Crítica de Todo el santo día (Tutti i santi giorni)

Todo el santo día (Tutti i santi giorni)
Parece que la media es un retraso de dos años en relación a su estreno en Italia. Así es como nos van llegando las propuestas de uno de los cineastas más en forma de la bota mediterránea, Paolo Virzì. Tras la alegría en forma de drama cotidiano titulado La prima cosa bella, el toscano vuelve a reunirse con su guionista Francesco Bruni esta vez para tantear el ponzoñoso terreno de las comedias centradas en parejas que intentan quedarse embarazadas. El mismo por el que han pululado cosas como Maybe Baby o, desde cierta distancia eso sí, Semen, una historia de amor. Miedo. Menos mal que, afortunadamente, el italiano se mantiene relativamente alejado de la mayoría de los lugares comunes más empalagosos del género (que no de todos) apostando, si acaso, por los que definen su personalidad detrás de las cámaras. De manera que por más que tal vez esta sea su propuesta más abiertamente adscrita en la rom-com, Todo el santo día significa una nueva pincelada en ese estimulante ecosistema que está generando Virzì, mediante una filmografía a caballo entre el retrato italiano desde un prisma sumamente cotidiano y pintoresco (en algunos momentos haría las delicias del Almodóvar post-movida) y los grandes géneros cinematográficos. Y así, como que entra mejor.

De modo que esta es la historia de Guido (Luca Marinelli) y de Antonia (Federica Victoria Caiozzo), toscano él, siciliana ella; ávido lector y fanático de la cultura latina él; cantautora independiente ella. Ninguno de ellos se dedica profesionalmente a sus inquietudes artísticas, sino que viven en un apartamento muy sencillo de la periferia de Roma, cubriendo él el turno de noche en un hotel, y siendo ella dependienta en una empresa de alquiler de coches. Difícil. Pero aun así han establecido cierto equilibrio que les permite ser, al menos en apariencia, felices. Y es en apariencia, porque cuando suena el reloj biológico la cosa cambia: a las dificultades del día a día toca añadir la presión de quienes les rodean por convertirse de una vez en padres, espermatozoides tirando a vagos y edades algo más avanzadas de lo deseado, y en general los agobios que el planteamiento de ampliar la familia acarrean. Eso y algún que otro fantasma del pasado, amenazan con echar por tierra la estabilidad de la pareja. Y por el camino, generan alguna situación de enredo moderado, así como la ocasión perfecta para que Virzì vuelva a ejercer de retratista de la sociedad italiana de a pie.

Todo el santo día (Tutti i santi giorni)

Hay claroscuros, faltaría más. La parte positiva la conforma un libreto que fusiona con habilidad la situación personal, tan exclusiva de los dos protagonistas, con un hiperrealismo desde el que se refleja con sumo atino el encuentro cultural resultante de introducir mentes artistas en un mundo totalmente obrero; o de coquetear con los orígenes de uno y otro. Todo el santo día refleja a la perfección tanto la cultura italiana, aún anclada en conceptos arcaicos (matrimonio, hijos, iglesia) como la vida de una sociedad que se desvive por el fútbol y que al arte le da un valor relativo. La preocupación máxima, qué raro, pasa por llegar a fin de mes, decepcionante perspectiva de futuro que Virzì critica sin por ello lanzar cierta reprimenda también a sus protagonistas, que malgastan su potencial acomodados en su rutina. Y a ello, responde con su habitual cuidado a la hora de recoger desde un preciosismo aséptico y depurado, colorista, lo más mundano que pueda tener ante las cámaras. Ojo, en este sentido, a los múltiples detalles a los que recurre para tal fin: la ducha de ella, los momentos de intimidad de ambos... El film brilla en este sentido, y lo hace también como mero entretenimiento: gracias a una acumulación de factores, el film logra hacerse simpático y entrañable: amén de lo explicado hasta ahora, ahí está la química entre los actores, lo curioso de alguna de sus situaciones, o la empatía que consigue establecer entre pantalla y espectador.

Pero no es oro todo lo que reluce. En no pocas ocasiones la película parece traicionarse a sí misma cayendo inesperadamente en lo vulgar, tanto a nivel argumental como formal. Y así, si bien derroche simpatía por todos sus poros, cuando abusa del gag (las carreras por la masturbación en el hospital) peca incluso de mal gusto; cuando se hace abiertamente divertida simplifica su discurso hasta lo banal (el médico religioso, los cursillos y planes para grupos tan de moda hoy en día…), y en su bloque final, se diría incluso que tanto Bruni como Virzì tiran la toalla recurriendo, a golpe de horteradas visuales, a una conclusión harto sencilla y manida. Sí, esto no deja de ser una comedia romántica sobre una pareja que intenta quedarse embarazada. Puntos negros que chocan de cara con la contención que veníamos ensalzando hasta ahora, y cuyo principal afectado es esa bizarra ida de olla que aparece a medio metraje, y que parecería aludir bien al expresionismo pasado por el CGI más kitsch, bien a un Almodóvar (¡otra vez!) todavía obsesionado con las mujeres gigantes de Hable con ella. Queda en un terreno más incómodo de lo deseado, pasando del momento más arriesgado al que más dudas genera para una propuesta que da una de cal y otra de arena.

Todo el santo día (Tutti i santi giorni)

Afortunadamente pesan más pros que contras. Máxime, gracias a la pareja compuesta por Marinelli y Caiozzo. Con tan carismáticos actores, y tan creíbles personajes y emociones, resulta fácil que el espectador haga la vista gorda y se quede con lo mejor que tiene que ofrecer Todo el santo día (que no es poco). Y es que a fin de cuentas, lo importante de una comedia de espíritu amable es que le deje a uno satisfecho y con una sonrisa de oreja a oreja. Que esté bien presentada y tenga discursos en paralelo son pluses secundarios, como lo son sus borrones. Vamos, que no os asustéis, que el film sacia y la sensación de no estar ante un producto de piloto automático, de contar con un cineasta en forma y con ganas de que se le reconozca, bien compensa el esfuerzo.
6,5/10

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