Crítica de El consejero (The Counselor)

El consejero
Como buen autor genial la relación de Cormac McCarthy con la cultura de masas y la luz de los focos siempre ha sido más tangencial que otra cosa. El esquivo escritor, uno de los más herméticos en lo personal y ajenos al establishment del entretenimiento en lo profesional, nunca se ha dejado ver demasiado en la esfera cinematográfica, o no se ha involucrado directamente en el desarrollo de obras propias. Algunas de sus novelas han sido adaptadas con resultados dignos (La carretera), inexplicables (Algunos caballos bellos) o excelentes (No es país para viejos), pero más allá de la escritura de algún guión teatral (el notable El Sunset Limited, llevado a la televisión por Tommy Lee Jones con Al borde del suicidio como título español) el terreno le permanecía virgen. Ahora, con Hijo de Dios acabado de trasladar a la gran pantalla por James Franco y la antigua promesa de adaptar Meridiano de sangre, su mejor texto, perdida para siempre, McCarthy se ha lanzado a lo que es la escritura de su primer guión para largometraje, esta El consejero -despistada traducción de The Counselor, en este caso "el abogado"- que ha ido a parar a manos de quien en un principio debía encargarse de Meridiano de sangre: Ridley Scott. Las credenciales iniciales de la película eran, para quien firma esto, inmejorables: ¿uno de los mejores realizadores en activo (casi siempre por encima de sus películas, a veces fallidas) trabajando directamente con el que es, junto a Philip Roth, el mejor escritor americano vivo? Eso sólo podía salir bien.

Y no ha sido así. De hecho, sin tener aún muy claro el nivel de calidad objetiva del producto final, esto está muy, muy lejos de lo que entendemos por "bien". O por lo menos de lo que entendemos por un bien convencional. Empecemos por lo que no es El consejero en virtud de la posible expectativa volcada en ella: no es un drama negro sobrio, impecablemente escrito, rigurosamente filmado. No es una reflexión profunda y seria entorno a la condición humana, la codicia y la violencia implícita en la sociedad. Tiene un poco de todo ello, pero desde luego no es una película académica, ni siquiera academicista. Ni tampoco una transgresión abierta y autoconsciente de los códigos. Es más, si tomamos un enfoque crítico parecido a la objetividad esto sólo puede ser calificado de fracaso estrepitoso. De empacho de conceptos severos explicados de manera ineficaz e ineficiente, de película que busca validarse a si misma a través de la dureza de sus términos pero no logra salirse de la serie B. Empiezan los problemas. Porque el de novelista y el de guionista son dos oficios totalmente distintos, más alejados entre si de lo que podría pensarse. Claro que sí. Pero yo me resisto a pensar que el viejo McCarthy sea estúpido. Que haya querido contar otro de sus thrillers fronterizos contemporáneos sin ser consciente de que el lenguaje cinematográfico está en una esfera distinta a su prosa milimétrica, rica e hiriente, imposible de adaptar al pie de la letra.

El consejero

Y al mismo tiempo me resisto a pensar que Scott haya tomado por nobles esos elementos propios de las visiones postmodernas del negro y de las rupturas de códigos experimentadas a partir de los 70 en el género. Que en este caso concreto son ideas tan delirantes como una femme fatale tatuada de leopardo que sale a cazar conejos vestida como una botella de Tío Pepe, un capo de la droga latino con pinta de Mickey Rourke en una rave en Monegros, un montón de matones chiflados de gatillo fácil, un festival de la decapitación por cable de acero, Rosie Perez, un camión cisterna lleno de heces o un mafioso admirador de Machado y con el rostro de Rubén Blades. Todo cargado de una sensualidad hortera y disparatada, coronada por la escena de sexo más loca del mundo, celebrada esta con un comentario sobre la anatomía facial del siluro. Es decir, que igual sí es una ruptura deliberada de los códigos, igual sí es una película conscientemente bastarda, desequilibrada e hijaputa, conscientemente descabellada. O igual no. Y he aquí. Semejante es el nivel de desconcierto.

