Crítica de 100 Bloody Acres

100 Bloody Acres
Con los zombis y los vampiros ya colapsados hasta la saciedad, y la ciencia-ficción espacial pidiendo paso a gritos, toca dar la bienvenida (otra vez) a una nueva moda explotadora: las comedias de terror. Entendiendo (por lo visto nadie ha visto Expediente Warren) que el terror ya no da más de sí, la moda ahora vuelve a ser reírse de él, ya sea velada (Tú eres el siguiente) o abiertamente. Hoy en día proliferan las parodias del género, y como suele pasar, la broma empieza a hacerse pesada. Máxime cuando traspasa fronteras, pues a día de hoy ya todas las industrias cinematográficas habidas y por haber cuentan con innumerables muestras de dicho subgénero. La penúltima muestra nos llega desde Australia, bajo el nombre de 100 Bloody Acres. Los hermanos Cameron y Colin Cairnes escriben y dirigen su debut en largometrajes, haciendo de él un slasher humorístico sobre tres jóvenes de relación tumultuosa, que se ven obligados a lidiar con una pyme especializada en la creación de fertilizante… hecho a base de carne humana. Lo dicho: bien, graciosa. Pero el chicle empieza a dar la sensación de haber sido estirado en demasía.

Y es que no hay nada nuevo en la opera prima de los Cairnes. Ni argumental, ni técnica, ni emocional, ni humorísticamente. Se trata de una comedia ligera de usar y tirar, que como tal cumple a la perfección: efectivamente, 100 Bloody Acres es un entretenimiento más o menos continuo, de ritmo ágil y duración ajustada (hora y media y gracias). Con actores correctos que interpretan a personajes divertidos, moderadamente bien dibujados, perfectos para cumplir su rol como animadores del esquemático entramado por el que pululan (mención especial para los hermanos malignos). Pese a lo limitado e sus medios, no reniega de la espectacularidad, sobre todo en lo que a gore se refiere. Y puestos a ser maniáticos, los efectos sonoros que se gasta desde los primeros minutos (splat, chof) acondicionados por un buen puñado de canciones country, son deliciosos. Nada que se salga de lo esperable, nada que chirríe. Salvo quizás un par de gags especialmente salidos de madre, que constituyen, a la postre, lo más memorable del film.

100 Bloody Acres

Ahí está el problema: de haberse estrenado hace diez años, seguramente estaríamos hablando de una ocasión para la alegría. Rivalizaría sin problemas con Zombies Party, por ejemplo, y constituiría una opción fresca, revisión un punto posmoderna de un género necesitado de, justamente, aires renovados. Pero en los tiempos que corren, su mayor virtud pasa por ser una comedia de terror no norteamericana, ni inglesa. Ni francesa. Ni española. Vamos, que en resumidas cuentas, lo único que aporta de realmente novedoso a esto del séptimo arte es provenir de Australia, de donde por otra parte seguro que ya ha salido un buen puñado de propuestas similares. Y es que hoy en día estamos bien curtidos en materia, ya hemos visto toda clase de revisión del terror en forma de toda clase de humores y exabruptos gore. Y al final, la cantinela es la de siempre: 100 Bloody Acred parte de una idea original (el fertilizante humano) que da para un par de bromas que podrían construir un cortometraje delirante. Sin embargo, se convierte en largo, y en su proceso de transformación se va encarrilando rápidamente por los raíles de siempre, sumamente estudiados para contener el ánimo y no permitir ninguna meada fuera de tiesto. Hay gore, pero no tanto; hay humor de brochazo, pero se compensa con desarrollos vulgares de personajes; y hay un atisbo de romper las barreras de lo políticamente correcto, pero todo queda en un mero espejismo.

Así que bien, sí, divertimento para despistarse durante un rato. Pero no se confundan, que esto, en verdad, es un producto de usar y tirar.
6/10
Por Carlos Giacomelli

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