Crítica de Museum Hours

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Ya le teníamos ganas a Jem Cohen, al que no veíamos desde su abrasivo documental de la banda The Ex, y cuyo fascinante sentido de la hibridación y teorías de vasos comunicantes entre ficción y realidad, entre arte y cotidianidad, siempre se han situado en lo más privilegiado de entre la vanguardia cinematográfica. En Museum Hours el neoyorkino vuelve a dejar de lado su vertiente de documentalista musical (suyo es también el esencial Instrument entorno a los no menos decisivos Fugazi) y se coloca, una vez más, en la -digamos- posición más narrativa de sus intenciones. Siempre que entendamos esta historia minimalista como algo narrativo, por supuesto. Desde luego, si lo es (claro que lo es), las implicaciones y reflexiones que despierta escapan de la linealidad, de la horizontalidad, para situarse en un ámbito de discurso que también encuentra extensiones verticales. Porque la historia central, la relación entre Anne, una canadiense que se ha desplazado a Viena a acompañar a un amigo en sus últimas horas en un hospital, y Johann, vigilante del Kunsthistorisches Museum (el Museo de Historia del Arte de Viena), tiene tanta importancia como lo que se extrae de ella. Esto habla de una relación entre dos personajes maduros con sensibilidades vitales y artísticas singulares pero muy parecidas. Pero ante todo, habla del arte y su contemplación; y del arte y sus relaciones con la vida cotidiana.

De nuevo, Cohen vuelve a centrarse en su interés por el arte y en los lazos entre el cine y la pintura o la escultura a un nivel, intensidad y coherencia autoral compartidas sólo por Peter Greenaway y Derek Jarman. Museum Hours es una película contemplativa en tanto que busca equiparar su experiencia a la de observar esas otras disciplinas artísticas, y trata el tiempo del plano, la cadencia y el montaje a niveles distintos a lo convencional y, aun así, innegablemente naturalistas. Y del mismo modo, construye la representación de lo físico (encuadre, iluminación, relaciones de tamaños dentro del plano) desde puntos de vista más propios del arte de museo. Algunos planos son pura arquitectura y otros evocan la composición pictórica (por ejemplo, rueda las localizaciones urbanas como si fueran paisajes pictóricos y los interiores como bodegones), siempre desde ese naturalismo, pero al mismo tiempo buscando reforzar la tesis central: las estructuras artísticas son equiparables a los elementos de la vida cotidiana, y viceversa.

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Cohen evita caer a pesar de ello en un manierismo contemplativo. Aunque sus palabras están articuladas desde la calma, la parsimonia, la observación y la sensibilidad artística, todo parece bien mesurado y servido en las medidas adecuadas en la conjugación forma/fondo. De modo que en la película fluye con suavidad ese disipado de las fronteras entre contemplación y narración, entre ficción y documental observacional, revalorizando el silencio y colocando el foco de contenido en otros puntos más allá de la atípica -e intensa, ojo- historia de amor. Para Cohen es tan importante la vida interior, siempre insinuada, de sus personajes como las vivencias artísticas compartidas ante las pinturas del museo, la gran mayoría obra de Pieter Brueghel el Viejo. Cuadros que actúan en si mismos como un personaje importantísimo, pero uno más en el diálogo entre obra y espectador. Como hacía Bergman en La flauta mágica, Cohen nos muestra no sólo la obra artística sino también su contraplano, las reacciones emotivas o intelectuales suscitadas en el rostro del espectador. Queda perfectamente maridada en pantalla esos dos planos de realidad (que al mismo tiempo son de ficción) y la experiencia artística queda totalmente encuadrada en la cotidianidad.

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Museum Hours habla en fin sobre la necesidad de, simplemente, observar en silencio para ir más allá en la realidad y en las relaciones entre personas, tan forzadamente sujetas a la palabra. Por eso aunque sus planteamientos están fuertemente intelectualizados sus resultados remiten a la emotividad, que cristaliza en las pinturas o en los sentimientos de los protagonistas ante la vida, las relaciones y la muerte, como en esos momentos de brutal intimidad entre Anne y su amigo moribundo, en los que hace acto de presencia un nuevo arte: la música. Un precioso poema atmosférico, inmersivo y fascinante que no sólo reflexiona sobre el impacto del arte en las personas sino que ofrece en si misma una poderosa sensación de magnetismo y una brutal capacidad para influir en el espectador. Al fin y al cabo si el arte lo es sólo desde el momento en que logra inmiscuirse en la vida de su espectador para cambiarla o expandirla en horizontes y consideraciones, Museum Hours puede postularse como una modesta pero indiscutible obra de arte.

8'5/10

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