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Crítica de Caníbal

Llévatelo
Cuando asegura el realizador Manuel Martín Cuenca que quería rodar una película con "la materia del Mal" se refería justo a eso. No a la cara, ni al cuerpo del Mal. Sino a la materia. El tuétano, la esencia, el espíritu que lo puede empapar todo. Por eso no era necesario dibujarle facciones monstruosas a ese Maligno ni recurrir a una representación de lo grotesco, lo escatológico o lo pagano, porque en Caníbal es una entelequia representada por todo lo contrario. Por el orden, la finura, la serenidad y los modales de un señor exquisito de Granada que desempeña su noble oficio en un taller de sastre delicioso y distinguido y sigue una vida rigurosa, discreta y controlada regida por sistemas de rutinas cotidianas. Tales como: levantarse cuando Dios manda, trabajar como una persona de provecho, servir a los clientes con educación y puntualidad, asesinar a una joven, almacenar su carne cuidadosamente en el congelador, dedicarse una comida y una cena a su propia serenidad, dormir sin temor a tener pesadillas. El Mal, ese del que habla Martín Cuenca y que, parafraseando a otro, ha conseguido engañarnos a todos y hacernos creer que quizá no exista.

Pero existe y se extiende en la rutina... por lo menos hasta allá donde entra el amor. Algo cambia definitivamente en la vida de Carlos (Antonio de la Torre) cuando conoce a su nueva vecina, una rumana voluptuosa, pero especialmente cuando tras ella aparece su reverso. La hermana morena, segunda versión de la rubia (ambas interpretadas por Olimpia Melinte) que parece suplantarla pero al mismo tiempo representar lo opuesto a ella. Se produce un juego de doppelgängers, una especie de "jugada Vértigo", que se saldará más adelante, en una conversación trascendente que no revelaremos aquí. Baste decir que nuestro antropófago experimenta con la llegada de Alexandra/Nina su mayor cambio que comporta el más profundo de sus desafíos. Hasta entonces, Carlos acechaba y atacaba en un persistente arranque de misoginia parecido al de aquel carnicero chabroliano. Una furia contenida que, sin embargo, desembocaba en deseo feroz ante los cuerpos desnudos de sus víctimas inconscientes. Un deseo cortado en seco por el machetazo de turno y el despiece del fiambre. Y por la posterior comilona, siempre en una mesa perfectamente colocada y con un orden mecánico -finura en el corte con el cuchillo, discreción en el muerdo, suavidad en la mandíbula- acorde con el modus operandi del caníbal exquisito.

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Martín Cuenca, que ya nos maravilló con su contención expansiva en La mitad de Óscar, vuelve a disfrazar de ejercicio de estilo un juego de fondo radical y puro. El del dibujo de un personaje potente que, sin embargo, se mueve entre silencios y se comunica con poco más que miradas. La película es tan enigmática, inquietante y perturbadora como su protagonista y como lo es la idea de que un ciudadano normal, abnegado y creyente pueda ser portador de la degeneración, a pesar de todo, más atávica: el comerse a sus congéneres. Una perversión no sé muy bien si producto de una sociedad que dificulta cada día más la comunicación emocional (al fin y al cabo él, heterosexual, sólo come mujeres) y debe volver a las conductas primitivas o bien como reflejo de las neurosis colectivas motivadas por la apariencia y el peso de la religión y la tradición simbolizadas, aquí, por el mantón de la virgen que el sastre Carlos debe replicar. Pero en cualquier caso, en todo el temple narrativo en el que se sustenta el entramado argumental de la película subyace una violencia bestial basada en el choque. Y en la búsqueda de una redención casi imposible: los paisajes nevados que rodean la cabaña donde Carlos trocea a sus víctimas pretenden purificar la atrocidad de dichos actos.

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De modo que las formas de Martín Cuenca van acorde con el mensaje. La concisión de sus encuadres, bellamente fotografiados, y lo cuidado de su planificación refuerzan las ideas de detallismo y sutileza, evitan en todo momento el paroxismo y se mantienen paralelas a ese plano de negritud en el guión que cierto Azcona -el más ácidamente dramático- habría suscrito cómodamente. Con semejante precisión, el director maneja la elipsis y la dosificación de información y busca con ello el impacto emocional que, en una de las escenas finales -la conversación en la cabaña- resulta francamente efectivo, tremendamente sincero, trascendentalmente real. Por significación y por redimensionado del personaje. Por diálogo, por realización y por la interpretación de un Antonio de la Torre que de tan sublime termina haciéndonos creer que no está haciendo nada cuando en realidad lo hace todo: lograr que no nos demos cuenta que lo suyo es un personaje. O que nos creamos que sólo es una persona cuando en realidad es el Mal. Y también una persona.

Cine español que arriesga y triunfa. Y, en este caso, además, dado el aplastante carácter autoral y la claridad de ideas de su responsable, también arrasa.

8/10


Y en el Blu-Ray...
Espectacular la edición en alta definición que nos regala Cameo de esta película, tan cuidada a nivel formal por sus responsables. La imagen que nos proponen los 50Gb del Blu-Ray goza de una definición envidiable, secundada divinamente por colores vivos y naturales. Pese a los claroscuros por los que pasa el film a nivel puramente visual, en ningún momento se pierde un ápice de detalle, ni se aprecia demasiado grano... en definitiva, la experiencia cinematográfica es total. También, en gran parte, gracias al apartado sonoro, con un DTS-HD Master 5.1 que respeta a la perfección las no pocas informaciones sonoras que va brindando el film a lo largo de todo el metraje.
Quizá lo único reprochable de la edición sea su escasez de material adicional, limitado a un par de teasers y trailers (tres en total), un escuetísimo Making of (poco más de diez minutos) y lo mejor de todo: tres escenas eliminadas.
Con todo, imprescindible, tanto la película, como la edición en sí.

2 comentarios :

Elastigirl dijo...

Gran critica Bluts! muchas ganas de verla aunque me temo que aqui muy probablemente no la den en cines, pero bueno, paciencia... Bien por el cine español! los recortes del gobierno no consiguen acabar con la calidad y la creatividad de nuestro cine... :p

Xavi Roldan dijo...

Con la calidad y la creatividad no, pero con la producción... ufff... ya veremos cuando se empiecen a notar los recortes de verdad, que mucho me temo que todo esto es lo que aún queda de contratos previos a los cambios.
Thanx por el coment, Lastie :D Cuando vienes por aquí todo esto mola más.
Petons!!

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