Crítica de The Congress

The Congress
Si bien antes ya estaba labrándose una sólida carrera como cineasta, entre guiones y direcciones, para Ari Folman Vals con Bashir fue un hito que lo catapultó directamente a la primera plana: el documental animado se colaba en todos los certámenes de premios de cine habidos y por haber, y la particular animación de la que hacía uso se convertía en la principal seña de identidad del cineasta israelí. Así que de cara a The Congress, por supuesto, los dibujos animados vuelven a acaparar buena parte del interés. En su nueva propuesta, Folman cambia totalmente de tercio al adaptar un relato de Stanislav Lem, pero sus identificadores oficiales siguen patentes mediante una primera mitad (a imágenes reales) con mucho de documental, a la que corresponde un segundo bloque (animado) que se pierde por mundos que más que fantacientíficos son más bien oníricos, como hacia lo onírico intentaba fugarse Bashir de vez en cuando, cuando la realidad que lo rodeaba lo superaba. Dos películas, en definitiva, tan alejadas entre sí como estrechamente vinculadas, lo cual refuerza la figura de su responsable, pero a su vez acaba jugando en disfavor para con la más reciente, al evidenciar claros síntomas de un agotamiento incipiente.

Y es que resulta que lo bueno de The Congress está al principio, en su zona más vulgar. La no animada, esto es. Por ahí circula un seguimiento con mucho de real a una actriz que siempre ha estado a un paso de ser la gran estrella de Hollywood, sin llegar a darlo definitivamente. En un ¿presente? distópico, a Robin Wright se le recuerdan cual acoso y derribo todas las decisiones erróneas que ha tomado a lo largo de su vida desde La princesa prometida en adelante, y se le invita a cambiar el sino de su vida profesional con un gran salto hacia delante: ser fotocopiada digitalmente para que su imagen, de entonces en adelante, pertenezca exclusivamente a los estudios cinematográficos. En este gran arco argumental, que ocupa grosso modo el 50% del metraje total, descubrimos a un Folman apabullante. Planos antológicos, escenas que quitan el hipo por su preciosismo visual y un entramado que discurre con la emoción a flor de piel, gracias también (claro) a una entregadísima Robin Wright a quien la cámara de Folman rinde devota pleitesía. La culminación de este primer gran acto, en forma de discurso desarmante por parte de un no menos excelso Harvey Keitel, significa tan sólo el broche de algunos de los minutos más brillantes de la presente campaña cinematográfica. Pero luego está lo otro.

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A lo que tranquilamente podría tildarse de obra maestra en el cine reciente, le corresponde una segunda mitad, la animada, en la que se pierde buena parte del fuelle: el argumento muta de igual manera en que lo hace la técnica de la película, y toca volver a arrancar con una historia tan vistosa como anecdótica, lejos de la bomba de sentimientos previa. Durante poco menos de una hora, a fin de cuentas, el aliciesco personaje protagonista se limita a deambular por unos mundos que aglutinan un colorismo retro (y un diseño de personajes que ídem) con la ciencia-ficción más revolucionaria. Y sí se aprecia, por este nuevo mundo feliz, la voluntad crítica de todo ello. Pero el llamamiento a filas resultante de la misma apenas si se hace evidente frente al desmesurado empeño por parte su responsable de apabullar al espectador entrando por su vista y poco más. De este modo, The Congress va rebajando paulatinamente sus revoluciones, despreciando su impacto inicial con un nuevo entramado que ni descubre nada nuevo (menos aún a los seguidores de Philip K. Dick, el propio Lem o demás seguidores de la ciencia-ficción escrita), ni logra hacerse excesivamente interesante en su espiral hacia el drama que evidentemente acecha a la vuelta de la esquina.

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Y así como la primera concluía por todo lo alto, la segunda mitad lo hace recurriendo al mismo, idéntico efecto del que hacía uso Folman en su anterior trabajo, que aquí se antoja además de repetitivo, sintomático de un norte perdido al que se intenta volver demasiado tarde y sin demasiada suerte. Claro que a la postre, del espectador dependerá: buena parte del éxito o fracaso de The Congress pasa por meterse en el mundo de dibujos animados de todas todas, embriagarse a la par que el personaje de la ex de Sean Penn y forzarse a sentir con la misma intensidad el calvario por el que pasa. Si sí, la sensación de obra maestra es total. Si no, todo se limita al peso que se le quiera otorgar a su primera, perfecta, espectacular, arrolladora primera mitad...
6,5/10

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