Crítica de Cuento de invierno (Winter's Tale)

Cuento de invierno
Nueva York de 1915. Una hermosa damisela en apuros está apunto de ser asesinada por las garras de Russell Crowe, un malvado psicópata diabólico, encarnación de las fuerzas luciferinas en la Tierra. De repente, una luminosa exhalación aparece en lontananza: es Colin Farrell cabalgando un angelical corcel blanco, puro como la nieve y de corvejones fuertes como cuatro huracanes, acudiendo a salvar a su damisela a cámara lenta y con una banda sonora anegada de cuerdas celestiales tocadas por el glande impoluto e inmaculado de Hans Zimmer. Al llegar junto a ella, Farrell alarga su brazo y con la fuerza del amor atrae a la chica hacia sí montándola en el caballo en plena carrera. Juntos cruzan a toda prisa el Battery Park, perseguidos de cerca por Russell Crowe, que cabalga su propio caballo. Negro (metáfora). Pero el camino llega a su fin, y pocos metros por delante de los enamorados se termina la zona de paseo y un barranco precipitará a quien se le acerque hasta el caudal del río. Muerte segura. Sin embargo, Farrell pide a su dama su confianza ciega y saltan los tres al vacío… pero en pleno salto el caballo despliega unas alas mágicas hechas de luz y los buenos salen volando hasta perderse en el cielo ante la mirada frustrada de su perseguidor. Un punto luminoso de pura luz amorosa cruza las nubes hasta desaparecer.

Cuento de invierno

Mi consejo, que de haber sentido algo parecido a la Náusea tras la lectura de este párrafo, explicación de uno de los clímax emocionales de Cuento de invierno, el lector simplemente cierre esta ventana de su explorador y salga afuera a perseguir ardillas durante un rato, o a dar cuatro patadas a un balón. Ir a quemar un par de containers seguirá siendo más constructivo que plantearse siquiera el consagrar la destrucción de la ración diaria de neuronas a esta repelente película, anacrónico fail cuya intencionalidad y concepción no logro comprender en un año distinto a 1987 o en un ámbito diferente al de una pantalla de LCD en el departamento de televisores de El Corte Inglés un día de San Valentín. No, hemos leído, reído, peleado, follado, pensado y visto demasiado como para aceptar semejante esclerosis argumental vestida de blockbuster osteoporoso, escoliótico y miope. Siendo más concretos, esto es un cuento de hadas con tintes cuasigóticos, en la tradición de los dramas románticos sobrenaturales, vertiente ángeles guardianes e inmortalidad del amor, que coloca a Farrell y Crowe en una lucha entre el bien y el mal para nosequé de milagros invernales, nosecuántos de amores eternos, otro tanto de señores inmortales que llegan hasta nuestro presente y lo de más allá de pelirrojas providenciales. Por lo visto todo sale de la Olivetti de Mark Helprin, que fue quien parió la historia original. Y todo forma parte del plan creativo de Akiva Goldsman, reputado cineasta que, pensándolo bien, aún no había hecho nada de interés.

Hasta ahora, Goldsman se había abierto un hueco en el panorama actual gracias a sus guiones, más mediocres o más resultones, para películas de Ron Howard (Una mente maravillosa y El código Da Vinci son suyas) o Will Smith. Entiéndase Will Smith, especialmente a la vista de este producto, como empresario al servicio de si mismo y su propio emporio personal (Soy leyenda, Yo, robot). Pero es que además resulta que con Fringe, Goldsman nos había engañado alineándose con parte de la crema televisiva que firmaba, sí es cierto, una de las series con más potencial nerd de la última década. Pero, insisto, ello era parte de un engaño más o menos elaborado: ahora que el señor tiene que dar el do de pecho él solito, nada hay en Cuento de invierno de las toneladas de autoconsciencia juguetona e ingenio geek que emanaban de la serie de Olivia Dunham y Walter Bishop. Esto es, en cambio, un ejercicio de narrativa fofa y adiposa construido desde un guión completamente inconsistente que pretende articular una nueva versión de la historia de princesa y mendigo a partir de los preceptos más rancios del romanticismo mainstream. Un libreto sustentado en líneas de diálogo pedestres y justificado la mayoría de las veces desde la falaz argumentación de lo mágico y lo feérico. Un agolpado de clichés y lugares comunes que cuentan la misma historia de aquella vez, y de la otra y de la anterior, de manera torpe y patosa.

Cuento de invierno

Y no es que Goldsman sea un manazas de la cámara. No necesariamente. Su narración es clara y su planificación resulta funcional pero eficiente. Lo que ocurre es que su no-estilo parte de la coartada visual abramsiana para inundar el plano de luces y lens flares de todos los colores bajo pretexto simbólico: el nivel alegórico de Cuento de invierno es el de luz/bien, oscuridad/mal y su sistema de sugerencias juega constantemente al choque de opuestos: vida versus muerte, memoria versus olvido, calor versus frío. Claro, la impostada seriedad, la forzada profundidad emotiva de todo y la pobreza en los resultados dramáticos (clímax muy menor incluido) no hacen más que hundir la película en el terreno de lo kitsch. Y no logran más que convertirla en una involuntaria parodia de si misma, cursi y relamida. Y, muy a su pesar y en el peor de los sentidos, tristemente divertida: sólo se la va a tomar en serio su público objetivo, esto es, postadolescentes impresionables, fetichistas de las cicatrices faciales, lectores indiferentes de la revista Ecuestre, soccer moms fans de Downton Abbey, cocineros de muñecos de gengibre para burgueses tipo Casa Real y mujeres cuyo pitch de voz sea superior a un Eb6. Cualquiera que no se ajuste a ninguna de estas categorías, que se busque ese par de containers y una buena caja de Tres Estrellas Cocina.

3/10

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