Crítica de Lluvia de albóndigas 2 (Cloudy with a Chance of Meatballs 2)

Lluvia de albóndigas 2
La regla de oro del menú para cualquier cadena de comida rápida es simple: agotada una veta gastronómica la temporada siguiente hay que parecer que se ofrece más, aunque en el fondo sea lo mismo. En un ámbito, el del junk food, en que el producto completo vale más que la materia prima, en que el packaging es más importante que el vacuno de su interior y en que el peso de la carne en cuestión es más un reclamo que una medida relacionada íntimamente con el cuidado de la salud del comensal, lo primordial es llamar la atención, impactar con más variedad (falsa) y más colores (chillones casi todos) aun a costa de dejar el estómago del cliente igual de inquisitivo hacia lo que ha comido, y las arterias más o menos igual de obturadas. En este sentido, claro, Lluvia de albóndigas 2 es la película más aplastantemente coherente de la temporada. La primera estaba bastante bien sin emocionar. Esta está bastante bien sin emocionar, pero la caja en la que viene envuelta tiene tantos dibujos que a uno le parece que es más y mejor. Y el caso es que tiempo para pensar no hay: parece que sus responsables hayan compensado en la sala de escritura el tiempo que ha transcurrido entre ambas entregas. En esta dos no hay tiempo para pensar, ni para respirar, ni para reflexionar absolutamente sobre nada.

Juega a eso, por supuesto. Sony Pictures Animation sabe que está a la sombra de los gigantes, que a nivel técnico no puede casi ni igualar los asombros que nos ofrecen temporada tras temporada los Pixar y DreamWorks de turno. Así que es lo suficientemente hábil por optar por otra técnica. Puesto que el hiperrealismo resulta para el estudio una quimera, han optado de nuevo, y de manera más acentuada, por la abierta caricatura. Lluvia de albóndigas 2 es un alocadísimo cartoon hipercinético que prefiere no pararse ni un momento. Ni en la presentación visual de sus personajes, esbozables en trazos muy simples pero muy eficaces a nivel cómico ni en su guión, aventura canónica explicada a base de chistes verbales, juegos de palabras y dobles sentidos. Ni siquiera en la construcción de un nuevo mundo tras el clímax de la anterior entrega. La película empieza justo allá donde aquella terminaba, retomando la misma escena final, para explicar las consecuencias de Flint y su máquina de convertir el agua en comida: los foodimals han tomado la isla donde sucedió todo y podrían amenazar con acabar con el resto del mundo, de modo que es necesario organizar una expedición. Una comitiva que liderará Flint y el resto de personajes que le secundaban en la primera entrega.

Lluvia de albóndigas 2

Así que los planteamientos son simples. Remedo en technicolor lisérgico de La isla misteriosa y El mundo perdido con chorrito de Parque Jurásico, esto es un puro, simple y efectivo despliegue de adrenalina para niños y, al mismo tiempo, un espectáculo visual medianamente logrado, con una tendencia al horror vacui aún más acentuada que en la anterior entrega. Los nuevos bichos tienen su gracia, aun en distintos grados que van de lo más anodino -las hamburguesas araña- a lo más logrado -el trío de pepinillos-weirdo- y el humor empapa la aventura desde el primer al último minuto sin descanso. Ello le da un toque a ratos surrealista, a ratos nostálgico (tiene una filia un tanto ochentera y hasta cae un guiño al soylent green), a otros freak (la simia chubby tiene gracia) y en muchos momentos simplemente idiota: uno se plantea la necesidad de la inclusión en la plantilla protagonista del "personaje gracioso", el torpe que va vestido de pollo gigante y que no hace sino añadir momentos de slapstick del montón a una historia ya de por sí cómicamente adrenalínica.

¿Demasiado, quizá? Lluvia de albóndigas 2 puede llegar a confundir velocidad de réplica con chascarrillo improvisado, chiste efervescente con gilipollez graciosilla, y ritmo imparable con puro atropello narrativo. Y así es, si bien la mayor parte de su tiempo es atractiva, al final su histerismo se hace un tanto agotador y su multiplicidad de estímulos terminan casi confundiendo. Es, en una palabra, una película un tanto cansina en su explosión de buenrollismo salvaje. El ejemplo perfecto de ello aparece al terminar de la película cuando, en unos créditos finales francamente elaborados, los autores optan por distintas técnicas de animación para terminar desembocando en una amalgama esquizofrénica y deslavazada de estilos. Una secuencia que juega a un todo vale aplicable a la saga entera, pero que también ejemplifica su propia intrascendencia fugaz. La próxima será aún más king size, pero a lo mejor para entonces ya estaremos empachados de verdad.

6'5/10


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