Crítica de 12 años de esclavitud (12 Years a Slave)

12 años de esclavitud
De buenas a primeras, 12 años de esclavitud puede llevar a sospechas un tanto absurdas. Su director, Steve McQueen, había transitado una cierta marginalidad desde que diera, con su brillante debut Hunger, su salto al cine. Antes de eso, el londinense se había granjeado una reputación como videoartista, frecuentando los ambientes de la vanguardia europea y cimentando sus cualidades como dueño de una personalidad marcada que le dio una cierta posición de privilegio que, obviamente, se ha acrecentado con su salto al cine. Hunger, decíamos, acorralaba a su espectador, lo ponía contra las cuerdas con una historia durísima, centrada en el caso real de un preso activista del IRA que iniciaba una huelga de hambre como protesta y terminaba degradándose físicamente hasta un final trágico. Shame subía la apuesta y colocaba en el centro del relato a un ejecutivo adicto al sexo que funcionaba como gran alegoría de la decadencia occidental ligada a la despersonalización de los individuos. Nuevo upper jaw directo a la quijada del espectador. Ahora, con su tercer asalto fílmico, el primero en Hollywood, McQueen ha optado por facturar un producto mucho más pulcro, más clasicista y, de entrada, más acorde con los niveles de aceptación del cine comercial de la Academia. Una película en planteamientos, aspiraciones de producción y estructura narrativa más cercana al mainstream que sus dos anteriores propuestas. Y de ahí que la duda pueda surgir con facilidad.

Tampoco ayudan las motivaciones creativas de la película en el contexto actual. Primero porque, perteneciendo a un tema de necesaria revisión periódica, en los últimos años parece haber habido un pequeño boom de la esclavitud como temática recurrente en el cine, enfocada desde distintos ángulos: el revisionismo histórico (Lincoln), la desmitificación respetuosa (Django desencadenado) o, como en este caso, el melodrama. Segundo porque la película insiste mucho en su carácter de relato de unos sucesos reales recogidos en una autobiografía y puede confiar en su autolegimitimación por un motivo, en el fondo, algo artísticamente peregrino. Porque, como suele ocurrir en estos casos, esta parece una historia de necesaria difusión, pero ello desde luego no garantiza un nivel de calidad. Especialmente cuando el proyecto parece tan del agrado de su impulsor, un Steve McQueen que dice haberse sentido profundamente afectado al leer las memorias publicadas en un libro en 1853 que, desde que cayó en sus manos, necesitó trasladar al cine. La historia en cuestión es la de Solomon Northup, un burgués afroamericano bien posicionado en la sociedad artística neoyorkina de mediados del siglo XIX que fue secuestrado y vendido al mercado esclavista. Un calvario que se alargaba por más de una década y lo llevaba por varias casas de explotadores y que luego terminó convertido en bestseller del momento bajo ese mismo título, 12 Years a Slave.

12 años de esclavitud

Bien, expuestas las circunstancias previas cabe examinar la película en si, y determinar cuánto hay de movimiento calculado, cuanto de solidez cinematográfica y cuánto de emoción real. Y a pesar de la -relativa- claudicación a ese cánon de Hollywood, la respuesta en los tres casos es única: muchísimo. Sea como sea, 12 años de esclavitud es un producto poderoso y sólido y un paso firme, no adelante pero sí lateral, en la carrera de McQueen. El director ha optado por mantener algunos de sus intereses temáticos y formales, pero no ha proseguido exactamente la senda que proponían sus dos anteriores películas, sino que se ha decantado hacia el melodrama con unos cimientos muy anclados en el cine clásico norteamericano. La película respira un aire muy John Ford, y especialmente muy King Vidor. Prima el poder de una narrativa de la grandiosidad, pero nunca la aparta de la intimidad y el cuidado del detalle humanista. Y marca un destacable interés por la moralidad de los personajes basada en lo estoico contrapuesto a lo decadente para desarrollar con infinitos matices y hondura una de sus tesis, la basculación entre los conceptos de "vida" y "supervivencia". En ese contexto se despliegan algunos de los temas comunes a la obra de McQueen que, en esta ocasión, toman tintes más universales y se desligan de la radiografía del mundo contemporáneo, proponiendo miradas hacia la condición humana en toda su dimensión.

Me refiero a temas relacionados con la dominación y la sumisión, la crueldad y la compasión. La repulsa o la transigencia. Especialmente con la dignidad. Y también con la destrucción paulatina del cuerpo y la degradación moral de la persona. Northup conecta en cierto modo con aquel Bobby Sands que Michael Fassbender interpretaba en Hunger en tanto que ambos experimentan, cada uno en circunstancias distinas, casi opuestas, una degeneración física dilatada en el tiempo. Pero también el Brandon de Shame (de nuevo, Fassbender), que utilizaba su cuerpo como un mero instrumento, casi de autoflagelación, y cuyo espíritu era un embrollo de nudos morales contradictorios. Aquí el actor británico capitaliza esa degradación ética en la piel del esclavista Epps, reflejo de la inmoralidad social, pero también de la decadencia emocional occidental de las clases altas, concretado aquí en el matrimonio que comparte con el personaje de Sarah Paulson. Mientras que es Chiwetel Ejiofor quien sufre la tortura en su cuerpo. De este modo, el personaje se convierte en el rostro de aquella y de todas las injusticias y, de paso -con una mirada que casi destruye el cuarto muro en un momento concreto-, nos interpela y nos hace partícipes al público, testigo impasible de los horrores que desfilan por la pantalla.

