Crítica de Patrick

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Bueno, pues parece que nuestros amigos down under también se han apuntado a la moda de remakearse clásicos autóctonos del terror de los setenta y ochenta. En fin, disculpad la ignorancia, pero desconozco si es la primera vez en Australia. Lo que sí tengo más claro es que esta parece ser la vez que el invento ha hecho más ruido, por lo menos entre los aficionados al cine de terror. Especialmente al relacionado con temáticas psíquicas, en este caso, telequinéticas: nuestro comatoso protagonista, Patrick, psicópata vocacional, acaba de enamorarse de su nueva enfermera, Kathy, y está dispuesto a dar pasaporte a quien haga falta para conseguir su atención. Y ahí caben los posibles pretendientes de Kathy, un médico sádico o una enfermera superiora from hell con cara de implosión intestinal severa. Y no hace falta que nadie se pare a dudarlo: todo esto pertenece al terreno del ejercicio postmoderno y demás, un juego de homenaje y desguace chatarril con pocas pretensiones más que guiñar el ojo al cine malo siendo en si misma una mala película a partir de otra no especialmente buena: la original de Richard Franklin, no nos engañemos, no era una obra maestra. Y esta nueva es, en fin, un puro chiste. ¿Sutil, especialmente brillante, revelador en alguna de sus facetas revisionistas? Ni de largo. ¿Divertido? Un rato.

Patrick reevoca varias de las constantes más populares del cine de consumo y olvido de hace treinta años: ambientes médicos sobrenaturales a lo Brian Yuzna, villanos con one-liners febriles, violencia teatralizada, búsqueda incesante e insensata del sobresalto a toda costa, con el truco del efecto sonoro estridente como bandera. Y también agolpa en su metraje otros motivos recurrentes del género de todos los tiempos, especialmente querido por el terrorífico de la Hammer, muy presente en el ideario del director Mark Hartley: mad doctors, experimentos crueles, enfermeras desvalidas, ambientes claustrofóbicos forzados por la iluminación efectista y una estética que combina sin criterio alguno la contemporaneidad con el gótico. Una amalgama de derribo en la que, además, entra un punto de giallo, factor italiano potenciado por la banda sonora abiertamente exploitera de Pino Donaggio, y litros de lo que parece ser una mezcla de alelamiento y orgullo australiano. Todo articulado por una realización buscada, pero también inevitablemente torpe. Enfocada hacia la pura espectacularización y la evocación de aquel cine en el que primaba el impacto visual por encima de la sensatez de encuadres, composición y planificación.

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El resultado ya decimos que no puede ser más estéticamente estridente y temáticamente dudoso pero que, bajo un prisma de autocachondeo, termina funcionando. Sí, queda lejos de cualquier planteamiento de tributo serio, pero es que Hartley no parece estar interesado al respecto. Se expone a que su subproducto esté más cerca del artefacto televisivo con cierta factura que del cine más o menos legítimo. Y que, al final, su casposidad inherente la acerque especialmente a series de culto como Garth Marenghi's Darkplace. O, mejor aún, Deja la sangre correr, aquel delirante melodrama paródico de ultraviolencia médica, uno de los mayores y más hilarantes puntazos de la televisión australiana de los primeros noventa.

Así que conviene apuntarse a la fiesta. Embarcarse en la chorrada Patrick acompañándose de una digna scream queen (Sharni Vinson) y de unos Rachel Griffiths y Charles Dance que parecen haberse sumado al invento más por una necesidad monetaria que por una llamada de la naturaleza interpretativa. Pero que aun así y pese a las circunstancias construyen respectivamente una caricatura de señora Danvers y un trasunto de doctor Herbter West bastante entregados y salidos de madre. Todo en un sucedáneo de un sucedáneo (el original, más datos, no dejaba de ser una mezcla de Johnny Cogió su fusil, Carrie y Shock Treatment, aquella secuela de The Rocky Horror Picture Show) que puede escapar de la ortodoxia crítica pero que, qué coño, ofrece un rato simpático a costa del bote gigante de palomitas del espectador más gorrinil, que probablemente acabe haciendo las veces de sombrero en la cabeza del tipo de delante.
Bien por mí.

6/10

1 comentario:

  1. mințile umane pot născoci monștri și iluzii,și utilul este dat la coadă

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