Crítica de Capitán Phillips (Captain Phillips)

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Posee Paul Greengrass una rarísima cualidad como director de películas de acción, una característica que se puede destilar de todos sus títulos. Más allá de los niveles de adrenalina que pueda bombear, de la efectividad de sus puestas en escena y del pulso con que maneja el ritmo, al final, todas las propuestas del británico hablan de personas humanas. Personas que sienten, que discurren, toman decisiones arriesgadas y emiten juicios morales. O, por lo menos, personas que sienten en sus carnes las hostias a las que son sometidas y que en la vulnerabilidad de sus cuerpos hasta ahora invulnerables (el action hero canónico nunca ha cabido en el cine greengrassiano) sentimos las fallas de nuestra propia debilidad. Por eso todos debíamos respirar tranquilos cuando saltó la noticia. El responsable de Bloody Sunday se ponía tras la cámara para adaptar de nuevo unos hechos reales, estos muy cercanos en el tiempo. Nadie iba a creer que Capitán Phillips fuera carne de actioner de poca monta, o de drama televisivo. Porque Greengrass podía prometer impecabilidad profesional pero también infinita sensibilidad humana.

Así ha sido. Las expectativas se han cumplido, la sorpresa es menor, pero el logro sigue rayando la excelencia. Esto se percibe como un fiel y rigurosísimo documento de los sucesos ocurridos en 2009 en aguas cercanas al Cono Sur africano, cuando un mercante fue retenido por un grupo reducido de piratas somalíes armados hasta los dientes y su capitán, el Rich Phillips del título, se vio obligado a dar y plantar cara a los secuestradores. Una narración de los hechos que si no es cien por cien fiel a ellos -nunca se sabrá con exactitud- por lo menos sí se adscribe a los códigos de la más rabiosa plausibilidad -que no vulgaridad-, a ese cine seco, rasposo y contundente que rehuye de pirotecnia dramática porque sabe que no tiene más que presentar unos hechos ya de por sí poderosísimos. Y al mismo tiempo, la propuesta deviene en un tenso thriller de suspense que no da respiro al espectador mediante una comprensión puramente cinética, más que explicativa, del relato; algo que ya ocurría en la segunda y tercera entrega de la saga Bourne y, especialmente, en la crispadísima y magistral United 93.

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Y es que Capitán Phillips es una película indudablemente propia de su director, de entrada en la fidelidad a sus constantes estilísticas. De nuevo apuesta por un potentísimo entramado formal condicionado por las cámaras al hombro, la fotografía afilada y rugosa, la adscripción a la estética del documental, los abundantes reencuadres al límite y, en fin, ese regimiento de planos nunca estáticos pero siempre precisos, vivos y nerviosos, aun indudablemente sofisticados. Pero también se da una identificación con la cosmogonía del autor en lo temático, y es que esta comparte con la cinta del siniestrado vuelo de Nueva York una gestión de la tensión en situaciones de secuestro creciente, en progresión geométrica. Y con Green Zone una preocupación por la realidad social más delicada que se da en contextos de conflicto armado, en este caso las zonas más empobrecidas de África, en las que los pescadores necesitan sobrevivir haciendo otro tipo de trabajos.

Ahí reside la grandeza de las propuestas del director. Que sin dar su brazo a torcer en materia de espectáculo y en construcción del relato puramente de género (esto es un suspense con todas las de la ley) también ofrece explicaciones cuidadas de todo lo que está ocurriendo en pantalla y los motivos que lo han provocado, tanto a un nivel minimalista (motivaciones de los personajes) como maximalista (contexto social). En este caso, huyendo de la peligrosa tendencia a demonizar a los secuestradores (que repiten una y otra vez que no son de Al Qaeda), Greengrass ofrece una sencilla pero contundente pincelada que pone en crisis tanto la connivencia del mundo occidental hacia el intervencionismo en zonas deprimidas como, especialmente, nuestro desconocimiento de las necesidades y motivos profundos. "No hay salidas distintas a lo que hacemos nosotros, esto no es América", dice uno de los terroristas.

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La película funciona como un relato bipartito articulado entorno a unos hechos concretos (secuestro/huída), pero a partir de una minuciosa relación entre un protagonista, dotado de responsabilidades y honor, pero al que se va deshumanizando, y un antagonista que poco a poco va cobrando algunos matices. Ahí está, insisto, el auténtico interés de la película, por encima de la pura visceralidad de unas imágenes cada vez más tensas. En la puesta en paralelo final de ambos personajes, cuando la narración toca a su fin. En la expresión fugaz de uno y las consecuencias sobre el cuerpo del otro, muescas que ha ido dejando un largo calvario que termina en catarsis emocional de altísimo voltaje paradójicamente situado en la escena más pausada que podemos ver en dos horas. Y sí, aunque Greengrass no pueda escapar de algunas convenciones de guión y algún bajón de ritmo o reiteración provocados por la duración un tanto excesiva de la cinta, que lo que uno recuerde más al salir del cine sea esa última escena de un Tom Hanks en plena forma interpretativa vuelve a confirmarnos lo que ya sabíamos. Que Greengrass es uno de los más capacitados directores para captar la emoción del movimiento frenético porque, en el fondo lo que está captando es algo más imperceptible e indeterminado: la emoción a secas.

7'5/10



Y en el Blu-Ray...
Capitán Phillips (Captain Phillips)
Lo fundamental en una película de Paul Greengrass es que esta se pueda ver, y oír, en perfectas condiciones. Esto es, tal y como el director de (parte de) la saga Bourne la concibió. Su estilo adrenalínico, frenético y atronador está siempre un peldaño por debajo de una puesta en escena mucho más estudiada de lo que a priori podría parecer, y sin ir más lejos, Capitán Phillips podría ser el ejemplo más determinante de su cine. Por eso se agradece que la edición en Blu-Ray de la película cumpla a la perfección, con una calidad de imagen excelsa tanto en detalle como en contraste de colores. Cuesta encontrar defectos propios del trasvaso de formatos, y cuando se da con ellos queda patente que siguen cumpliendo las órdenes de un director de lo más puntilloso (el grano y el ruido ya estaban presentes en la gran pantalla). Nada que decir del continuo pasaje de escenas luminosas y coloreadas a otras oscuras y opresivas: todas mantienen un empaque constante, y apenas si se aprecia el habitual bajón visual cuando los negros inundan la pantalla (mientras que cuando toca salir al exterior, los colores brillan naturales y vivos).

Tres cuartos de lo mismo para el sonido, atronador en su recreación atmosférica, sin que por ello se pierda la nitidez de sus diálogos. Por supuesto, la versión original, presentada en un obligado master DTS-HD 5.1 se lleva la palma, si bien cabe partir una lanza en favor de un doblaje al castellano prácticamente idéntico.

Tal vez lo que vaya más a remolque sean los extras, limitados a los audiocomentarios del director (altamente recomendados) y a un documental de unos 50 minutos dividido en capítulos, que explica todo el proceso de creación del film. Parece poco, pero sacia que da gusto: el cineasta es una auténtica bomba de relojería, un director total cuyos trabajos, cuidados hasta en el más mínimo detalle, van labrando una firma inconfundible y personalísima. Se agradece, por tanto, un Cómo se hizo tan completo para una edición sencilla pero absolutamente imprescindible.


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