Crítica de ¿Qué hacemos con Maisie? (What Maisie Knew)

¿Qué hacemos con Maisie?
La inocencia en la infancia es uno de esos temas tan socorridos en el cine como, en el fondo, sensibles de tratar. Una materia espinosa proclive a grandes batacazos sentimentales, a errores de enfoque, a patinados en el tratamiento, pero también una fuente de placeres cinematográficos que van más allá del entretenimiento y del arte para posicionarse casi en el terreno de lo pedagógico. Algunos felices ejemplos de esta tendencia, Zazie en el metro, Ponette, El globo blanco o la más reciente Nana, todas ellas películas con una niña pequeña como centro emotivo, como fuerza motora del relato y como núcleo temático de la película: esa inocencia que sirve como catalizador de otras cosas, a menudo las miradas cáusticas hacia el mundo adulto. Algo así es lo que pone en práctica ¿Qué hacemos con Maisie? (desacertada traducción con inoperante cambio de punto de vista respecto al original What Maisie Knew), adaptación de la obra de Henry James que recibe aquí tratamiento de drama indie a medio camino entre lo ya conocido y lo francamente necesario.

Necesario porque aun universales, este tipo de historias precisan de revisitaciones y nuevas puestas al día, acordes con los sentires cinematográficos del momento. Conocido porque a pesar de todo, la película de Scott McGehee y David Siegel no ofrece revelaciones respecto a lo ya visto desde que alguien acuñó el término nouvelle vague. Se puede esperar de ella, y en ese caso el intento no se saldará con decepción, un drama americano bien interpretado -en ocasiones, mucho- apegado a los cánones y tratado con conciencia y responsabilidad. La historia evoca de nuevo los meandros de la destrucción del matrimonio desde el punto de vista de los niños, despojando de la épica mainstream que ya ofrecía Kramer contra Kramer: si esto fuera británico sería una especie de kitchen sink drama, la historia (pretendidamente) naturalista de la pequeña Maisie y de cómo se convierte en blanco de los egoísmos y neuras de sus padres, en plena separación. Dos seres eminentemente negligentes, más preocupados por sus propias vidas que por su descuidada hija. Más concretamente, la madre (Julianne Moore) es una cantante de punk bastante díscola y el padre (Steve Coogan) un marchante de arte snob y bastante gilipollas. En liza entrarán también las respectivas nuevas parejas (Alexander Skarsgård y Joanna Vanderham) que, a la postre, establecerán una relación con Maisie, a la luz de la ausencia paternal.

¿Qué hacemos con Maisie?

Así, como decíamos, Maisie es el centro orbital del relato. La cámara se pone, metafóricamente, a su corta estatura y trata el entorno con la inocencia de su mirada. Las broncas son adultas y sangrantes, pero el espectador no tiene más opción que percibirlas desde una especie de incomprensión, casi como si las observara desde una puerta entornada, al resguardo. Pero el ojo de los directores (que llevan trabajando juntos desde que debutaran en 1993 con Suture y a lo largo de cinco títulos: su compenetración casi se traslada al plano) no se recrea en grandes despliegues pirotécnicos, no lleva la sangre al río. Mantienen la elegancia y resuelven formalmente sus escenas con sensibilidad, a pesar, eso sí, de ciertos histrionismos en el planteamiento argumental de los picos dramáticos y en el dibujo un tanto esquemático y poco sutil de los cuatro personajes adultos. De modo que trazan un periplo infantil que culmina en un principio de maduración. De entrada podría pensarse que la voz poco activa de Maisie y su corta edad estarían aún alejados de cualquier transformación de ese tipo y, por lo tanto, el futuro que le espera a la niña sería algo incierto. No obstante su plano final deja pistas para dudar de ello: evocando al joven Antoine Doinel de Los 400 golpes, Maisie corre hacia el mar, pero su rostro congelado no es de infinita incertidumbre adulta, sino que contiene una sonrisa optimista que insinúa aún reductos de inocencia. ¿Qué hacemos con Maisie? es, a pesar de su planteamiento descarnado y su ocasional simplicidad, una película considerablemente optimista. Se agradece.

7/10

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