Crítica de The Green Inferno

The Green Inferno
Eli Roth mola. Consciente de que jamás llegará a alcanzar la categoría de Gran Director por mucho que se codee con maestros en materia (y de los géneros que él mismo toca en sus películas) como Quentin Tarantino, apostó desde el principio por la honestidad. Sus películas jamás se han destacado por talentosas manos tras ellas, sino por apuntar hacia una meta muy concreta, y tratar de alcanzarla por todos los medios: el entretenimiento. Desde Cabin Fever a Hostel, pasando por producciones suyas como Aftershock o la serie Hemlock Grove, todo lo que toca el cineasta busca a un público perfectamente delineado, a quien apunta directamente con el dedo. Y con todos sus esfuerzos centrados en no decepcionarle, se pone a trabajar. Sus herramientas: el terror, el buen humor, y una buena cantidad de cubos llenos de ketchup. Jugueteando con ello, propone productos de género no demasiado vistosos, ni necesariamente bien hechos (hablando en términos académicos), ni de grandes despliegues de medios. Son más bien bromas dirigidas a quienes han consumido la misma cantidad de cine de terror que él, y que como tales buscan sorprender escondiendo sus cartas, disfrazándose de otros géneros al principio... para luego cumplir con lo prometido y salpicar al respetable de sangre y tripas. Demonios, sólo hay que ver lo que tardaba Hostel para entrar en materia. En la misma línea juega ahora The Green Inferno, producción a medias con el amiguete Nicolás López, que para definir de alguna manera y a bote pronto, podría quedar como que es un homenaje a Holocausto caníbal y similares, que además hace las veces de vehículo autoparódico, autodestructivo y desmitificador.

O vamos, quizá no. Quizá vaya en serio la cosa, pero mejor no pararse a pensar en esa posibilidad por el bien de propios y extraños. Si nos quedamos con que en su media hora inicial Roth juega a reírse de sí mismo, repitiendo esquemas (arranque en unas condiciones radicalmente distintas de lo esperable en una cinta de género) pero elevando hasta el extremo su condición de cliché tras cliché y potenciando el ridículo generalizado con una banda sonora desmedida, la broma sale divinamente: sin ir de nada, la presentación de los personajes de The Green Inferno se torna en un juguete divertido que, a lo tonto, logra definir a los protagonistas principales mejor cualquier otro ejemplo del género, entre frases basuriles y entramados de Mujeres y hombres y viceversa. Y si pensamos que todo lo que viene después es un batiburrillo de homenajes y un festival gore con la sola intención de dirigirse a ese público tan específico que Roth sabe que tiene, la jugada sale redonda. Tiene que ser así, porque una escena lo hace evidente: cuando los supervivientes de un accidente aéreo se topan con una tribú de caníbales y estos se comen al primero (al negro, toma cliché, que además es el más regordete), todo sucede entre algunas de las imágenes más aprensivas jamás vistas en pantalla. Escena a la que el público (el de Sitges, sin ir más lejos) responde con aplausos... y justo en el momento de mayor salvajismo, entre vítores de la platea, la cámara se aparta para retratar a un grupo de caníbales que esperan recibir su parte del manjar bañados en sangre y aplaudiendo y gritando.

The Green Inferno

Tomarse así The Green Inferno implica disfrutar como un bebé de una auténtica locura invendible a nivel comercial, con la agradecida sensación de encontrarse entre aquellos a quienes un director hollywoodiense nada menos, ha decidido dedicar su último trabajo. Implica no pensar demasiado en la plausibilidad de todo ello ni en el desarrollo de un guion que jamás se desmarca con algún punto especialmente original ni mínimamente bien elaborado. Implica disfrutar con las torturas y desencajar mandíbulas cuando en el primero de los grandes momentos de máxima tensión, ésta se corta con un chiste de caca pedo. Y supone también el pasar por alto una sensación a la que luego, si se vuelve a pensar en ello, es evidente: que después de la gran tortura antes comentada, la cinta se convierte en un survival que gana en entretenimiento y aventuras, pero va a mucho menos en cuanto a gore (que en realidad, es lo que le exigíamos). Espinita ocultable pero no desechable, por mucha justificación que se le quiera buscar.*

De manera que por aquí pasamos olímpicamente de tratar de expresar un juicio de opinión desde el punto de vista del Gran Cine; no intentaremos hacerle pasar a The Green Inferno un análisis basado en lo que debe, en teoría y según lo establecido, convertir a cualquier producción en una buena película. ¿Para qué? Ni lo busca ella, ni lo buscamos nosotros. A la hora de acudir al pase que nos ocupa íbamos con el babero al cuello y con ganas de ver, de una vez por todas, algo que nos revolviera los estómagos a base de sangre y tripas. Hacía tiempo que no nos ocurría. Que además todo ello suceda en un entorno muy ágil (no cabe duda de que Roth sabe mantener el pulso de sus propuestas), o que la fotografía sea una sucesión de maravillas (ya descubiertas por Herzog en su día) suma y se agradece, pero también está de más. Queríamos salvajada, y salvajada habemus.  
7/10
 Por Carlos Giacomelli
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*En la rueda de prensa, Roth habló de ello: para él la escena de mayor voltaje debía aparecer a la mitad para que el espectador se llevara consigo el recuerdo de un gran entretenimiento, más que el de un momento extremo en los últimos minutos que le hicieran olvidar los 90 anteriores.

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