Crítica de La Venus de las pieles (La Vénus à la fourrure)

La Venus de las pieles
Downy sins of streetlight fancies
Chase the costumes she shall wear
Ermine furs adorn the imperious
Severin, Severin awaits you there

Son cuatro de los venenosos versos que componen el clásico de la Velvet Underground con la que la última película de Roman Polanski comparte título y temática. Obvio, porque ambas parten de un referente literario muy concreto, esa La Venus de las pieles (La Vénus a la fourrure, Venus in Furs para Reed y Cale) con el que Leopold von Sacher-Masoch certificaba a mediados del siglo XIX la fascinación de la burguesía por las perversiones sexuales basadas en la dominación y la sumisión. Temática que, de algún modo u otro nos remite al Polanski más cáustico, al que aprendimos a amar antaño y que últimamente se había depurado en favor de una sutileza más asumible por las grandes plateas (no necesariamente peor) y que le sirve ahora para articular otro de sus estudios de personaje muy centrados en la transformación decadente. Así que alegrémonos: esto no es sólo una buena película, es también el retorno a unas temáticas pretéritas desde un prisma de película menor. Eso parece -sólo lo parece-, habida cuenta que toda la película transcurre en una misma localización, el escenario de un teatro, y su trama la hacen avanzar únicamente dos personajes: el autor teatral (Thomas/Mathieu Amalric) dirigiendo un casting para su última obra, adaptación de la de Sacher-Masoch, y la actriz (Vanda/Emmanuelle Seigner) que llega tarde y pretende ganarse el papel.

La Venus de las pieles

De modo que en su multiplicidad de capas interpretativas, que tiene varias, esto es de primeras una especie de adaptación al cine de la obra literaria original. Solo que no lo es de la manera convencional. No es nuevo en Polanski el juego de confusión de realidades con ficciones ni las historias centradas en personajes que terminan confundiendo sus realidades con las representaciones de las mismas, disociando experiencia de imaginación. Y en esta ocasión ocurre un poco lo mismo: los personajes son de entrada seres conscientes, pero poco a poco van metiéndose en un papel ajeno. Si de primeras representan un simulacro de La Venus de las pieles, pronto ellos mismos irán convirtiéndose en la propia obra. Algo muy parecido a lo que proponía Vania en la calle 42: un juego metalingüístico entorno a la representación, la creación literaria, la realidad y el puro constructo, con distintos planos de significación. Sólo que a diferencia de Louis Malle, Polanski no lo utiliza para expandir las posibilidades del texto y oxigenar el relato sino que convierte su película en un ejercicio de claustrofobia perverso y psicológicamente cargado, en una especie de psicodrama sexualizado marcado por las posiciones dominantes de los personajes.

Si en un principio es el autor quien ejerce su tradicional poder tiránico sobre su actriz/personaje -ojito a la reciente Otel·lo-, la entrada en la ecuación de la desviación sexual, de la parafilia (en algún momento muy buñueliana, por cierto), lo convierte todo en un mucho más inflamable juego de basculación de poderes. La inversión de roles instala la película definitivamente en los terrenos de la humillación y la servidumbre y se empapa de cuestiones relacionadas con el poder de la mujer y su papel en una sociedad aún falocéntrica. Vanda se constituye en una especie de dama fuerte marcada por el modelo que propugnó otra Venus, la Venus rubia Marlene Dietrich en algunas de sus películas (ved si no El ángel azul, Fatalidad o El diablo es una mujer). Mientras que Thomas va perdiendo el control de la situación hasta límites cercanos a los que proponía el propio Polanski en su El quimérico inquilino: no cuesta imaginar que él mismo podría haber interpretado a su protagonista de haber sido rodada La Venus de las pieles hace treinta años. Todo ello sitúa la película en un lugar muy afín a las filias del director (tiene algo de Repulsión, de Lunas de hiel, de La semilla del diablo, de Cul de sac y de El baile de los vampiros) y se enmarca en esa corriente de películas ricas en simbología narrativa y en diálogos basados puramente en el subtexto. Una película con una fuerte querencia por el mundo del teatro que, sin embargo, no se conforma con ser "teatro filmado"; al contrario, es clave en la construcción de la escena la importancia narrativa de los elementos, de los decorados, ninguno casual, de los cambios de vestuario y de las tonalidades en la iluminación.

La Venus de las pieles

Una puesta en escena atmosférica, pues, que edifica un gran y perverso juego de verdades y mentiras, de realidades y falsedades, de manipulaciones y autenticidades a medio camino de la comedia malvada (y divertidísima) y el thriller de personajes. Una película deliciosamente construida, aparentemente menor por su -falso- minimalismo expositivo, textual y formalmente perfecta, donde todos los elementos casan mágicamente y se complementan con suavidad: desde el diseño de producción hasta las propias interpretaciones -entregadísimos Amalric y Seigner- pasando por la maravillosa partitura de Alexandre Desplat. Otra obra poderosa y subyugante del maestro Polanski.



8/10

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