Crítica de La vida secreta de Walter Mitty (The Secret Life of Walter Mitty)

Ben Stiller tendrá sus propios y muy respetables motivos creativos para hacer esto que acaba de hacer, montar como director un remake a mayor gloria de su personalidad de actor. Una nueva versión de aquella película del mismo título que disparaba la fama de Danny Kaye allá por los años cuarenta. Un Kaye que inmediatamente después trabajaría con Howard Hawks -en la peor película del director, por cierto- y que en la década siguiente se consolidaría como uno de los cómicos preferidos de América. Aquella La vida secreta de Walter Mitty que dirigía (el gran) Norman McLeod pasaba por ser una película medianamente divertida protagonizada por un hombre-muestrario de muecas y acentos de probada infalibilidad cómica. De manera que en cierto modo parece natural que la nueva visión de la novela breve de James Thurber vuelva a ser un vehículo de lucimiento y, como digo, Stiller sabrá a qué responde la llamada de su necesidad autoral por rodar esta historia. Pero al mismo tiempo, la jugada se hace rara a tenor de la carrera pasada del director-actor al diferir en su enfoque respecto a su propia imagen: Stiller siempre había estado en sus películas como mero componente de un ente grupal sobre el que montar una historia de desmitificación (Reality Bites, Tropic Thunder), o bien como protagonista en una operación de autocachondeo corrosivo (Zoolander). Y siempre (también en Un loco a domicilio, especialmente en esta) había vertido considerables cargas vitriólicas sobre los mecanismos de las relaciones interpersonales.

Ahora, con La vida secreta de Walter Mitty, parece que su mala uva se haya diluido y su visión sea, de entrada, algo así como más zen. Sigue trabajando desde el humor y desde una cierta transgresión de códigos, sigue siendo aficionado al transformismo y su obsesión por construir personajes de ficciones dentro de ficciones continúa presente. Pero ahora el mensaje es casi el opuesto al habitual: según parece creer, el trabajo duro es la base para cimentar una serie de valores positivos relacionados, paradójicamente, con la libertad. Si quien quiere peces se tiene que mojar el trasero, quien quiere ser libre primero tiene que deshacerse de sus cadenas, no es suficiente con dar un saltito y echarse a volar. Y claro, conociéndole, desconcierta. Sí, como digo, esto es terreno abonado para una criatura criada en el ámbito del sketch cómico, pero aun así desconcierta. Pongámonos en situación: Walter Mitty, jefe del archivo de negativos fotográficos en la revista Life, es un buen tipo. Tanto como soñador y casi tanto como pusilánime. Su aspiración en la vida es hacer cosas grandes, pero no se atreve a lanzarse a por ellas. Prefiere fantasear, soñar despierto en que conquista a su compañera de trabajo (Kristen Wiig) y de vez en cuando perpetra alguna heroicidad en ratos libres. Ahora el destino reclamará que por primera vez dé el salto a la aventura. Etcétera. Un perfecto lienzo para desarrollar un sistema de capas narrativas basado en la contraposición de lo real con lo imaginado. La rutina versus la ensoñación. El Walter Mitty real frente a sus sucesivas encarnaciones cuasi-superhumanas, a cuál más extrema. Por eso lo más interesante de esta película es cómo juega a la confusión entre planos de realidad y cómo para ello se sirve de un inteligente juego de reflejos, de focos, incluso de sonidos que alimentan y enriquecen esa transición, ese salto entre planos narrativos.


Pero donde hasta ahora había existido una cierta limitación (mucho más asequible) en el proceso de producción de sus películas, aquí hay mayor ambición por un cine bigger than life. En cierto momento de la película, en plena ensoñación, las cuatro grises paredes de oficina que rodean al protagonista se caen al suelo como metáfora de la liberación, para dejar ver un impactante paisaje nevado, landscape quitahipos de algún país exótico. Llevado al extremo eso es lo que ocurre con esta película, una aventura widescreen que se postula como la primera gran superproducción del realizador. El humor conscientemente zafio, buscadamente sarcástico, y el fino ingenio judío abren la puerta a una comedia más blanca. Los ambientes domésticos y urbanos ceden ante la majestuosidad casi monstruosa de los fiordos islandeses o las llanuras afganas. Stiller construye la feelgood movie definitiva y persigue con ello dos objetivos primordiales, nada objetables en la sinceridad con que los expone, y lo consigue parcialmente. Lo cuál, en una película de semejante envergadura, no es poco. Stiller, dejando de lado posibles sentimientos ególatras relacionados con su faceta de actor, sólo pretende entretener y ofrecer un mensaje positivo de paso. Lo primero lo consigue gran parte del tiempo, hasta el momento en que el tercer acto pierde todo el empuje que llevaba la película hasta ese momento. Con lo segundo hace un pleno total, cuya validez e interés deberá decidir -mejor antes de pasar por taquilla- el espectador: tal y como están las cosas, y más concretamente tal y como nos las pinta el principio de la propia película, ¿tenemos el cuerpo para este tipo de filosofía de manual de autoayuda?

