Crítica de Plan de escape (Escape Plan)

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Arnie y Sly. Sly y Arnie. Cualquier fan del cine de mamporros de los ochenta habría matado a su propia madre por poder ver compartiendo pantalla a dos de sus máximos exponentes, unos Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone que no fue hasta varios años y capas de autoironía después que no se encontraron en una misma película. Fue en Los mercenarios, y desde entonces parece que le hayan cogido gusto al tema: se reencontraron el la secuela y ya tienen día de quedada para la tercera entrega. Ya no tiene sentido preguntarse "¿quién ganaría en una pelea cuerpo a cuerpo?" porque, al parecer son amigos. Y cierta química al respecto se desprende en este nuevo encuentro, una Plan de escape que los pone, ahora sí, a los dos como protagonistas de una especie de buddy movie en presidio, más cercana en formas al cine de los 90 que a cualquier referente de los 70, cuando el subgénero carcelario tomó tintes definitivamente macarras. O sea que ahora sí que no toca buscarle coartadas postmodernas al asunto, ni visos de parodia, aunque el producto no esté exento de humor. Porque estamos ante una de acción de las que podríamos haber visto hace veinte años, sólo que con nuestros dos vigoréxicos preferidos ya un poco más talluditos.

Pero, eso sí, una de acción no especialmente inspirada. La historia está protagonizada por una especie de McGyver escapista que se dedica profesionalmente a fugarse de cárceles para probar sus fallas de seguridad. Cierto día recibe un encargo delicado: escapar de un centro especialmente sórdido e infranqueable; el tipo acepta, y bam, encerrado en lo que resulta ser casi una trampa mortal y con su hipotético contacto de seguridad en el interior desaparecido. Y a partir de aquí, cualquier atisbo de juicio hacia la institución penitenciaria norteamericana, cualquier paralelismo intencionadamente crítico con las polémicas relacionadas con Gunatánamo es pura coincidencia. Porque en el fondo, aquí se viene a lo que se viene: a asistir a un espectáculo de sopapos y tiros, a una borrachera de testosterona y machoalfismo subido, a un thriller con la sutileza comunicativa de un mandril del zoo, de los que practican el tiro de coprolito al colodrillo de su incauto espectador. Nada que reprochar si el resultado está a la altura, aprieta las tuercas y aumenta la intensidad de lo visto hasta ahora infinidad de veces. No esperamos que esto se mueva a base de acumular nada que no sean tópicos, sólo que pise el pedal del acelerador y, eso sí, conduzca con firmeza, aunque sea llevándose por delante a las ancianas en tacataca que se crucen por el camino.

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Pero no es el caso. Principalmente porque el director Mikael Håfström empaqueta su propuesta con terrible mecanicismo y aplastante impersonalidad, sin aportar absolutamente nada, engarzando escenas sin mostrar ningún tipo de interés, en ocasiones hasta torpemente. Sin aparente consciencia y sin posicionarse en ningún extremo (ni la acción desatada e irresponsable ni la reflexión, primaria o compleja, entorno a la caída de los grandes protohéroes de antaño), simplemente haciendo avanzar la historia sin aportar absolutamente nada. De este modo, queda en desvaído entretenimiento lo que podría haber sido un nuevo exploit gamberro, en colección de obviedades, graciosas sólo a ratos, lo que podría haber funcionado como bulldozer palomitero. Y claro, así los diálogos idiotas, trufados de oneliners disparatados, provocan que el espectador se ría más de ellos que con ellos. Los personajes de una pieza despiertan algo de indiferencia (más allá del carisma de sus dos protagonistas, sus respectivos personajes importan más bien poco), irritación (el maniqueo villano de Jim Caviezel queda en amanerada parodia) o incluso lástima (Sam Neill sigue completamente perdido en sus ambientes carcelarios). Y los giros de guión terminan pareciendo rutinarios, usados en virtud de una fórmula que ya ni sorprende ni alimenta.

Y sí, claro, es divertido ver a nuestros dos cachas trabajar juntos, codo con codo mientras nos recuerdan que hubo una época mejor en la que el brazo duro del Hollywood más reaccionario lo conformaban un austríaco y un italoamericano (e incluso un belga). Es hasta gracioso ver a Stallone yendo de improbable genio y a Schwarzenegger berreando en alemán. Y nadie va a aburrirse demasiado con este espectáculo matarratos más cercano a Prison Break que a Fuga de Alcatraz y más destinado al público generalista de multisalas que a los fans del Stallone encarcelado de Evasión o victoria. Pero un poco más de mimo, un poco más de autoconsciencia y un poco más de empeño en que el producto tuviera fuerza de por si habrían ayudado bastante a elevar esto por encima de la más banal mediocridad.

5/10



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