Crítica de Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks)

Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks)
Hay una anécdota curiosa que rodea el proceso de creación de la película Mary Poppins: y es que P.L. Traves, la autora del libro en que se basa, era una cascarrabias. Ya. Fin de la anécdota. Pues de ahí se sacan Sue Smith y Kelly Marcel (¿Dos guionistas? ¿En serio?) un libreto del que el temible John Lee Hancock (The Blind Side) construye a su vez un largometraje de más de dos horazas. Todo para contar que, efectivamente, la australiana era muy reacia a ver su libro convertido en producción de Wat Disney. Y que le ponía pegas a todo: que si no quería que fuese un musical, que si nada de dibujos animados, que si Dick Van Dyke no era el actor indicado para el rol... Ahora bien, dando por hecho que el espectador sabe cómo acabó la historia (oh, marchando un spoiler: Mary Poppins sí se acabó llevando al cine), uno pensaría que Al encuentro de Mr. Banks aprovecharía tal premisa para ahondar en el proceso de cambio de la personalidad de la Traves; o que investigaría en lo que su presencia en los estudios de la Disney supuso para el bueno de Walt; o que intentaría realizar una gran parábola sobre la sociedad de entonces, sobre el cine y sobre cómo están las cosas ahora en cuanto al proceso de creación de una producción para la gran pantalla. Nada. Lo único que quiere el film es rebuscar en los orígenes de las reticencias de la novelista, y ver cómo afectan éstas a la película. Vamos, centrarse en la anécdota y exprimirla hasta la saciedad. Resultado: acogida espectacular por parte de crítica y público... Y así es como por aquí perdemos definitivamente la fe en el cine.

Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks)

Lo mejor que se puede decir del film es que no es un horror, que viniendo de quien viene, ya es. Lo peor, que es el triunfo de la mediocridad. Antes de ahondar en la absoluta carencia de ideas de un guion que parece más un ejercicio de manual que un propósito artístico, lo que salta a la vista de Saving Mr. Banks1 es que busca desvergonzadamente la complacencia de propios y extraños. Nada en ella se sale de los baremos más blancos y castos imaginables, no hay ni una sola palabra malsonante, ni un plano que no rebose luminosidad o suponga un reto por su originalidad; la trama enseguida se encarrila en raíles conocidos, Thomas Newman se empacha de violines y melodías empalagosas, y los actores son una sonrisa continua, una mirada benévola, o a lo sumo (caso de la sobreactuadísima protagonista, Emma Thompson) un ceño fruncido pero desde lo entrañable. Aun gracias de contar con un reparto compuesto por nombres de primera: acompañan a la niñera mágica Paul Giamatti, Jason Schwartzman o Ruth Wilson, entre otros, amén de un Tom Hanks que pese a lo grotesco de su cara, así en general, constituye lo único genuinamente bueno, mágico del conjunto. Por lo demás, lo dicho, mediocridad en estado puro rápidamente traducida en una propuesta rematada y desalentadoramente previsible, cuya gracia desaparece por completo a los quince minutos.

Y es que todo se limita a un juego de flashbacks para explicar los años mozos de P.L. Traves, de manera que pueda entenderse la personalidad que arrastra en el presente y que tantas pegas supone para la creación de Mary Poppins. Curioso, al principio. Pero uno espera que tras un primer jueguecillo de me encuentro con una cosa en el presente que me recuerda a un drama del pasado, muy Lost él, se vaya más allá. Y nada más lejos. Director y guionistas se acomodan en dicha estructura y la repiten una y otra vez, una y otra vez, insistiendo tanto en formas (mirada perdida, corte a pasado, cliffhanger, vuelta al presente) como en fondo (hay constantes paralelismos entre presente y pasado que llevarán, al final del film, a la explicación del drama de marras) como si tuviera que hacerse evidente que ha quedado clara la lección aprendida en la clase de primero de cine del día anterior. Al encuentro de Mr. Banks se convierte así en un ejercicio demasiado básico, cuyos estímulos iniciales tardan bien poco en diluirse. Ni hay evolución de personajes, ni se profundiza en la creación de una película tan particular en una época tan interesante para el séptimo arte; tan sólo se busca por activa y por pasiva esconder la carta de la lágrima fácil hasta el final. A eso se limita todo. Todo. Y por lo visto, los tontos somos nosotros.

Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks)

Pues no. No es normal que crítica y público se queden en la superficie. El cine tiene mucho que ofrecer, grandes alegrías en forma de profundas emociones que despertar desde el más recóndito de los interiores del espectador. Pero para ello es necesario que éste sea el primero en exigirle más. No nos cabe en la cabeza que una estrategia tan vergonzosa como la que llevan a cabo en la película que nos ocupa triunfe, no es posible que se nos ponga una venda en los ojos de manera tan rácana, y que aun así se salgan con la suya. Que con un par de golpes de violín y un clima (y clímax) tan facilonamente edulcorado baste para tener satisfechos tanto a profesionales como a consumidores. Es asistir a tales acontecimientos y perder toda esperanza. Y eso que, por muy básica que sea (demonios, es que por no hacer ni siquiera satisface al cinéfilo ansioso de ver a alguno de los personajes importantes de la época; por lo menos podían poner a un par de dobles para hacer de Van Dyke y de Andrews, o invitarlos en forma de cameo a lo Stan Lee) ya lo decíamos, no es mala. Es, simple y llanamente, el triunfo de la mediocridad más absoluta. Qué pena.
4,5/10


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1 Título que tiene todo el sentido del mundo en su versión original, de las pocas cosas acertadas del film que sin embargo ha sido víctima de otra lamentable traducción artística al castellano.

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