Crítica de Blue Jasmine

¿Por qué debería sorprender que Woody Allen no sólo siguiera en plena forma, sino que además se pudiera esperar de él que nos regalara aún hoy alguno de sus títulos más memorables? Al fin y al cabo Ford, Fellini, Hawks o Kurosawa facturaron, sin dar su brazo a torcer y hasta el final de sus días, obras impecables, esenciales en sus respectivos historiales. A pesar de sus avanzadas edades y sus abultadas filmografías nadie debió reprocharles en su momento que siguieran al pie del cañón y entregaran cosas como Siete mujeres, La voz de la luna, El dorado o Los sueños de Akira Kurosawa, todas ellas, por cierto, películas crepusculares, autoreflexivas. Sin embargo la fecundidad se paga, y al viejo Woody se lo coloca en el centro de debates entorno a si debería o no retirarse o, cuanto menos, si sería mejor para la salud de sus creaciones que esponjara sus proyectos. Que acabara con su fidelidad anual a su parroquia y dejara reposar más sus brillantes ideas antes de atacar el celuloide. Polémicas estúpidas, claro, especialmente a la luz de los resultados habituales (siempre, o casi, por encima de la media); controversias que además quedan totalmente trasnochadas y anuladas cuando el realizador construye productos como Blue Jasmine, probablemente su mejor película en lustros.

Y no es que esto suponga una ruptura total, ni mucho menos. Casi todas las filias y fobias del director, algunos de sus temas predilectos, varias de sus metodologías narrativas y su habitual y brillante caligrafía escenográfica están aquí. Es sólo que ha decidido entregar una obra grave -no exenta de humor, ojo- y esta vez lo ha hecho con solidez y acierto. Con brutal claridad expositiva, más precisa que nunca y al mismo tiempo igual de rica que siempre en emociones y recursos estilísticos. Marcando sus referentes con rigor, honestidad y elevada capacidad de acierto, a años luz del juego desnortado y frívolo que le dedicaba a las comedias episódicas italianas en su anterior A Roma con amor. No, aquí Allen es tan Allen como de costumbre, para lo bueno y para lo mejor, y además monta su particular visión de Un tranvía llamado Deseo a través de un trío de personajes cuyo vértice superior es esta particular Blanche DuBois que encarna Cate Blanchett en uno de los papeles de su vida. Ella es Jasmine, adinerada esposa de un magnate de Nueva York que cae en desgracia. Un ricachón hipócrita que, tras la exposición a la luz pública de sus negocios fraudulentos, va a dar con huesos en la cárcel.


Blue Jasmine explica en términos generales la caída de los grandes señores feudales de los mercados financieros en un contexto de crisis global y ruptura de la economía internacional. Y en un sentido aún más desligado del presente, el aciago destino que le guarda y le aguardará siempre a la alta burguesía, condenada a perecer en la languidez de la falsedad y la superficialidad en el mejor caso, y entre botes de fármacos e ingestas masivas de prozac en casos más patológicos. Pero en un sentido minimalista, la película es un retrato vivo y descarnado de una Mujer Bajo la Influencia que acaba de romperse. Jasmine pasa de primera dama de la alta sociedad a plebeya desclasada, debe mudarse de Nueva York a San Francisco y se ve obligada a buscarse por primera vez en su vida un trabajo real y a compartir piso con su hermana. Todo ello mientras lidia con el crack mental que le ha supuesto el trauma, que la ha encadenado a la química, a los ataques de pánico y a la esquizofrenia. No es la primera vez que Allen retrata la enfermedad mental o las construcciones de realidades ficticias que aporten salidas alternativas a la nuestra, mucho más árida e insatisfactoria (ahí están en cierto modo Zelig o La rosa púrpura de El Cairo, por citar dos de las más opuestas a la que nos ocupa), pero quizá sí es la más cruda, la más precisa, seca y ebúrnea en su construcción dramática.

A pesar de ello el realizador no ha querido cargar las tintas en lo desesperanzado y la película no está exenta de un cierto toque tragicómico, representando una nueva investigación personal de los límites  que separan el hecho dramático del enfoque humorístico. Demuestra que sus temas son tan ricos en implicaciones que al final tanto si se inclinan hacia el terreno de la comedia o caen de pleno en el drama, el impacto es igualmente profundo. Y que en el fondo, la fina línea que los separa (una de las obsesiones constantes en la carrera alleninana) es rompible: enfocado de otra manera, de aquí habría podido salir Alice. Como sea, este Chili (el tarugo al qua vida Bobby Cannavale en el papel de novio de Ginger, la hermana de Jasmine interpretada por Sally Hawkins) está más desprovisto de épica trágica que el Stan Kowalsky de Tennessee Williams y cataliza de un modo más esperpéntico la confrontación entre alta y baja cultura. El director siempre se ha visto atraído por este tipo de dinámicas conyugales basadas en el choque entre lo ilustrado y lo popular y esta no es una excepción, con el acento puesto en esta especie de lugar común que representa la batalla entre costa este y costa oeste.