Da igual. Quien quiera, que la adopte. Es la tesis de la película, fundamentada principalmente en ese mensaje positivo: la vida urbana nos ha alienado, ya no conocemos las relaciones íntimas casi si no es a través del filtro de una pantalla de ordenador, la gente está perdiendo las ganas de vivir nuevas e inesperadas emociones. Y, claro, hay que traspasar esos muros que dividen la fantasía de la realidad. Para Stiller, no estaremos completos hasta que no emprendamos la aventura, el viaje del héroe, en este caso la carrera contrarreloj para recuperar un negativo perdido que debe presidir la portada del último Life en formato papel: irónicamente, un objetivo inicial menos ligado a los códigos del cine de género que en la versión anterior del film, donde el protagonista se veía inmerso en una trama casi de espionaje. Pero en cualquier caso, dice Stiller, resulta imprescindible dar el paso, desligarse de las fabulaciones y los constructos mentales y salir al mundo real a vivir nuestra vida. Y eso sólo puede pasar por conocernos a nosotros mismos. Un nosotros que probablemente se halle agachado desde el abandono de la infancia: la película propone una regresión a aquella época -aquí simbolizada por un monopatín- que nos permita descubrir el sentido lúdico de vivir y que borre de nuestra memoria los pasos ya dados y conocidos para que cada uno de ellos vuelva a resultar original e imprevisible.


De ahí que el impacto de la película vaya a ser distinto en cada espectador. Los cínicos verán esto como una especie de spot publicitario alargado, emocionalmente teledirigido e inevitablemente puntuado en algún momento del metraje por el dichoso Wake Up de Arcade Fire (efectivamente, el tema termina apareciendo). Los pragmáticos detectarán en la estructura narrativa una serie de triquiñuelas y gatillos emocionales puestos con inteligencia en un guión súmamente mesurado, pero con un propósito emotivo muy claro. Los más ingenuos se sentirán invitados a dejar de soñar con los ojos abiertos y dar un paso definitivo hacia esas realidades que, por rutina, pudor o inseguridad, no se atreven a pisar. Los cinéfilos de corte clásico igual se sientan reconfortados no tanto por el recuerdo de la de Kaye como por el tono cercano a Capra que gasta aquí Stiller. Y los más dispuestos entenderán que el mensaje es extrapolable a la propia percepción de la película, ya que casi nunca, dicen, importa tanto el destino como el propio camino andado. Sea como sea, y al margen de delirios de grandeza, La vida secreta de Walter Mitty termina siendo una película que apuesta por el alma y el corazón. Y en un sentido final resulta en un entretenimiento cien por cien hollywoodiense estupendamente ejecutado (e interpretado por un grupo de actores cómicos estupendo) que, sin embargo, esconde un mensaje naïf, humilde, inocente pero -en su fe en la libertad del individuo- también bastante insólito en este tipo de producciones.

7/10



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3 comentarios:

  1. Muy buena crítica. Excelente. Pero también me pareció demasiado larga. Una vez me lo dijeron, a modo de insulto: sé conciso. Me lo tomé a pecho y empecé a escribir más extensamente todavía. Quien quería leerme, que se tomara el tiempo para hacerlo, carajo. Con el tiempo aprendí más cosas: ser conciso nos obliga a aclarar las ideas y a apuntar mejor al objetivo.

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  2. Gracias por pasarte, por leer y por comentar, Hjorgev...

    En cuanto al comment en si, bueno, ni concisión ni expansión. Yo lo que he aprendido con el tiempo es que cada texto requiere de su natural duración. Algunos necesitan respirar más, otros apuntar mejor. Cuando escribo un haiku tengo que ser breve, cuando hago una crítica cinematográfica, dejo que la información fluya hasta allá donde me requiera. Algunos de mis críticos favoritos usan 3000 palabras para explicar una película. Otros, 200. Y no por ello unos son peores, o menos informativos, que los otros...

    ¡Un abrazo!

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  3. "Quien quiera, que la adopte"

    A mi, de lejos ya me adoptó. y leyendo tu (me cuesta llamarlo así)crítica, me confirma el primer mensaje que me llegó cuando vi, creo que fue, un cartel...
    Mas que una crítica, lo percibo como un análisis de emociones y sensaciones percibidas.
    Un pseudopsicoanálisis de pantalla.

    Gracias por escribir Xavi,

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