Crítica de Vivir es fácil con los ojos cerrados

La última película de David Trueba es un viaje en el tiempo en varios aspectos y, me temo, no siempre con connotaciones positivas. Porque, sí, esta comedia dramática (de tanto gusto que le tenemos en este país al término hemos acabado convirtiéndolo en indefinición) propone una mirada nostálgica y cariñosa, que no condescendiente, hacia una época oscura de nuestra historia, unos años sesenta marcados por la represión franquista pero especialmente por -consecuencia de ello- un hermetismo cultural galopante, importante fuente de analfabetización. Estos son aquellos sesenta en los que los grises representaban la fuerza y el color de la obtusidad y en el que las manifestaciones culturales externas eran rareza, al alcance sólo de los muy interesados, de los más avezados. Antonio, el protagonista de la película interpretado por Javier Cámara es un profesor de inglés en una escuela cuya vida gira alrededor de sus alumnos y de los Beatles. En el momento en que Antonio se entera de que el mismo John Lennon visitará Almería para rodar una película (no se nos dice, pero es Cómo gané la guerra, Lennon de nuevo a las órdenes de Richard Lester) decide lanzarse a la carretera con un noble propósito añadido, en busca de su ídolo. A él se unirán Juanjo y Belén, dos adolescentes, cada uno fugado de su cotidianidad por motivos distintos.

Un punto de partida -para una road movie castiza- no especialmente brillante, pero sí abierto a posibilidades. Pero también un terreno peligroso muy condicionado por el tono y el enfoque de la historia. Hablaba de un viaje en el tiempo en varios niveles. Y es que Vivir es fácil con los ojos cerrados nos retrotrae a un momento del cine español previo al desembarco de esos nuevos creadores adalides de la postironía y apartado de cualquier ejercicio más o menos de género, mucho más cómodo en ese punto de familiaridad para todos los públicos. Para bien o para mal, esta parece una película rodada en los 90 por Emilio Martínez-Lázaro o Fernando Colomo y alguna que otra vez su evocación histórica nos hace pensar en un Garci que de repente ha perdido casi toda la nostalgia. Porque Trueba no evita las zonas oscuras (parte de su mensaje final es una poco disimulada parábola entorno a la postura del pueblo frente al régimen), pero prefiere moverse en un plano de amabilidad temática y tonal y también de suavidad formal. Tanto en el guión como en la realización rehuye de estridencias de toda clase y cultiva una comedia poco comprometedora, no sé muy bien si intemporal o pasada de tiempo. Sí, en los primeros momentos de la película uno no sabe si le han colado un episodio de Cuéntame en formato deluxe.


Afortunadamente, a medida que va avanzando la película, la cosa toma cierto color (en algunos momentos uno muy italiano) y sus propuestas parecen ir enraizándose. Y si bien la parte dramática nunca levanta el vuelo, un tanto indefinida y desinteresada en planteamientos, la comedia sí guarda algún que otro momento interesante. Especialmente por parte de Cámara, tan estupendo como casi siempre e interpretando de nuevo a un personaje bien construido y carismático, perfecto en su papel de señor español con un toque de distinción anglosajona: su Antonio, con su sombrero noir y su corbata de Menéndez cualquiera, representa lo mejor que, probablemente, podía encontrarse en aquella España. Y entorno  a él se articulan las dinámicas de personajes más logradas de la película: Antonio/Belén y Antonio/Ramón (el posadero del pueblo almeriense al que van a recabar). Mecánicas más trabajadas y satisfactorias que la que marca la subtrama romántica, esa relación entre Belén y Juanjo desaborida y mucho más accesoria de lo que parece pretender. Parte de la culpa la tengan, mucho me temo, un par de interpretaciones, las de los chavales (Natalia de Molina y Francesc Colomer), un tanto atonales, flojas de gas, excesivamente bisoñas.

Pero al final esto va de un tipo y su determinación por cruzarse medio desierto almeriense para lograr su sueño. Y habrá a quien le parezca bien que el tipo en cuestión pueda lograrlo y que aprenda una lección con ello. Que el camino por carretera sea una alegoría de la propia maduración de los tres personajes y que al final todo esto hable sobre vencer nuestros miedos para encontrar nuestro lugar en el mundo, recordándonos con insistencia que "la vida es alegre y melancólica" (sic). Y, si puede, ser sembrando el camino de anécdotas entrañables, como ese guiño a la gestación del tema Strawberry Fields Forever, tan ligado con el mensaje final (y el título, claro) de la historia de Trueba. A mí todo eso no me asegura una buena película, sino más bien un rato un tanto irritante, poco sorprendente y con un regusto a intrascendente déja vu. Pero por favor, no seáis tan cínicos como yo o el mundo se irá a la mierda. Vivir es fácil con los ojos cerrados pide, y lo hace diciendo por favor, que la améis. Amadla. Yo, pasando.

5/10

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