Crítica de La gran belleza (La grande bellezza)

La gran belleza (La grande bellezza)
Queda poco, a estas alturas, que decir de Paolo Sorrentino. Es, simple y llanamente, el mejor director italiano en activo, y uno de los mejores del cine actual en general. A excepción de aquél experimento fallido en los USA (ese This Must Be the Place que convertía a Sean Penn en una suerte de caricatura de Robert Smith) con cada nueva película que estrena, el cineasta romano rebasa todas las fronteras, argumentales y formales, que ya con el anterior trabajo se había encargado de redefinir. Así que no es de extrañar que ahora, tan ricamente, soltemos que probablemente estemos ante su mejor obra hasta la fecha, y por tanto ante una de las mejores películas del año. Pero cuidado, que si bien La gran belleza sea una auténtica maravilla, no menos cierto es que se trata de una de las propuestas más ambiciosas, excesivas, exigentes, y por tanto no apta para todos. Y es que tras varias pistas a lo largo de su filmografía, por fin queda clara la voluntad de Sorrentino por convertirse en el nuevo Fellini. Aquí, directamente, recoge el legado del de 8 ½ para describir, desde un estilo perfectamente definible como una versión actualizada de La dolce vita, la vida en la Città Eterna. Aunque Fellini no es el único que se da cita en tan inabarcable película: aquí tiene cabida en mayor o menor medida toda la historia de la cultura italiana, sin que por ello se resienta la personalidad única de un cineasta que ídem. Pero la aliteración ya vale para empezar a hacernos una idea, salivación incluida.

A lo largo de 150 necesariamente exagerados minutos, se sigue a un Guido Anselmi sexagenario, adinerado, hastiado, amante y renegador del sexo opuesto, y falto de inspiración para escribir una novela que llegaría casi cuarenta años después de la anterior. Condenado a un trabajo de vulgar periodista, pasa sus días en un estado de apatía cargada de excesos, salidas nocturnas y sobredosis, junto a un grupo de amigotes con complejo de vitelloni que también pertenecen a las altas esferas de la sociedad romana. Los rostros: nada menos que algunos de los actores en activo más importantes de la capital italiana, con un excelso Toni Servillo a la cabeza, secundado del héroe de Roma, Carlo Verdone. Presiden, en especial el primero, reuniones de amigos pedantes donde se charla de Flaubert y de Proust, de Moravia y de Pasolini; donde se denigra a este miembro del grupo o se pone en entredicho la profesión de este otro, desde una carencia total de sentimientos. Participan a esas fiestas locas en terrazas que dan al Coliseo y que acaban con una mujer enana durmiendo en el jardín y otra, bien entrada en carnes, sangrando de la nariz sin que le importe a nadie. Y sobre todo vagan, vagan por una ciudad ora mágica ora dantesca sin rumbo aparente (conforme evoluciona la película queda patente lo contrario), como buscando la inspiración entre mujeres y magníficas ruinas romanas.

La gran belleza (La grande bellezza)

Con la habitual maestría explica todo ello, tanto al guion (escrito a cuatro manos junto al ya habitual Umberto Contarello) como a la silla del director, un Sorrentino que lo da el todo por el todo: su película es personalísima, más manierista y caprichosa aún de lo acostumbrado, y tan extasiante como agotadora. Y a su vez, es una mirada hacia atrás tanto en fondo como en forma y no sólo al mundo del séptimo arte. La gran belleza mira de tú a tú a Fellini, a Antonioni y a Pasolini. A Dante y a Moravia, a Michelangelo y a Leonardo. Y a Gigi D’Agostino y al pa-pa l’americano. Miradas, todas ellas, que confluyen en ese retrato de Roma tan actual y tan rabioso, tan grotesco, poético y autocrítico. Ese que Sorrentino construye a base de clichés e iconos de la ciudad de ayer y de hoy y mediante el abuso de grúas, de planos cortos en constante movimiento, travellings que parecen querer huir de la situación que están retratando. El resultado, claro, no podía ser otro que una concatenación de pasajes maravillosos, embriagadores ya desde la escena de apertura, en la que quedan perfectamente claras las intenciones del cineasta en todos los sentidos mediante un drama retratado con toda opulencia. Tanto da que se destinen minutos y minutos a la grabación de una noche de discoteca, como que luego tire de metáforas y ensoñaciones casi expresionistas. Todo fluye con puntillosa perfección en ese mapa geográfico, social, sentimental y artístico en el que por supuesto, se dan cita el dinero y la Iglesia, el Coliseo, el gran cartel de Martini y el Costa Concordia a medio hundir. Y el amor, la pérdida, la angustia de vivir, el hacerse mayores y el haber malgastado la vida.

Y luego está la ciudad de Roma en sí, excelsa como excelso es quien la recoge con su cámara, orgánica, aludiendo al carácter vital e imperecedero de la capital de Italia (y de la cultura europea en general. En este sentido, fundamental quedarse a ver los títulos de crédito en los que se navega desde un punto cualquiera del Tíber para ir a parar a uno de los lugares más mágicos de la ciudad.

La gran belleza (La grande bellezza)

De manera que insistimos en lo que decíamos al principio: lo último del director de Il Divo es pretencioso y grandilocuente, excesivo y altivo. Pero oíd, no farda quien quiere sino quien puede, y no cabe ninguna duda de que Sorrentino puede. Su retrato de Roma, puesta al día de la imagen que en su día dibujó Fellini, es una película cambiante, de mil un lecturas y dimensiones, y todo un terremoto de emociones y sensaciones. Trufada de referencias y homenajes, cargada de discursos que en ocasiones no dudan en hacerse explícitos (ese romano de los pies a la cabeza, llamado para mayor inri Romano, que dice que Roma le ha decepcionado; esos religiosos haciéndose fotos…), y a su vez, poseedora de una personalidad única, apabullante. La de un director en estado de gracia, que con La gran belleza vuelve a resaltar su posición de relevancia para el cine actual. Una pasada, en serio.
8,5/10

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