía del desconcierto generalizado emparentada con algunos cachos de lo que nos ofrecía Tsai Ming Liang allá por El sabor de la sandía. Pero escapa de la posible rémora de la intrascendencia y la estulticie hueca ofreciendo también momentos de comedia seria, casi norteamericana, cercana a Woody Allen, para hablar de las crisis existenciales de la mediana edad, de los rifirrafes con la vida de un tipo que intenta sobrevivir a su divorcio con dignidad. Y no sólo mira al neoyorkino: Ho-Cheung también parece querer apelar hasta a Resacón en Las Vegas gracias a una paralipsis (una omisión narrativa) que de tan descabellada termina convirtiéndose en el centro cómico del relato.

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En fin, mucho petardeo hay aquí, sí, pero también ligeras dosis de costumbrismo -a veces, demasiado: hay un puñado de bromas relacionadas con el mercado cinematográfico hongkonés que se nos escapan- y un aire de nostalgia, de amor por lo añejo y lo tradicional, de recuerdo por aquellas épocas en las que el cine perseguía el polvete y luego tenía que pelearse con la censura. Todo ello en una película espontánea, medio improvisada, rodada a salto de mata en mach-3 con el guión aún por terminar, fresca en todas las acepciones del término. Gilipóllica y absurda. O entrañable y más lista que el hambre. Compro.

7/10

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