Crítica de Dallas Buyers Club

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A pesar de lo que pueda parecer ahora mismo, inmersos como estamos en este escapista revisionismo de pacotilla, los ochenta no molaron nada. Sí, el cine -que es lo que nos interesa- vio crecer un nuevo sistema de blockbusters con corazón que nos acompañó a muchos durante nuestra formación como cinéfilos. Pero por lo demás, no nos dejemos engañar, la relación de cal y arena durante aquella década fue de un desequilibrio espantoso, kitsch y hortera. Es cierto, tuvimos a Prince y a los Talking Heads, a Tom Waits y a Nick Cave, pero también mucha de la peor música facturada en los últimos cincuenta años. Tuvimos esas películas de las que hablábamos (también a Jarmusch, Terence Davies y Lynch), pero también muchísimos exploits de ridículo pelaje. Reagan y Thatcher dieron por culo al respetable de a pie, los crepados y las hombreras alcanzaron su cénit (metafórico y literal) y la caída del muro no se produjo hasta terminada la década. El asesinato de Marvin Gaye y el de Lennon, Chernóbil, el desastre del Challenger, Michael Jackson volviéndose blanco. Luego vendrían los pantalones con estampados de paramecios, vale, pero eso es otra historia. En los ochenta, queridos revisionistas inconscientes, estalló el SIDA. Porque los ochenta fue una mierda de década, a pesar del cariño nostálgico que le tengamos los que nacimos en ella.

Jean-Marc Vallée probablemente no crea que los ochenta fueran una mierda pero desde luego su última propuesta está formal y temáticamente alejada del oropel que muchos parecen encabezonados en querer otorgarle a esos diez annus horribilis. Incluso está alejada de su anterior revisitación a una década pretérita, colocándose en un punto más naturalista (¿o es realista? menos simbólico y más seco en cualquier caso) que su C.R.A.Z.Y. Y puestos a separar esta de sus anteriores películas, tampoco tiene que ver con un rito de paso ni con los avatares del cambio de la adolescencia a la edad adulta, como reflejaban en cierto modo Café de Flore y, a su modesta y superficial manera, La reina Victoria. Por lo menos no de un personaje en concreto. Porque puestos a buscar lecturas sociales igual sí vuelve a incidir Vallée en la superación de una etapa de pubertad hacia una mayoría de edad: la de una América que debe deshacerse aún de los fantasmas de su pasado etnocentrista para entrar definitivamente en la modernidad. Recogiendo cabos, diremos que Dallas Buyers Club apuesta por un realismo pero puede entenderse como una metáfora basada en la descripción física de una América oscura, profunda, maloliente. Una sociedad ligada aún a la homofobia, al racismo (banderas confederadas cuelgan mohosas de paredes grasientas en bares cochambrosos) y que, como el protagonista de esta historia, se descompone, se muere.

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El personaje en cuestión resulta ser Ron Woodroof, un electricista real que en los años 80 fue diagnosticado de SIDA en un entorno en que la enfermedad, aún semidesconocida, se asociaba principalmente a las comportamientos sexuales de riesgo de carácter gay. Macarra, mujeriego, alcohólico, drogadicto, insoportable misántropo, Woodroof (por lo menos este Woodroof) resulta un personaje de difícil empatía, alejado de las correcciones sociales… y terreno abonado para una transformación al límite que lo acerque a conductas más aceptables, vía la necesaria vulnerabilización del personaje ante la perspectiva de su propia muerte. Tras ser diagnosticado encontrará en un travesti igualmente enfermo a un aliado insospechado y su visión de la vida cambiará. El Woodroof real se enfrentaba a su destino automedicándose -la famosa llegada del retroviral AZT- y de ahí pasaba a fundar una especie de cooperativa clandestina de ayuda a todos los enfermos que necesitaran fármacos que él mismo se encargaba de trapichear a través de la frontera. Este Woodroof se convierte para el cine en una especie de Erin Brokovich y encarna la figura eterna del hombre contra el sistema. El David contra un Goliat que resulta ser un monstruo temeroso de perder su posición dominante sobre la vida de las personas. La lucha baldía contra el corporativismo, el desastre del sistema sanitario y la perfidia de las grandes empresas farmacéuticas.

Todo muy agradable sobre el papel. Solo que el director, como apuntábamos, no juega a la estilización. Afortunadamente. Eso salva la película de caer en una excesiva impostación y al mismo tiempo funciona como su mejor baza. La ambientación, decadente y sombría -progresivamente irá iluminándose-, mueve la historia en unos parámetros de relativa suciedad. Woodroof está caracterizado casi como habiendo salido de una película de Monte Hellman de los 70 y Matthew McConaughey lo lleva hacia su terreno con la habitual buena mano a la que últimamente nos tiene acostumbrados, mostrando una transformación física notable en contraposición a su camino natural hacia la redención. Es más, aquí el actor texano salda una de las mejores interpretaciones de su carrera, carente de sorpresas, pero sincera y coherente, y compone el 50% del núcleo humano de la película junto a un Jared Leto también asombroso en su papel transvestido. Al fin y al cabo es el componente humano el que termina tirando hacia adelante la película, sin llegar a establecer molestos compromisos con la realidad: a este respecto Dallas Buyers Club se muestra más ágil que la, por lo demás superior, Mi nombre es Harvey Milk.

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Producto regular pues, en tanto que solvente, riguroso, serio y medianamente sólido. Pero al mismo tiempo un tanto acomodado a los modos del drama de raigambre social de Norma Rae a esta parte. Vallée escapa de la pulcritud formal y de los convencionalismos argumentales sobre los que se suelen sustentar este tipo de producciones. En cambio, opta por una exposición seca, radiográfica y brusca. Pero al fin y al cabo todo ello sólo da lustre a un producto menos valiente y más acomodaticio de lo que él mismo parece creerse.
De agradecido visionado, pero meramente correcta.

7/10



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