Crítica de Gente en sitios

gente en sitios
Seguimos a vueltas con el cine español, sus nuevas corrientes, sus manifestaciones autorales contemporáneas y sus métodos de subsistencia creativa límite. Y si esas nuevas, novísimas, generaciones de directores luchan por hacerse un hueco único, hasta ahora inédito en los modos de expresión fílmica en nuestro país, no son menos interesantes estos otros tipos que operan a los márgenes de, bueno, de todo. Juan Cavestany a pesar de sus primeros pasos en el largometraje mainstream podría ser uno de los puntales de una nueva cinematografía semiunderground que se mueve en los límites de los géneros desde un prisma de posthumor pero sin miedo -o incluso apostando- por los núcleos melodramáticos en estructuras de género. Tanto él como Carlos Vermut o Carlo Padial apuestan por un entendimiento radical y low cost del cine que pasa indefectiblemente por el extrañamiento y la nausea, por la autoconsciencia distanciada y la ironía más hiriente, pero al mismo tiempo hierática. Con Gente en sitios se sigue apostando por todo ello y se ensancha un corpus fílmico insospechadamente homogéneo del que también forman parte otras perlas alucinantes como Diamond Flash, Mi loco erasmus, Dispongo de barcos (con El señor y Ramona, anterior producto conocido de Cavestany), equipos creativos como los Vengamonjas, iniciativas como #littlesecretfilm o las labores difusivas del colectivo PLAT. Gustará o no gustará todo este rollo, pero nadie les va a quitar valentía, cachondeo, mala hostia, lucidez y, por supuesto, originalidad a porrillo.

Y eso que pese a todo Gente en sitios podría entenderse como uno de las apuestas recientes de Cavestany más accesibles al gran público. Decididamente menos hermética que Dispongo de barcos esto va de, efectivamente, gente en sitios. Gente que hace, un poco, las cosas que hace la gente (tú y yo) de esa manera tan absurda, por esos motivos tan idiotas y con esas implicaciones internas tan oscuras. Esto es una antología de la idiotez en forma de acumulación de momentos, viñetas, retales cortos de un sinfín de personajes en plena cotidianidad que en un momento determinado optan por hacer algo estúpidamente mundano o por revelar que en el fondo son personas necesitadas. Algo así como una apropiación del carácter de las películas episódicas italianas, como Monstruos de hoy, pero pasada por un tamiz buñueliano, o berlanguiano; según.

Un tipo que tiene la necesidad de enseñar los actos cotidianos básicos a otros tantos impedidos, otro que le promete un trabajo, sin siquiera tenerlo, a un amigo parado, una pareja de cacos que le limpian literalmente la casa a una chica y le dejan el rollo de papel higiénico ordenado de manera inquietante, una broma pesada que termina en desmoche cuántico en el maletero de un coche, un tipo que se cree un puente y otro que sabe la auténtica verdad de la vida: antes todo esto era campo. Sí, Gente en sitios puede parecer de primeras un descojone humorístico de hilaridad chanante entorno a la condición humana, a la cotidianidad y el absurdo de nuestra realidad más inmediata y palpable, de esa cosa surrealista a la que llamamos vida. Pero en realidad oculta potentes cargas vitriólicas y presenta a una enorme galería de personajes necesitados de afecto, con fobia a la soledad o afectados de un buen puñado de neurosis contemporáneas.

gente en sitios

Cavestany juega con la expectativa y la estira, la quiebra, le da la vuelta, pero casi nunca la satisface, no tanto por la búsqueda de giros imprevisibles (que no siempre los hay) como por la irrupción de lo inesperado, a menudo en experimentos con el cine de suspense o la ciencia ficción. O bien por la desnaturalización del tempo y el uso de montajes inorgánicos, condicionados por el corte brusco, el efecto sonoro irónico o la música forzada. Gente en sitios siempre se mantiene afilada porque se autorenueva, incluso más allá de su punto de quiebra a mitad de la película en la que lo que hasta ese momento empezaba como carcajadas congeladas en un rictus de incomodidad empieza a ser simplemente drama personal de serio alcance. Todo en parte gracias a un amplio reparto de intérpretes -casi todos de la órbita Cavestany- en papeles que van de los escasos segundos hasta los varios minutos y desde apariciones únicas hasta la intrusión en microhistorias ajenas. De algún extraño modo todos esos tipos podemos ser nosotros, o ser nuestros vecinos, o pueden no ser nadie en absoluto. Pero que en cualquier caso resultan de alguna manera reales, enternecedores, inquietantes, irritantes, queribles u hostiables. Más o menos como esta película libérrima que parece un Tardis: pequeña por fuera, claro; pero ábrale usted una puerta, ábrale.

8/10

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