Crítica de Emperador (Emperor)

Emperador (Emperor)
Peter Webber ha demostrado, desde su primer largometraje, tener un ramalazo esteta nada desdeñable. La joven de la perla tardaba poco en convertirse en una evocación constante del arte de Johannes Vermeer (uno de los protagonistas del film), mientras que Hannibal, el origen del mal aportaba a nivel visual las novedades más destacadas de la enésima parte de la saga sobre el famoso y explotado caníbal. En esa línea, llega ahora Emperador, tercer largometraje estrenado en cines y nuestra muestra de savoir fair por parte de un director de excelente gusto visual, a quien si acaso le quedaría apuntalar su estilo con un punto más de personalidad. De entrada, el cambio vuelve a ser de órdago: si de mediados de 1600 saltaba al seguimiento de un jovenzuelo de peculiares gustos culinarios, ahora se lleva hasta el Japón inmediatamente post-bombardeo atómico para la adaptación de una novela (His Majesty's Salvation de Shiro Okamoto) que explicaría la persecución por parte del ejército americano al emperador Hirohito, para decidir si condenarle como criminal de Guerra o por el contrario mantener su posición de poder. Hechos históricos cuya relevancia en el film (y en la novela, es de suponer) es relativa, en pos de una historia de amor establecida entre un general americano (Matthew Fox) y una mujer japonesa (Eriko Hatsune). Combinación que vuelve a jugarle mala pasada a un director necesitado, con urgencia, de un guion potente con el que dar el salto definitivo a las ligas que su estilo formal requiere.

Y es que si bien sus formas van progresando hacia delante película tras película, la valoración global de las mismas va hacia atrás, siendo la que ahora nos ocupa la más endeble de las tres. Culpa de un guion que no acaba de tener claras en ningún momento sus intenciones, adoleciendo así de una carencia total y absoluta de ritmo y emoción. Y es que todo empieza como una suerte de thriller de espionaje histórico, interesante primer arco que sin embargo cede poco a poco su terreno a una historia romántica que aparece de la nada y pretende hacerse con todo el protagonismo si bien no goce de punch alguno. Bien sea por la total carencia de química entre sus protagonistas, o bien porque la propia fórmula con que se explica (se desarrolla a base de flashbacks conforme el americano busca a la japonesa) no casa con lo visto anteriormente, se trata de minutos incómodos, antinaturales; un detenimiento total del ritmo en pos de una subtrama (trama principal, más bien) que no le interesa a nadie porque tampoco se la acaba de creer nadie. Y eso, al margen de que pueda estar basada en hechos reales.

Emperador (Emperor)

Cuando Emperador recupera el rimo del principio, cuando vuelve a centrarse en acontecimientos históricos y se deja de milongas románticas, ya es demasiado tarde; el ánimo está por los suelos y el ritmo, asincopado durante todo el metraje por otra parte, a estas alturas ya es del todo mortecino. Lo dicho, pues: a la postre, se trata de la película más endeble de un cineasta aspirante a algo más. Porque por todo lo demás sí funciona. Webber sabe lo que se hace y dota a su película de un estilo impecable: arranca con imágenes de archivo de la explosión atómica para dar paso a un marco desolado, todo ruinas, retratado desde una frialdad aséptica, y una elegancia rigurosa que le van que ni pintadas a la propuesta. Por su parte, Tommy Lee Jones y Matthew Fox no desentonan cuando toca hacer de militares (que luego el segundo no logre hacer creíble su pasión por Hatsune, ya se ha comentado, es culpa más bien de lo forzado de la trama romántica en sí), por lo que en líneas generales no se le puede recriminar nada a este thriller (post)bélico que cuando debe, sabe plantarse y mostrarse digno, solemne, y bien tratado. De nuevo, lástima que el guion no acompañe.

Y es que todos los puntos a favor de la cinta naufragan en medio de la soporífera marea resultante, de la misma manera que se hunde un espectador que, a fin de cuentas, tendrá más problemas por mantenerse despierto que por seguir un hilo desigual y de rumbo absolutamente perdido durante buena parte del trayecto. Una pena, porque los elementos están ahí y el bueno de Webber necesita con urgencia salirse de la espiral descendente en la que parece haberse metido.
4,5/10

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