Crítica de Bellas mariposas

Loncha de drama social que nos llega desde Italia de la mano del realizador Salvatore Mereu quien, a pesar de todo, no se ha plegado a los tics y tendencias más desagradecidas del género y ha logrado elevar su producto por encima de lo esperable. Esto es, del drama de medio pelo de inclinaciones televisivas y propuestas temáticas encorsetadas. Al contrario, sin suponer una nueva piedra en aquello que empezó a edificar Ken Loach hace cuarenta años y que hoy parece tan desgastado, Bellas mariposas resulta en un producto firme y de ambiciones puramente cinematográficas, con personalidad y fuerza en su campo, el de la radiografía social con cantidad variable de lirismo. La poesía diaria, más o menos sucia, más o menos desencantada, y más o menos naturalista, que pueda destilarse de la relación de amistad entre Luna y Cate, dos adolescentes que zanganean durante un verano en las inmediaciones de un edificio venido a menos de un barrio deprimido en Cagliari, capital de Cerdeña. Dos jóvenes a través de cuyos ojos vemos ese mundo adulto para los adultos y esa derivación del mismo que llega a los niños. Entre otras cosas, Cate y Luna comparten vivencias, sueños, cucuruchos de helado, bromas, noches, asesinatos en el barrio y alguna oferta de prostitución.

Y es que ambas proceden de familias casi desestructuradas regidas por adultos perdidos en la miseria moral o simplemente echados a perder por la precariedad del entorno. Alcoholismo, sexo mohoso, violencia lánguida y criminalidad. Una serie de ímputs convencionales que, sin embargo, son manejados por el realizador con cautela y cierta tendencia al escape irónico. Nada de todo esto resulta melodramático, ni paroxístico en su representación, ni siquiera excesivamente realista. Aunque podría frecuentar los mismos ambientes, Mereu se separa de lo que nos mostraba Gomorra a golpe de una cierta inocencia y a base de combinar drama con comedia, frialdad con ternura, y documentalismo templado con licencia narrativa, casi realismo mágico: toda la película aparece narrada por una Cate que constantemente rompe el cuarto muro y habla directamente al espectador, poniendo en liza al mismo tiempo la idea de cercanía (ella es quien lo vive y ella es quien lo narra) y la de distanciamiento irónico. Esto no deja de ser un juego buscadamente impostado, un artificio eminentemente autoconsciente y autoreflexivo. Bellas mariposas no renuncia a la crudeza de los temas que expone, pero tampoco cae en pirotecnia dramática que pudiera frivolizarlos. Queda en un punto intermedio, más receptivo hacia la voluntad de implicación del espectador, más lejos del puro asentamiento de cátedra.


El realizador pone en juego pues un estilo visual crudo pero al mismo tiempo vivo, marcado por una fotografía abrasiva de colores saturados cálidos, de iluminación cortante. De tono sereno, siguiendo a las dos protagonistas y prestando especial atención a sus ambientes y a los personajes que cruzan la pantalla para interactuar con ellas. A pesar de estar tan enmarcada en una metodología narrativa tan concreta, la película resulta fresca gracias a su puesta en escena y con ella logra encontrar una cierta ensoñación en la cotidianidad, una poética calmada entre los resquicios de la pura realidad, oscilando entre una especie de retomado del neorrealismo y la lírica desesperada de una relación de amistad más allá de la cotidianidad y del relato de la adolescencia y el inicio forzoso de la maduración, cercanos quizá a algunos aspectos de La vida soñada de los ángeles. Bellas mariposas no es la panacea ni la salvación del drama social, pero le inyecta ideas interesantes que pueden desembocar en algo mayor y más importante en la futura carrera de este Salvatore Mereu cuyo nombre habrá que empezar a retener.

7/10

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