Crítica de Big Bad Wolves

Big Bad Wolves
No, claro, no es ningún hype que venga Quentin Tarantino y afirme, zas, que tu película sea la mejor que ha visto en lo que va de año. Así, cómo no vas a crear expectación. A saber qué tendrá una cosa llamada Big Bad Wolves, que dirigen y escriben unos tales Aharon Keshales y Navot Papushado (hasta ahora conocidos entre círculos muy concretos por su anterior trabajo conjunto, debut para ambos, titulado Rabies), y que es israelí para mayor inri, para que tanto haya deleitado al responsable de Pulp Fiction. Imposible no esperar de ella el oro y el moro; imposible no llevarse una decepción relativa. Así que vayamos directos al grano para no alargar la cosa: la película que nos ocupa cuenta con numerosas bazas para el éxito, difícilmente podrá considerarse fallida y, de hecho, que haya ganado el premio a la mejor dirección en Sitges no es sino la confirmación de que estamos ante un producto de calidad. Dicho de otro modo, el esfuerzo es notable, y el resultado también. Pero de ahí a dejarse llevar por el entusiasmo de tito Quentin hay un trecho, y por el camino puede salir muy malparado el ánimo del espectador. Así que a contenerse tocan, por mucho que tal empresa se antoje harto difícil.

Y es que a la evidencia puede uno rendirse sin problemas: la cinta que nos ocupa mola. De buenas a primeras, los estupendos títulos de entrada con que se presenta (y que a la postre acaban siendo lo más destacado) invitan a la salivación. A cámara lenta y a ritmo de una banda sonora pegadiza, se plantea una situación demoledora, de imposible digestión y providencial para gestionar después un entramado que no es sino la versión (muy) extendida de la inolvidable tortura de Michael Madsen a Kirk Baltz en Reservoir Dogs. Sólo falta el Stuck in the Middle en una película que como aquella, coloca al espectador del lado del torturador no sólo por la mentada secuencia de apertura, sino restando peso a la gravedad de sus actos mediante un guion trufado de gags de humor negrísimo. Evidentemente deudores del género tarantiniano, Keshales y Papushado no dudan tampoco en recurrir al gore exagerado, granguiñolesco, lo cual sirve para aumentar la aprensión visual pero también, de nuevo, para restar impacto a un discurso que de otra manera bien podría haberse situado en latitudes de Hanekes y Noés.

Big Bad Wolves

No están por la labor de agravar la cosa sus responsables, y por ahí es por donde hace acto de presencia la decepción. Por mucho que Big Bad Wolves pueda definirse tranquilamente como un buen producto cinematográfico (hay quien lo defenestra, nosotros somos más de pensar que su calidad es incuestionable) no menos cierto es que puede saber a poco por desaprovechar repetidamente la posibilidad de enarbolar una crítica hiriente de la sociedad actual. Lo tiene todo de cara: un planteamiento por el que el espectador no puede sino sentir empatía, una serie de personajes que se convierten en maquiavélicos buscadores de la justicia, y en definitiva campo abierto para, planteada la duda (¿Qué harías tú? ¿Qué harías tú si tu hija desapareciera y tuvieses al sospechoso número uno encerrado en tu sótano?), proponer distintos puntos de vista para buscar luces y sombras de toda respuesta posible. Y sin embargo, desprecia ese camino en pos de la gran broma, el buen rollito del Sr. Rubio y la oreja. Sólo un epílogo de apenas unos segundos ofrece el reverso realmente, realmente oscuro de todo ello. Un fugaz recordatorio de que por mucho que suene a broma, lo que se ha estado contando en los 115 minutos anteriores no hay que tomarlo a la ligera. Bien, punzada de hielo antes de encender las luces de la sala. Pero no basta.

Big Bad Wolves

Queda, eso sí, un film encomiable por entretenido e impactante, por moderadamente atrevido en su tratamiento de la violencia, pero sobre todo por lo exquisito de su empaque formal. Big Bad Wolves es un ejercicio impecable de autor tras la cámara, un excelente juego de montaje y un paradigma de la narración cinematográfica. De manera que consigue lo que consigue Tarantino en cuanto a contar historias se refiere (otra cosa es la chicha que cuenten unos y otros con ellas), y de ahí la emoción del de Jackie Brown. Así que por muy violenta que sea, da gusto verla; por muy hueca que esté, su visionado se antoja de lo más satisfactorio. Y más importante aún: se trata de una producción de primera en todos sus sentidos y accesible para todos los públicos, proveniente de una industria que demanda a gritos el desprendimiento definitivo de etiquetas. Que podría haber sido una obra maestra, sí, pero vamos, el resultado final también es de traca.
7/10

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