Crítica de The Machine

The Machine
Robots, clones, Nexus-6, T-800… lo que antes era ciencia-ficción en estado puro, poco a poco va acercándose a la realidad, por lo que necesita ser revisado a fondo. Bien pensado, la cosa asusta: nos aproximamos a un mundo en el que superhombres idénticos a nosotros pero hechos de acero y plástico puedan combatir nuestras guerras, ayudarnos en las tareas domésticas, o incluso suplantarnos e infiltrarse entre los humanos de carne y hueso como si nada. Sobre estas cuestiones indaga Caradog W. James con su nueva película (segunda como director, primera como guionista), The Machine. Y cuidado, que según sus propias palabras, se ha metido de lleno en materia, empollando casos reales, estudios recientes, investigaciones en curso, e incluso contactando con profesionales del sector y organismos diversos. Todo para buscar el mayor realismo posible de cara a su propuesta, a priori pura ficción: en un futuro no muy lejano, el Reino Unido está en guerra (fría) con China, para lo que necesita protección. En concreto, la de un ejército cibernético en proceso de creación. Un científico se encarga de la investigación al respecto, y justo cuando parece haber dado con la perfección, empiezan las dudas: ¿qué de bueno hay en un ejército de robots inteligentes? ¿Qué de malo? ¿Sienten como un humano? ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

No, la referencia a Blade Runner no es en absoluto gratuita, y es que la propuesta de James tiene mucho en común con la de Scott. Al igual que aquella, plantea preguntas con más enjundia de lo que se podría pensar con una lectura superficial de su argumento, llegando a ser más un drama de personajes (androides y de carne y hueso) con mucho de crítica social, que un thriller sci-fi. Y busca hilvanar un discurso profundo y riguroso sobre la inteligencia artificial, que a la hora de la verdad plasma con atino logrando generar muchas dudas en el espectador. En definitiva, cine que invita al debate y a la reflexión al estilo Philip K. Dick. Bien. Y mejor aún: hecho desde la voluntad de crear un universo autóctono que envuelva por completo a quien se adentre en él. Para ello, su director y guionista tira de un argumento emocionalmente empático, desarrollado a un ritmo meloso y por un marco extraño, acogedor y amenazante a la vez, claramente afectado por una música embriagadora y una fotografía esforzada. Y es que quizá por la limitación de recursos, pero también en un afán de ocultar parte de la información meramente visual, The Machine discurre en un mundo de neblina constante, de destellos de luz que harán las delicias de los abramianos; un mundo sumido en colores grises y tonalidades apagadas.

The Machine

Entre una cosa y otra, el ambiente en general se antoja enrarecido, ganando enteros en lo que a interés se refiere, y la sensación de estar ante una propuesta distinta y arriesgada, única, se acrecienta. Lo cual le da cierta carta blanca para hacer lo que le venga en gana: en otras circunstancias, a saber cómo hubiéramos aceptado que requiera de todo un tercio de metraje para presentar la situación, los personajes principales y el laboratorio en que ocurre todo. Por no hablar de la apatía que exuda el actor principal (Toby Stephens), incapaz de transmitir la angustia de tratar de perfeccionar cerebros artificiales a diario cuando el de su hija es tan imperfecto (sin duda, el mayor borrón de la cinta). Sendos peros que condenarían a cualquier película de corte más vulgar, y que de hecho pueden hacerse muy cuesta arriba si el espectador decide no interesarse por los temas que se le proponen; entonces, puede que hasta le parezca todo de lo más ridículo. Y en su santísimo derecho estaría.

Es más, seguramente no sea perfecta; seguramente se le pueda recriminar cierta descompensación entre actos, máxime cuando de un primero totalmente descriptivo se va girando poco a poco hacia la acción. Y hasta puede que el apartado visual que hemos venido alabando hasta ahora, se considere como un mero exploit de recursos ya vistos. La gracia, por eso, está en dejarse llevar. Aceptar las reglas del juego. Así, The Machine se descubre como una propuesta de aquellas que dejan huella: recursos limitados pero sumamente bien disimulados, toque de frescura para los sentidos y cierta propensión al riesgo, mediante un guion ajeno a convencionalismos que sorprende y desasosiega a partes iguales. De aquellos casos, en definitiva, que buscan remover al público sin demasiadas pretensiones, desde la honestidad y, eso sí, las ventajas de contar con ideas francamente interesantes. Grata sorpresa, sin duda.
7/10

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