Crítica de Los inocentes

Los inocentes
En circunstancias normales, nada de lo que está por pasar ocurriría. Porque en circunstancias normales, ni yo ni nadie que no estuviera interesado por los motivos que a continuación se detallarán, acabaría viendo Los inocentes. Y es que esto no es una película, y no lo digo de manera despectiva sino puramente cierta: se trata de un ejercicio, una práctica, un trabajo de final de carrera de varios alumnos aventajados (o no) del Escac, la escuela de cine catalana de la que han ido saliendo algunos de los nombres más relevantes del panorama cinematográfico actual. A ver si no: doce directores se encargan cada uno de unos cinco minutos de la práctica, con la obligación de construir un slasher que revise los cánones del género no se sabe muy bien si desde un prisma respetuoso/copypástico, o desde un guasón espíritu posmo (una incertidumbre que constituye el primer punto negativo para la nota del curso, por cierto). Por lo tanto, a familiares de alumnos, a profesores o a colegas de clase; a ellos debería ir destinada exclusivamente. Pero no. No tan sólo pudo verse en la sala más grande del festival internacional de cine de Sitges, sino que aprovechando la efeméride, va y se pasa la madrugada del 28 de diciembre en uno de los cines más reconocibles de Barcelona. Así que hay que tratarla como largometraje con vocación comercial; así que hay que ir sacando los cuchillos.

Y es que si ya como examen habría que ir preparándose para la convocatoria de septiembre, como Película el desaguisado es alarmante. Los inocentes se limita a recorrer la misma senda de siempre en materia: un accidente en un campamento acaba con la muerte de un joven; quince años después un grupo de ídems acude al lugar (haciendo oídos sordos a los consejos de los vecinos) dispuestos a pasar un buen rato. Pero lo hace de manera desganada y con el piloto automático puesto, sin gracia alguna ni estímulo capaz de despertar el menor interés. A nivel argumental es, de hecho, una mera fotocopia, con intentonas fallidas de humor (vía personajes unidimensionales con tendencia a la irritación) y aún peores resultados a la hora de generar tensión. Y a nivel formal, no hay nada que pueda perdurar en la memoria antes incluso de que el visionado haya concluido… y hablamos de apenas una hora de metraje. Quizá el ejercicio consistía en imitar todos los tics del género, en vez de buscar algo de originalidad a través de ellos; de nuevo, de ser así este intento de producción cinematográfica no debería haber visto la luz, o al menos deberían haber sido especificadas las condiciones a priori.

Los inocentes

Claro, así las cosas, el invento acaba acusando una total, absoluta, rematada incapacidad de buscarse una personalidad: hay doce directores y cada uno se encarga de unos cinco minutos, pero apenas si se distingue el estilo de uno del de otro, tal es su vulgaridad y su academicismo. Y sin estilo ni argumento ni personajes, el desapego por parte del espectador es total ¡Es que por más que se busque no hay cabo alguno al que aferrarse! Normal que la única sensación que se desprenda del film sea un tedio que se aposenta cual losa a medida que los clichés se multiplican (ese discurso sobre la maldad del alcohol, el sexo y las drogas… ¿hasta cuándo vamos a tener que estar reviviendo una y otra vez lo mismo?) y que la acción no se acaba de desatar. Porque ni por esas: las muertes que van sucediendo en pantalla sí es verdad que son mejores de lo temido, con su moderada violencia y demás, pero tampoco estamos ante el acabose de la locura gore precisamente. Y a estas alturas, que pululen por ahí mujeres ligeras de ropa ya no supone plus alguno si las actrices en cuestión (al igual que los actores) merecen firmes candidaturas a las peores interpretaciones de la historia del séptimo arte. Vamos, igualito que La cabaña en el bosque...

De nuevo, es una pena que tengamos que ponernos así con una propuesta que ni siquiera debería dejarse caer por aquí. De haberse quedado en el seno de la Escac, nada de esto habría pasado, y ni un servidor ni nadie de los que la hemos puesto a caer de un burro sabríamos de su existencia salvo que algún amigote fuera responsable de la misma. En ese caso, nos la habría puesto en la tele de su casa en una noche de fútbol y cervezas, por ejemplo, y hubiese quedado como una curiosidad a alabar en función del aprecio hacia la persona en cuestión. Santas pascuas. Pero no. Hay quien ha pagado por verla, y quien pagará por verla, por lo que debemos valorarla como cualquier otro estreno comercial. Bien, ellos se lo buscaron: es una de las peores películas del año, un timo en toda regla porque de hecho, Los inocentes ni siquiera alcanza la categoría de película. Valiente inocentada.
1/10

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