Crítica de Los juegos del hambre: En llamas (The Hunger Games: Catching Fire)

Los juegos del hambre: en llamas
La industria del blockbuster adolescente, apoyada en carísimas sagas que no siempre ven correspondido su coste con su nivel cualitativo es, ya se sabe, un tren desbocado que no se puede parar. Y mejor ni intentarlo. La locomotora, la mayor parte del tiempo descarrilada, arrasará con todo lo que encuentre a su paso y lo hará nos guste o no. Porque una vez se ponen en marcha los mecanismos es más costoso pararla que esperar los resultados que pueda arrojar: la mayor parte del tiempo destrucción. Pero algunas veces, algunas excepcionales veces, un viaje a toda pastilla relativamente placentero y hacia tierras emocionantes. Es lo que ocurre con Los juegos del hambre, uno de esos viajes con un pasaje inequívoco (plateas adolescentes) pero que no van a matar a nadie de estulticie. Y es más, obviando el hecho de que la gran mayoría de nosotros somos el target potencial inadecuado para la serie protagonizada por Katniss Everdeen, podemos alegrarnos de tener entre manos una estupenda continuación, muy superior a aquella primera entrega que hace un año y medio nos sorprendió tan positivamente. Aquella lograba trascender con dignidad la mediocridad de su referente literario, la olvidable novela de Suzanne Collins. Esta En llamas, además, se sobrepone a los fallos de su predecesora.

Eso es lo primero que llama la atención y se agradece. El director Francis Lawrence ha tomado nota de los fallos de Gary Ross y ha obviado su molesta tendencia a la confusión narrativa, aquella que empañaba tanto la primera mitad de la anterior entrega. Aquí hay mucha más sobriedad y seguridad, la cámara no está sacudida irreflexivamente por temblores artificiales y los planteamientos formales son más rotundos y a la vez más claros y comprensibles. El resultado es una película robusta que puede trabajar mejor las líneas narrativas que conducen a los clímax y que deja respirar mejor la emoción, que sigue mostrando seriedad y gravedad pero que también ofrece más contenido y lo explica mejor. Pocas sagas para (como dicen los americanos) "jóvenes adultos" se enfocan hacia la primera parte del término teniendo tanto en cuenta la segunda, y pocas saben relativizar tanto sus elementos puramente culebronescos en favor de un sentido más global: En llamas minimiza la importancia del conflicto romántico triangular entre la protagonista femenina y sus dos intereses amorosos, y sin embargo no olvida que lo que mueve la historia son los personajes, sus emociones y sus motivaciones.

Los juegos del hambre: en llamas

Y puesto que el centro de la película es el personaje de Katniss, poderosa y atractiva traslación de la amazona clásica a un contexto de distopía -también clásica-, el éxito está al alcance de la mano... y resulta directamente inevitable cuando la actriz que interpreta a la heroína es una fuerza de la naturaleza de la magnitud sísmica de Jennifer Lawrence, en este momento la más importante aspirante a estrella rutilante del próximo Hollywood. Lawrence y su personaje se cargan a la espalda la película y dejan en un plano muchísimo más discreto a su partenaire masculino, ese Peeta Mellark pusilánime y flojeras, auténtico lastre de una plantilla, por lo demás, bien ajustada donde el juego de caracteres responde bien a los roles que se les imponen: Woody Harrelson aporta su parte de socarronería efectiva, Philip Seymour Hoffman su oficio y rostro perturbador, Stanley Tucci su bilis crítica pasada en la rosca cartoon, y el reparto de contendientes de los juegos resulta más o menos resultón. Y por lo demás, casi se le pueden endosar a esta entrega las mismas virtudes que a su predecesora.

El signo pues es el del aumento de potencia y calidad, pero los elementos son parecidos, marcados por el uso de la fórmula multirreferencial que inevitablemente lleva a lugares comunes y que casi en ningún momento transmite la sensación de estar viendo algo realmente novedoso. Pero que al mismo tiempo está ejecutada con fuerza y rigor. Sí, esto mezcla drama romántico con ciencia ficción desesperanzada tipo Orwell y aventuras con survival futurista. Y reformula Battle Royale bajo un prisma actualizado, lo pasa por el tamiz de El show de Truman e incluso coquetea a ratos con algunos elementos de Perdidos. Todo muy acorde con el ambiente de paranoia generalizada, los conceptos estándar de control social y la crítica consabida a los medios y sus dudosas nuevas modalidades de pan y circo llamadas reality shows. Claro que sí, pero insisto en el buen equilibrio de la mezcla, en la sabia ejecución del producto final, no siempre igual de acertado (sigue chirriando esa caricatura de la burguesía tan simplona, como de un Terry Gilliam destilado vestido por el estilista de Lady Gaga), pero en cualquier caso siempre emocionante y vibrante, aun quizá necesitado de un final más contundente: el desenlace de En llamas no deja de ser el final típico de segunda entrega de una trilogía, con su puente, algo insuficiente como cierre para una película autónoma, hacia un tercer acto que debe ser épico.

Los juegos del hambre: en llamas

Pero a la luz de sus fibrosos, fiables y solventes ciento cincuenta (¡!) minutos, hay que celebrar como se merece esta película que, insisto, está destinada casi en exclusiva al público adolescente y postadolescente. Pero a la que no se le puede negar solidez y ausencia de fisuras importantes, y tampoco una enorme capacidad como espectáculo honesto para multisalas dispuestas a recibir historias pensadas con la cabeza. Lo dicho, una continuación superior que afianza la saga en la parte alta de la tabla y que, puestos a polemizar, da mil patadas a su coetánea (y fría, estirada, hueca) El juego de Ender. De tener quince años menos servidor estaría ahora mismo en éxtasis. En cambio, sólo estoy objetiva y felizmente satisfecho.

7'5/10



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