Crítica de Pussy Riot: Una plegaria punk (Show Trial: The Story of Pussy Riot)

Pussy Riot: Una plegaria punk
La llegada del punk, cuenta el crítico y periodista Eduardo Guillot(1), y más concretamente su eclosión en los clubes Neoyorkinos más que en su cuna londinense, supuso un nuevo punto de partida para la feminidad en el rock. Un lugar a partir del cual crecer en igualdad de condiciones respecto a los artistas masculinos y donde expresar un sentimiento de crecimiento social basado eminentemente en la libertad. Con ello, la mujer participaba de un género musical reivindicativo y combativo arremetiendo contra injusticias sociales y contra la propia discriminación de género. Era a finales de los setenta, una época seminal que daría paso a unos convulsos ochenta (de nuevo en Gran Bretaña, Thatcher haría mucho por el desarrollo creativo de las culturas underground y las manifestaciones artísticas de choque) también presenciados por las mujeres punk que seguirían desarrollando y preponderando posturas feministas. Tendencias que irían a cristalizar a los años 90 entorno a la ciudad de Seattle con la definitva aparición del foxcore primero y de las riot grrrls inmediatamente después. Se trataba de grupos íntegramente femeninos que usarían el punk -y sus manifestaciones colaterales, como el mundo fanzinero- como arma política definitiva y lo refinarían estéticamente hacia el despeinado estilístico del do it yourself.

Estas Pussy Riot (rusas e insultántemente jóvenes aún) son obviamente extemporáneas de las Bikini Kill, probablemente el mayor estandarte riot grrrl de los noventa. Pero desde luego le deben a todo aquello gran parte de sus motivos éticos y formales y, casi, su misma razón de ser. Casi. Desde luego la semilla de un fenómeno como el de las Pussy Riot se encuentra en la inquietud artística y transgresora que siempre mostraron sus componentes pero especialmente en un catalizador indirecto e involuntario: la dura sociedad rusa articulada entorno al cacique Vladimir Putin. Eso viene a contar este encendido documental (orquestado por HBO Films y dirigido por Mike Lerner y Maxim Pozdorovkin) que parte de los conocidos incidentes protagonizados por la banda en 2011 cuando, como plan de subversión generalizada, contemplaron entrar a montar una performance reivindicativa en una iglesia ortodoxa. El suceso desencadenó las iras del sector más conservador de la sociedad y puso en marcha el mecanismo de la máquina legal: tres de las componentes de la banda eran apresadas al instante y juzgadas ante los medios poco después. Dos de ellas fueron finalmente condenadas a una pena de dos años de cárcel tras una vista pública que no hizo más que rociar de gasolina el fuego.

Pussy Riot: Una plegaria punk

Lo que plantea Pussy Riot: Una plegaria punk es que casi siempre, especialmente en sociedades manipuladas o poco transparentes, lo que debe prevalecer es el mensaje por encima de las formas. La banda en cuestión es no tanto un grupo musical como una agrupación de mujeres jóvenes feministas, combativas casi hasta la imprudencia, políticamente comprometidas. Un colectivo de artistas permanentemente encapuchadas en su puesta en escena de ataque frontal punk, constantemente desafiadoras de un establishment represivo e intelectualmente violentado. Una banda que además hace canciones, aunque aquí parezcamos estar más bien ante un reportaje fruto de un (muy lícito) cabreo, más que ante un rockumentary al uso; en otras palabras, estando Pussy Riot más cerca de la performance que del grindcore, aquí no se juzga la calidad musical de la banda -que tampoco es poca- tanto como la pura denuncia de los hechos. Putin ejerce de ilustre antagonista y se convierte en la inevitable (y merecida) víctima de la carga política del documental, que no deja de ser al fin y al cabo una mirada crítica a todo el funcionamiento social actual ruso, una defensa del derecho de expresión, un grito por la transparencia y una reflexión entorno a las prácticas cuasitotalitaristas de algunos gobiernos contemporáneos.

Y como tal, cinematográficamente funciona, pero no deslumbra. Inequívocamente eficaz y con un enfoque inteligente, construida a partir de imágenes de cámaras de interrogatorios, de informativos de televisión, de los propios archivos videográficos sumariales, la película se reduce, para bien y para mal, a una reivindicación de la figura, la dignidad y la integridad de las tres Pussy Riot. Pero no necesariamente de cualquier mujer cuya libertad sea minimizada a día de hoy, y tampoco mucho más de cualquier banda musical que se halle silenciada por los poderes fácticos. Hablan los abogados, hablan los familiares y los directores no caen en unilateralidades dando voz a algunos de los integrantes del “lado opuesto”: por ejemplo ese grupo de practicantes ortodoxos que aportan un cierto oxigeno relativista a los posicionamientos críticos de la película. Pero dado el reducido seguimiento de los hechos (casi limitado al tiempo transcurrido desde que fueron condenadas) las conclusiones maximalistas que uno puede sacar, entorno al fanatismo religioso, a los juicios públicos (y probablemente prevaricados) o al machismo imperante en la sociedad en general y en las esferas artísticas en concreto, están poco apuntaladas. Lo cual unido a una exposición excesivamente domesticada y convencional -especialmente para un documento punk- evitan que esto reviente en la cara de ningún espectador. O que en algún momento el material pueda echar a volar todo lo que se merecería un tema que, sí, por lo demás, necesita ser aireado a los cuatro vientos.

7/10



                                                                       

(1) En (el imprescindible) Teen Spirit. De viaje por el pop independiente, documento definitivo coordinado por Javier Blánquez y Juan Manuel Freire entorno a la llegada y hegemonía del indie rock en la música popular de los últimos treintaytantos años. Random House Mondadori, 2004.

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