Blue Jasmine es pues una nueva ración de vaivenes de pareja y desengaños emocionales, y su éxito depende en gran medida del puntillista diseño de sus personajes principales y los asuntos personales que esconden y, ocasionalmente, dejan entrever. En buena parte también de los diálogos, siempre cargados, libres de la ligera frivolidad que desprendían algunas de las líneas de las últimas películas de Allen. También de su articulación entre dos líneas temporales separadas que se entretejen y se explican mutuamente. Y de una gestión de lo conmovedor que no renuncia a la elegancia y aun así sigue funcionando de manera fluida y oxigenada, a pesar de que, como narrador, ocasionalmente no logre evitar la tentación de subrayar algunas emociones desde el guión o la realización. Una realización fina, fibrosa y con la clase que casi siempre ha demostrado. Por supuesto, todo esto garantiza una película sobria, precisa, milimétrica, casi magistral. Pero hay algo que la acaba de lanzar por encima de cualquier expectativa y que la convierte en un punto clave en la carrera de Woody Allen (cabría preguntarnos cómo seguirá desde ahora, pero ya lo sabemos: haciendo lo que le dé la gana). Ese algo, ese plus, ese elemento que trasciende cualquier academicismo y cualquier objetividad se llama Cate Blanchett.

Blue Jasmine no habría sido lo que es de no haber estado protagonizada por Cate Blanchett y por no haberse cimentado, al final, y a pesar de todas sus ricas implicaciones sociales, en un ítem único: la penetración en la mente y el mundo social e íntimo de este personaje fascinante y complejo interpretado de manera no menos magnética. Blanchett es el centro absoluto del relato, fuente de turbulencias y catalizador de las frustraciones, autoengaños e hipocresías de la alta burguesía, pero es especialmente el homenaje definitivo a la mujer sola, marcada y atormentada. La actriz pone cuerpo y alma a Jasmine y se lleva a si misma hasta sus propios límites, siempre bordeando la ruptura interpretativa, pero no olivdando jamás que su melodrama desatado debe convivir con la más feroz autoironía. Blanchett se pone para Allen más Gena Rowlands que nunca, y nos recuerda que la musa de Cassavetes ya trabajó con el realizador en Otra mujer, otro tratado profundo y sistémico de la psique femenina.


Y no es el único, por supuesto. El tono de análisis crudo de Blue Jasmine podría encontrar otros precedentes en Septiembre o Interiores, tan marcadas (especialmente esta segunda) por el cine de Ingmar Bergman. Pero resulta que no sólo está al nivel sino que podría ser incluso superior a ellas. Porque revalida el drama de cámara universal y lo funde orgánicamente en un todo condicionado totalmente por la personalidad del propio director, de modo que sus propuestas de toda la vida se disparan hacia nuevas cotas de intensidad y genialidad. Y abren la puerta a nuevas sensaciones que nos puede regalar aún un creador único que a sus setenta y ocho años se puede mirar de tú a tú y sin complejos con el recuerdo de aquellos últimos Ford, Fellini, Hawks y Kurosawa.

8/10



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Primera imagen de la película

5 comentarios:

  1. Pues me alegro un montón. Primer Woody en años que me hace tremenda ilusión. Muy linda la crítica. Seguro que acabó el proyecto perdidamente enamorado de Cate, pena que ya viejunea que si no tendríamos diez pelis (y tres hijos) con ella a partir de ahora. Muchas ganas de compartir el viaje que describes -con el toque irónico y tragicómico- con la Blanchett. Ya cuando oí a Pau en la radio me quedé de que ésta sería -para mí- un paso adelante de Allen, y todavía más después de leerte. Y yo no soy especialmente fan del Allen más bergmaniano (???!!!), pero últimamente no me fascinaba, se repetía, yo quería más chicha -o más risas, una de dos-. Contar con Cate da siempre un extra point a la peli -para mí- así que espero Blue Jasmine con muchas ganas.

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  2. Magnifica critica Bluts!! Ya os dije por el chat que la peli me habia fascinado!
    Y aunque soy bastante fana de Woody en general tengo que reconocer que al menos su (ultima peli (ahora penultima) era insufrible...
    Nada que ver con "Blue Jasmine", aqui tenemos el mejor Woody en mucho tiempo. Y por supuesto, Cate Blanchett, sin ella Jasmine nunca hubiese sido lo mismo!

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  3. No especialmente. Yo ya no la hubiera visto, pero como la dejábais tod@s (Pau y elasti) superbien, me puse. Ta vez en el cine atraía más, pero en pantalla pequeña me pareció más de lo mismo, no me atrapó especialmente. ¿Bien? Si, más o menos como todas. Pero no más. También es cierto que no le tengo especial simpatía a Owen Wilson (pero amo mucho a Rachel McAdams, debería compensarlo), pero vaya, me pareció una más de su tour europeo. Todavía no he visto Blue Jasmine pero todo mi entorno canta alabanzas. Estupendo.

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  4. Uy, no, a mí no me pareció "una más" en absoluto. Me pareció... er... vale, no recuerdo exactamente qué me pareció (ahí está mi crítica), pero creo que es una peli sutil, enigmática, que homenajea la jazz age con clase y elegancia. Y representa una oda a la ciudad francesa original y sentida: no sólo a lo superficial sino también a su parte más espiritual,e sto es, artística.
    ¿No?
    En fin, mírate esta y a ver què dius...

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