Crítica de El camino de vuelta (The Way Way Back)

el camino de vuelta
Parte del éxito creativo de Los descendientes estaba fundamentado, además de en la obvia fuerza narrativa y la profunda sensibilidad de Alexander Payne en su sutilísimo guión, obra de Nat Faxon y Jim Rash, que adaptaban a Kaui Hart Hemmings y se ganaban un Oscar por el camino. Por eso la llegada de El camino de vuelta, el debut a la dirección de la pareja, debía ser un momento esperado: poco importaba que la película fuera una nueva, enésima historia de maduración en clave indie, acontecida a lo largo de un verano; poco importaba que de entrada los planteamientos no fueran especialmente originales. Esos dos tipos nos habían dejado expectantes y esta es su prueba de fuego. Una prueba que superan con comodidad, además, y un poco a la manera de la citada película de Payne, rellenando los huecos de lo convencional con muchísima mano y delicadeza, con sabiduría expositiva y elegancia formal. El camino de vuelta no nos deberá cambiar la vida, pero nos ayudará a verla de otra manera. O, por lo menos, nos la alegrará durante un buen rato.

Porque a pesar de que esto habla del hijo postadolescente de una familia disfuncional y está enfocado desde un punto de vista tragicómico, la opción de sus responsables anda más cerca de la comedia que del pesimismo trágico. Sí, el contexto es profundo y grave e invita a profundizar en temas espesos, pero la propuesta en casi todo momento rehuye de un melodramatismo más histérico para que cuando el drama auténtico se cuele por las esclusas de la comedia cobre más relevancia y profundidad. Duncan, nuestro protagonista, se encuentra en ese momento de desnorte emocional complicado. Su madre parece estar echando la vida por la borda y su padrastro es, básicamente, un gilipollas. Pero aun así esto habla sobre el primer amor y sobre la amistad, sobre los lazos grupales y sobre las épocas dulces de la vida. Sobre el descubrimiento de las cosas buenas en las épocas malas. Duncan está dando el paso hacia un lugar mejor y por el camino se está llevando experiencias impagables.

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¿Feelgood movie? Bueno, no especialmente. O no en tanto que en El camino de vuelta prima la sinceridad y la honestidad por encima del puro buen rollo forzado. No, digamos que es más bien una historia soleada que invita al optimismo (o más bien a buscar el optimismo) pero que destila una cierta verdad, probablemente condicionada por el carácter de relato semi-autobiográfico en el que el propio Rash volcó parte de su propia experiencia juvenil. Y que se transluce aquí en forma de exaltación de la postadolescencia (la fe en los adultos está más jodida) con grandes dosis de nostalgia. Resuenan ecos de Algún día este dolor te será útil, de Verano del 42 o de Adventureland más que de Pequeña Miss Sunshine, referencia de entrada más obvia por el carácter Sundance-friendly de la propuesta y por la conexión Collette/Carell. Y habla de aquella idea de conocerse a uno mismo para conocer el mundo, aunque al final no tengo muy claro si en realidad terminamos alcanzando cualquiera de las dos cosas. Como sea, El camino de vuelta se alinea con recientes compañeras de promoción más o menos destacables como Las ventajas de ser un marginado o Submarine, que representan lo que queda aún hoy de todo lo que dijo Salinger en 1951.

Probablemente eso sea parte del problema de la película, que también lo tiene. Es muy bonita, es entrañable y cercana, pero también es, en su pura concepción, no especialmente novedosa. Y si bien anda muy lejos de la mediocridad, sí es cierto que se mueve entre la familiaridad, la convención, la nostalgia y los destellos de originalidad, y es sólo en estos dos últimos terrenos donde alcanza cotas realmente notables. En el resto y puesto que su realización, a pesar de sensible y eficaz, es bastante funcional, la película se mueve a un ritmo agradable pero conocido, un tanto mecánico. La evolución de los personajes no deja de ser la esperable y de la manera obvia (la metáfora del tobogán de tubo como rito de paso a la edad adulta es bienintencionada pero previsible) y los diálogos, bien escritos, punzantes y cargados de subtexto, no dejan de adaptarse fielmente a un modelo.

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A pesar de todo, estamos hablando de una comedia notable y de una reflexión con estimable poder empático de cómo se recuerda un verano a la manera goonie. De una historia con posibles capas de lectura superpuestas en la que sus responsables guardan cariño por los personajes, pero tampoco renuncian a dejarles translucir una jodienda interna, un puñado de desórdenes psicológicos o emotivos bajo la corteza. Y de un viaje al corazón de la adolescencia capitaneado por personajes de carne y hueso y secundarios divertidos que ofrecen dosis de agradable humor absurdo, interpretados por un elenco de excelentes actores con la vis cómica engrasada. Sí, el buenrollismo hoy está mal visto, pero tranquilos, que debajo de El camino de vuelta hay algo más, algo que te busca desprevenido y te asalta entonces para quedarse contigo un buen rato.
Bonita.

7/10

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