Crítica de Mandela: Del mito al hombre (Mandela: Long Walk to Freedom)

En el cine hay un género que, de hecho, ya ni se adscribe en el mundo del cine, sino que constituye un universo en sí mismo. Un arte propio cuyas producciones sólo compiten entre sí mismas y el único baremo posible para calificarlas pasa precisamente por atender a esa clasificación de películas. Esa galaxia tan perfectamente definida, como brumosa y mortífera, es la del biopic. Y para pertenecer a ella, un film debe aglutinar una serie de requisitos mínimos so pena de acabar en, no sé, el indie, o el cine de autor. Y Mandela: Del mito al hombre es un biopic con todas las de la ley. De los de niños corriendo a cámara lenta por campos de trigo mientras suena una apesadumbrada voz en off con violines de fondo; de los que se atiborran de desenfoques, primeros planos a contraluz y miradas con ceño fruncido. De los de las grandes frases y la intensidad emocional según mande la banda sonora. Esa clase de biopic. De esos que cuentan con la aprobación de los implicados, que por tanto no tienen intención alguna de salirse de los planes preestablecidos, obviamente limitados a rendir homenaje a la figura que acapara su interés. Y de esos que, condición sine qua non, duran lo indecible.

Hasta las dos horas y veinte se alarga Justin Chadwick para narrar la vida y obra de Madiba desde que se dedicaba a la abogacía hasta que pronunció el trascendental discurso televisivo que sirvió para detener una auténtica guerra en las calles. En total algo más de cincuenta años recogidos en la autobiografía oficial recientemente publicada, y presentados aquí con todo lujo de clichés. Ni que decir tiene que avanzan en paralelo retrato personal y social, poniendo en evidencia las carencias del día a día sudafricano que impulsaron a Mandela a erigirse como líder del cambio... aunque tales problemáticas se presenten de manera harto torpe y ramplona, quedando en meros episodios de lo más nimios (a su lado, District 9 es una disertación sumamente rigurosa sobre el apartheid). De más está confirmar que a medida que avanza el interés del protagonista por la situación que lo rodea, va condenando a un plano secundario, terciario y más allá, su vida personal... aunque ese cambio de mentalidad no quede del todo justificado ante la liviandad con que se expone y la negación por ahondar en los momentos más turbios de su vida privada (en Invictus, el Mandela de Freeman tenía un recorrido emocional infinitamente más cuidado). Y huelga decir que la creciente relevancia sociopolítica del héroe sudafricano se remarca a ritmo de montaje (previsible, impersonal) y banda sonora (semper fidelis)... aunque de este modo quede en entredicho la voluntad, presupuesta a toda producción cinematográfica, de querer sacar de todo ello algo con un mínimo de vocación por la perdurabilidad. Y mientras tanto, adelante más planos de niños corriendo por el campo, por favor.


Claro que la parte positiva es que como mínimo, Chadwick sabe mantenerse en las sombras; lejos de él querer sobresalir por encima del proyecto, no digamos de la figura a quien rendir (merecida) pleitesía. Condición propia del género que sin embargo admite ciertas licencias, dando como resultado auténticos horrores cinematográficos de la talla de, pongamos, Diana. Nada, entre las costuras de piloto automático de Mandela: Del mito al hombre (y que alguien nos explique por qué no se ha querido respetar el título original que sí mantiene el libro) tan sólo se nota la presencia de un director a través de algún detalle, quizá un plano especialmente interesante, un movimiento de cámara ágil, poco más. Lo que sí es obligatorio en todo biopic es la presencia de un actor que lo borde. Recordemos a Meryl Streep como La dama de hierro en lo único que hace grande a dicha película; a Bruno Ganz en el papel de Hitler. Ahora es Idris Elba, de los mejores intérpretes en activo, quien le otorga al film su razón de ser. La película entera es él, quien responde al reto con un trabajo excelso, inolvidable, tan icónico como icónica es la figura de Madiba. Al menos, mientras se lo permite un maquillaje atroz que vuelve a confirmar la incapacidad del cine por transformar a personas en otras personas (y no digamos ya hacerlas envejecer): el último tercio de metraje navega entre un mal episodio de Muchachada Nui y la Pesadilla en Elm Street más acojonante.

Pero, con más o menos maquillaje, ni Stringer Bell logra compensar las serias deficiencias que pone en evidencia la patata caliente que nos ocupa. Y es que esta película quiere abarcar tantos momentos en la vida del presidente sudafricano, sin levantar ampolla alguna, que al final ninguno de ellos cuaja, ni sirve para apuntalar su personalidad. Se trata, pura y simplemente, de una apática sucesión de episodios por los que el interés va y viene, hasta perderse definitivamente en el momento en que, y hablamos de todo un tercio del film, se adoptan las formas de un thriller carcelario. Quizá hubiese sido mejor recortar el guion, no prestar tanta atención a Winnie (interpreta, por cierto, con no menos atino por Naomie Harris) más que como elemento modificador de la personalidad de Nelson, o profundizar en los claroscuros que apenas asoman la cabeza; quizá de este modo hubiese conseguido que el espectador lo siguiera con algo de empatía, en lugar de la mera curiosidad por seguir una historia potente de por sí, pero estéril en pantalla. Porque desde luego, tal y como ha quedado el pastiche no se siente emoción alguna por mucho que la banda sonora trate de revolver al espectador desde dentro con tanta desfachatez.


A la postre, Mandela: Del mito al hombre puede fardar de un reparto envidiable, de haber sabido reconstruir una(s) época(s) con la perfección propia de presupuestos holgados, o de haber enarbolado un panegírico satisfactorio. Pero es incapaz de combinar lo histórico con lo personal, y por lo tanto el esfuerzo por pasar del mito al hombre se antoja del todo estéril. Como estéril es el intento de querer condensar todos y cada uno de los males con que se ha escrito el último medio siglo de historia de Sudáfrica, cayendo en lo básico, en lo superficial y, ay, en lo maniqueo. Pero ya se sabe, esto no es cine, esto es el mundo de las películas biografía. Menos frases tipo eslogan y más profundidad en el drama humano que tan directamente afectó a Mandela hubiesen alterado el credo del género, así que qué demonios, para qué hacer una Buena Película cuando se puede colar un Biopic de lo más canónico. ¿Cómo, que no ha quedado claro? Pues marchando alguna escena más de niños corriendo por prados al atardecer. Y ya puestos, concluyamos con una voz en off, un plano aéreo, y una canción de Bono. Ahora sí, fórmula completa, y a competir con rivales directos: ¿Es mejor que La reina? ¿Peor que Hitchcock? ¿Igual que Truman Capote? Y así...
5/10

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