12 años de esclavitud

He aquí otro de los grandes temas de la película. El mal, cómo se instala en una sociedad corrupta y cómo el hombre puede llegar a condescenderlo. 12 años de esclavitud se sitúa alejada de cualquier tipo de maniqueísmo en la descripción de sus motivos argumentales y rehuye de simplismos polarizados: sus personajes son complejos individualmente, pero también colectivamente; los blancos y los negros no conforman dos bandos enfrentados, porque las estructuras sociales resultan estar demasiado corruptas. Metastasiadas de ese cáncer que se apoya en entramados legales perversos que podían servir como apoyo para malvados, acomodados o simples pusilánimes. McQueen no tiene piedad en el dibujo de los esclavistas convencidos, pero a su manera tampoco la tiene con los esclavistas compasivos: personas de buen fondo que, sin embargo, seguían siendo esclavistas, fuera por una visión excesivamente laxa en lo tocante a igualdad, fuera por un miedo atroz a las leyes vigentes. Cobardes en cualquier caso. Por eso impacta y entristece cualquier tipo de ejercicio del poder, pero también la frialdad con la que los negros transigen ante los actos de violencia, ya acostumbrados a la sumisión a cambio de su propia supervivencia.

Ello hace de 12 años de esclavitud una experiencia intensa, emotivamente comprometida, a ratos casi insoportable en su rudeza emocional. Las escenas de violencia física, agresiones, torturas y violaciones, no están tratadas desde la espectacularización, ni se muestran especialmente explícitas, pero son de una sequedad y dureza extraordinarias y de una brutalidad que encoge el alma. Pasajes crudos que conviven con momentos de elevado lirismo, tanto conceptual como sonoro y visual (composiciones y fotografía altamente sofisticados) y que, a pesar de ello, no caen en una plasticidad preciosista estéril ni en un regocijo de los propios planteamientos estéticos. Es esta una película severa, sobria, en las antípodas de la citada Django desencadenado -a su manera también magistral-, a pesar de que podríamos evocar algún referente común que ya salió a colación entonces -el brutal Mandingo de Richard Fleischer- y que aquí funciona más como ancla estilística que como guiño postmoderno. Un referente que convive con otros más cercanos al Hollywood clásico (como en su momento también evocaron El color púrpura o Amistad), y que terminan de darle a esta propuesta un aura no tanto de impersonalidad como de intemporalidad. Como decíamos al principio, McQueen no ha renunciado a remover el alma de sus espectadores, simplemente ha preferido, por lo menos en esta ocasión, no hacerlo desde los márgenes.

12 años de esclavitud

Y para ello ha vuelto a rodearse de un equipo técnico superlativo (el compositor Hans Zimmer, el director de fotografía Sean Bobbitt) y, muy especialmente, de un reparto prodigioso encabezado por un ejemplar Chiwetel Ejiofor, que sabe condensar en su cuerpo y en su rostro la tragedia de este Ulises particular sumido en la peor odisea posible. A su lado, Fassbender, Paulson, Alfre Woodard, Benedict Cumberbatch y Lupita Nyong'o terminan de dar fuerza sobrehumana a un casting cuyo rigor artístico quizá se ve un poco enturbiado por la presencia de un Brad Pitt que, estando más que correcto, apesta a movimiento comercial autoimpuesto: no en vano la película está producida por Plan B, la compañía del consorte de Angelina Jolie. No obstante, ellos son las piezas visibles de un puzzle que encaja en todos sus estadios con soberbia exquisitez y precisión relojera y lo hace siempre con un ojo puesto en la emoción y el drama humano más conmovedor. Piezas que conforman un todo que es tan amigo de las grandes plateas y de los premios mainstream como de los ambientes autorales más exigentes (pero menos prejuiciados). Y eso es precisamente lo que va a hacer de ella aquello que será en un futuro: un clásico del cine de principios del siglo XXI con sabor y aroma a XX. Un clásico adorado y denostado por igual. O, simplemente, un clásico. Al tiempo.

8'5/10

Y en el Blu-Ray...
Emon se encarga de la distribución del film por estos lares, y lo hace con la habitual corrección que la caracteriza, permitiendo un disfrute en condiciones del visionado, pero sin llegar jamás a la excelencia que alguno de sus títulos (y este muy concretamente) necesitaría. De este modo, la imagen se presenta nítida y bien definida, con una buena gama de colores (¿aunque quizá aclarados en exceso?) pero sin dar nunca el do de pecho, mientras que el audio cumple tanto en su versión original como en los dos doblajes de que dispone el disco (castellano y catalán) con un más que correcto master DTS-HD 5.1 idéntico para todas las opciones.
Por su parte, los extras se limitan al acostumbrado paquetito de trailer, featurette (de unos 5 minutos) y minientrevistas (10 minutos en total) a McQueen, Ejiofor, Cumberbatch y Fassbender).

1 comentario:

  1. Un film de los que te llegan! Se recrea mucho! Chapeau por McQueen!

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