Crítica de Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. August)

Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. August)
El nombre de Oslo remite a una ciudad fría y gris como lo es la capital de Noruega; sin embargo, Joachim Trier, primo lejano de Lars Von Trier, que exhibía en 2006 la película Reprise, nos muestra ésta vez su ciudad natal desde un punto de vista muy diferente. Inspirado en el libro El Fuego Fatuo de Pierre Drieu La Rochelle y en la película de Louise Malle del año 1963 con el mismo título, nos presenta a Anders, un solitario ex-drogadicto y alcohólico que después de un tiempo en desintoxicación vuelve a las calles de Oslo para reintegrarse en la sociedad, o eso es lo que intenta visitando a sus viejos amigos que le recuerdan constantemente como ha estropeado su vida a causa de las drogas.

El contraste es uno de los protagonistas de la película. Se manifiesta a través de la dicotomía entre la ciudad mostrada por Trier como un sitio íntimo y cautivador, y la soledad tan patente del protagonista, que cala en los huesos como su delicada y cuidada fotografía. El sonido, como también la ausencia del mismo, aún cobra más importancia durante el metraje, ya que está estudiado al milímetro para marcar el ritmo, tan pausado (como de costumbre en las películas nórdicas) de la película, al igual que el estado de ánimo de Anders que también se ve reflejado en este uso del sonido. Sin duda un personaje perseguido por su pasado que se enfrenta, sin mucho éxito, a su continuo miedo al fracaso, un lastre que lleva a cuestas durante las 24 horas cruciales de su vida, narradas con sumo cuidado en Oslo, 31 de agosto.

La película explora la sociedad en profundidad, dejando un regusto melancólico y gélido que envuelve a su protagonista como un manto fatal que hace evidente la cercana presencia de la muerte, directamente ligada a la autodestrucción del personaje de Anders. Éste, en lugar de enfrentarse a su destino, se deja llevar por la corriente de una sociedad hipócrita que finge empatizar con él y en la que sabe perfectamente que no encaja. Pese a que intenta aferrarse a la gente con la que tenía un vínculo en el pasado, se da cuenta que ya no le une nada a ese mundo que sigue su ritmo, y no se para ante nadie, y menos a él, que se queda estancado en el pasado, como bien muestra Joachim Trier en una sublime escena en una cafetería donde el protagonista escucha como una chica joven lee una lista de lo que quiere hacer antes de morir.

Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. August)

La ciudad es otra de las protagonistas de ésta película, tan bien ejecutada por Trier, Oslo no sólo sirve de escenario en el último día de verano sino que se adapta en cada momento a las acciones dramáticas de la película, acompañando al protagonista por su camino de auto-destrucción al que se enfrenta. Oslo, 31 de agosto es una película sobre la aceptación de una vida mediocre, su protagonista se conforma con lo que cree que merece, mientras se limita a existir en un lugar al que no pertenece, y sin luchar por lo que verdaderamente quiere. Definitivamente se distancia de sus referentes, tanto de la película de Malle como del libro de La Rochelle, para crear su propio lenguaje visual, que va directo a los sentidos. Una película llena de matices que analiza el interior del ser humano, de una forma sencilla, pero que fascina por el ambiente conseguido por Trier, el cual retrata la humanidad de forma tan sincera como modesta, desbordando así, sentimientos en cada fotograma del film.
7,5/10
Por Maria Bustos

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