Crítica de Ernest & Célestine

Ernest & Célestine
Si bien al final todo se limite a un buena/mala, “esperanzadora” es la palabra que mejor define a Ernest & Célestine: en un mundo cada vez más dado a las grandes producciones, donde cuando no son efectos especiales son desmedidas duraciones las que priman por encima de otros valores artísticos, llegan Benjamin Renner, Stéphane Aubier y Vincent Patar (directores) y Daniel Pennac (guionista) y le pasan la mano por la cara a propios y extraños con una pequeñísima cinta de hora y cuarto y hecha con acuarelas. Fe en el cine restituida. Claro que la sorpresa es relativa si se recuerda que sus responsables (dos de ellos, al menos) ya hicieron algo parecido hace dos años, sirviéndose de muñecos tipo Playmobil para hilvanar una bomba de relojería cinematográfica titulada Pánico en la granja. Ahora el ánimo es algo más relajado, pues recurren a los cuentos infantiles del belga Gabrielle Vincent para narrar la historia de amistad que se establece entre un oso pobre, ladronzuelo y bala perdida, y una ratita que reniega de las leyendas que tildan a la especie del primero de asesina, así como de su destino como dentista. Algo más canónico, cierto es, pero ya es ese el juego: estrenar en pleno 2013 una película de dibujos animados con técnicas ancestrales en todos sus sentidos, y a partir de ahí buscar la magia necesaria para que cuaje en los tiempos que corren. Y vaya si la encuentran.

Primero, porque lo clásico en este formato otorga de manera automática un plus en concepto de entrañable de cara al espectador más curtido. Ver Ernest & Célestine lo catapulta a sus años de iniciación en el consumo de cine; imposible no emocionar al niño que llevamos dentro. Pero más importante aún, porque raya la perfección en casi todos sus aspectos. La propuesta es eminentemente infantil pero a la vez alberga un sinfín de connotaciones adultas que la emparejan a Historia de dos ciudades al tiempo que le brindan un evidente aroma de retrato social actual. El público más joven recibirá así los primeros inputs, casi de manera subconsciente, sobre nuevas fórmulas de convivencia, clases sociales y demás, mientras que al adulto se le invitará a reflexionar sobre la crítica situación del día a día en una propuesta que no escatima en recovecos más oscuros de lo que su aparente brillantez visual expone. Todo ello amén de, sobra decirlo, una moraleja tratada con todo de sutileza. Pero también de un par de personajes absolutamente encantadores, dibujados y descritos con un mimo exacerbado a cuya fórmula cabe añadir el doblaje, no menos acertado, de Lambert Wilson y Pauline Brunner.

Ernest & Célestine

Hasta aquí lo que hace de la película la joya emocional que es. Ahora toca hacer hincapié en lo que la lleva más allá. Y es que el trío de directores hace acopio del lema en la animación todo vale, y tarda poco en rebasar las barreras de lo canónico a nivel puramente expresivo. Desde su animación a base de una técnica tan añeja como son las acuarelas, y pese a su argumento tan anclado en las grandes historias de los dibujos de siempre, en no pocas ocasiones Ernest & Célestine se sume en sueños y pesadillas donde la realidad desaparece casi por completo. Por no mencionar los momentos en que los fondos alteran sus colores en favor de la acción central para acrecentar las sensaciones que se pretenden transmitir, o esos minutos (los mejores) de combinación pictórica y musical de las que se sirven los cineastas para narrar la composición de una obra conjunta entre oso y ratón, con todo lo que ello implica. Y ya que hablamos de la música, un último aporte para la definitiva canonización de la propuesta: impagable la ayuda que le brinda al conjunto Vincent Courtois con su banda sonora.

En definitiva, estamos ante una de esas películas pequeñitas y entrañables, de esas que sin hacer demasiado ruido sobreviven a base del boca a boca por su arrolladora capacidad para cautivar a quienes las descubran. Porque eso es Ernest & Célestine: un descubrimiento que llega en el momento más indicado, en medio de un saturado mar de propuestas grandes y grandilocuentes, para recordar que en el cine, al final, lo que importa es el alma. Y aquí el alma rebosa.
8/10

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