Crítica de Dark Touch

Marina de Van es algo así como la gran esperanza para el cine de terror femenino. Si es que existe la necesidad de esa figura. Su obsesión es la psicología de la mujer, con la que se cita en cada una de sus cintas (al menos las que nos han llegado, Sitges mediante) para darle, después, la forma de una peli de terror más o menos al uso. Por supuesto, sus protagonistas son siempre del sexo femenino, y de hecho, lo normal es que los hombres apenas sirvan como comparsas, floreros, o figuras no-del-todo-precisas que en todo caso puedan ser metáfora del mal. O así. Vamos, que la idea no deja de ser interesante: cine de género por y para mujeres principalmente. Una lástima que de la teoría a la práctica se pierda todo lo bueno, y de tan estimulante punto de partida acabe saliendo una filmografía endeble y con clara (y alarmante) tendencia a la baja. De sus tres largometrajes, el mejor sin duda sigue siendo Dans ma peau, sobre un accidente que dejaba a su afectada desfigurada. Bajaba revoluciones Ne te retourne pas, cuyo mayor logro residía en su enfermiza premisa sobre el desdoblamiento de personalidad, que llevaba a la presencia de un personaje formado con medio cuerpo de Sophie Marceau y la otra mitad de Monica Bellucci. Y a falta de ver Le petit poucet (que podría ser la excepción de la regla), Dark Touch flirtea, directamente, con el fracaso.

En este caso, centra el interés una niña maldita a lo Carrie (cuya influencia es tan obvia que asusta), que lía la de Dios en su casa con sus poderes telequinéticos: se carga a toda su familia lanzando armarios y cuchillos y tijeras contra todos sus miembros, y ya huérfana, es acogida por una pareja vecina y amiga de toda la vida. La niña, por supuesto, es de aquellas calladas, pálidas, con el pelo negro y mirada de yo no he sido pero por si las moscas no me toques la moral. Y como también era de esperar, tampoco está claro si es verdad que ella tiene poderes, si los puede controlar, si todo es producto de su imaginación… esas posibilidades enarbolan un juego inicial en el que por unos instantes se hace dudar al espectador, y es donde reside el único punto relativamente interesante de este mediocrísimo thriller de corte sobrenatural cuya esforzada puesta en escena no basta para ocultar inabarcables carencias a la hora de justificar su mera existencia. Porque lo más terrorífico de Dark Touch es que nada, absolutamente nada en ella sorprende, ni aporta algo que no se haya visto ya en todas, todas las películas similares.


Ya no hace falta citar a Coppola; con hacer un poco de memoria y pensar en cualquier película con niño maldito, o con trauma personal a superar (no sin terror de por medio), el espectador tiene elementos más que de sobra para crearse su propia Dark Touch. Porque así funciona la propuesta de Marina de Van, a pegotes y collages, fotocopias y parches de elementos ya conocidos no sólo argumental, sino técnica y visualmente. No cabe la menor duda de que la directora sabe ponerse detrás de una cámara, y la vertiente más esteta de su personalidad se traduce aquí en la recreación de un marco oscuro y agobiante, marcado por un tono de colores más apagado que de costumbre, por el que la cámara navega entre ampulosos movimientos y primerísimos planos. Pero esa, como única salida a la originalidad (no lo es, ni mucho menos; quizá fuera correcto cambiar ese término por personalidad), se antoja claramente insuficiente. Lo decíamos antes: seguimos buscando motivos que justifiquen la existencia de esta película.

Y nos quedamos sin respuesta. Por muy moderadamente bien hecha que esté, De Van no consigue hacer valer más el visionado de su última propuesta que el de cualquier otro ni por argumento, ni por intensidad emocional, ni por desarrollo de personajes, ni por entretenimiento... Nada, no hay nada en Dark Touch que se salga de la mediocridad más absoluta y es una pena: desaprovecha a una actriz, Missy Keating, que apunta maneras. Pero es tan, tan cumplidora de los esquemas consabidos, recorre tan descaradamente el trecho visto una y mil veces, que de no ser por quien la dirige podría afirmarse tranquilamente que estamos ante uno de esos muchos exploits que se crean única y exclusivamente para rellenar la hora y media de rigor de la sobremesa de los domingos. De hecho, seguro que alguno de ellos es incluso más original...
4/10

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