Si a la película se le demanda rigor, pues, uno se da de bruces con la astracanada petarda más feísta de la temporada. Una comedia involuntaria que parodia sin quererlo el cine de narcos y los dramas de hombres inocentes que son alcanzados por un destino que los supera, desvirtuando en dos excesivas horas todo lo que se había ganado hasta ahora de aplicar el prefijo neo a la etiqueta noir. Estamos ante una historia pastosa, hipotéticamente enrevesada, que pretende dimensionar en un contexto actual los grandes temas relacionados con la perdición humana que desde los años treinta han centrado los géneros narrativos de tono criminal. Codicia, imprudencia, manipulación, mentira, inocencia y culpa, bondad y maldad. Pero que lo hace mediante unos personajes que o no se apartan de la caricatura o si están construidos con miras a la sutileza no tienen la suficiente profundidad. Personajes artificiales que lanzan diálogos no menos increíbles que se mueven entre la precisión del verbo de McCarthy, la tontería rimbombante del culebrón latinoamericano tremendista y la pura confusión semántica de un guión que parece empeñado en emborronar la relativa simplicidad de su historia con una complejidad aparente, pero finalmente inexistente.

El consejero

Por su parte el trabajo de Ridley Scott es a ratos tan solvente como de costumbre y a ratos indigno para su pericia narrativa y su habitual poderío visual. La vulgaridad hace acto de presencia en varios momentos, mientras que en otro la brillantez expositiva casi, casi deslumbra. Como sea, Scott siempre sabe enfatizar los elementos y mover a los personajes por la escena, centrando su foco en lo que importa en cada momento, aunque ello no conlleve necesariamente un enriquecimiento del texto. Y aquí, aunque se le nota creyente y devoto de ese texto, parece despachar lo que en lineas generales es su trabajo más rutinario desde Un buen año. Un trabajo mediano al que se le notan en exceso las costuras y que termina de redondear el fallo épico de la temporada. Una película no sólo (aparentemente) mala, sino capaz de enfurecer a todos por igual: casuales y fans, de uno o de otro. Gente que espere enfrentarse a una película más o menos seria sin ningún interés por quién está pergeñándola o aquellos que esperamos como agua de mayo cualquier nuevo movimiento del venerable McCarthy.

Pero insisto, me resisto a pensar que todo esto se producto de una miopía creativa sufrida de repente por parte de sus dos responsables máximos. Al escritor no se le atribuye un sentido del humor especialmente festivo (en todo su corpus literario hay apenas rastro de él, frente a las toneladas de severidad que lo caracterizan) y Ridley Scott no es ajeno a fracasos artísticos. Pero vaya usted a saber cuál es la intencionalidad final de todo. Así que disculpad mi indefinición, perdonad si no saco a nadie de la duda, pero a mí esto, básicamente, me ha descolocado. Y en el fondo me ha parecido tan bizarro que con la distancia y tras toneladas de reflexión irónica hasta me ha resultado un trip de disfrute sucio, gorrino y desvergonzadamente camp. Así que para bien o para mal, lo dejaré en un gran, sonoro y cabronísimo what the fuck.

5/10



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2 comentarios:

  1. Te estoy imaginando escribiendo esta critica con un cabreo de tres pares de narices... me equivoco? ;)
    Pues si, como decia Sid por el face una decepcion, con la base que tenia (guionista, director, actores...) nos esperabamos casi la peli de año y nos salen con "esto"! :(
    A ver si me atrevo a verla en la pequeña pantalla!

    BTW... a Boyero le ha gustado! what the fuck (again!) xDD

    Besacos!

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  2. Jajaja... no creas, no hay cabreo, hay... estupefacción, incomprensión, descoloque e insospechadamente, al final, una extraña satisfacción bizarra por lo extraño.
    Es como ese chaval de clase que tenía seis dedos en cada mano. Toda la clase se metía con él, lo marginaba, pero tú no podías dejar de mirarlo, entre la fascinación y el rechazo, te daba un poco de grimilla, pero al final te hacías amigo suyo, y él te explicaba las bondades de la polidactilia en el terreno de las mujeres cuando tú casi ni siquiera sabías que existían las mujeres.

    Eso es El consejero.

    Boyero también es fascinante, a su manera.

    Besicos back!! ;)

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